El gobierno que no fue

El gobierno que no fue
A un año del triunfo del FpV en Río Negro
"Iniciamos hoy el camino de la montaña. Y yo, como ustedes, sé en qué estado está la provincia de Río Negro. Pero tenemos en el corazón las ganas, el coraje, la fortaleza de sacar adelante esta provincia, como lo hicimos con la Argentina en 2003".

Con esas palabras se presentaba Carlos Soria como nuevo gobernador rionegrino, exactamente un año atrás.

Su nombre había aparecido 84.969 veces en las urnas de ese primer domingo de primavera y el peronismo vibraba junto a él en todas las ciudades, palpitando el inicio de una historia diferente luego de 28 años radicales al norte de la Patagonia.

"Nos encontramos al alba de un largo día", repetía Soria en sus actos de campaña, dimensionando el esfuerzo que debería realizar el nuevo gobierno para responder a las expectativas creadas entre miles de rionegrinos.

El destino marcó un final abrupto y ese "largo día" vio llegar la noche mucho antes de lo que todos imaginaban.

Durante los últimos 365 días Río Negro fue administrada por tres hombres totalmente diferentes en su formación política y estilo de conducción. Imposible no acusar el impacto de tamaña alteración institucional.

El personalismo de Soria jugó en contra de quienes pretendieron "seguir su proyecto" después de la trágica madrugada del 1 de enero. Poco y nada quedó escrito sobre lo que ese hombre pensaba realizar para cumplir con la transformación prometida.

Sin embargo, en su trayecto hacia la asunción y en los 21 días completos que ejerció el Poder Ejecutivo marcó su impronta sobre diferentes temas.

Y analizar hoy esas decisiones, aunque apenas hayan transcurrido 12 meses, remite ese proyecto liderado por Soria a un ideario lejano, que poco tiene que ver con este presente.

Múltiples etapas pasaron en sólo un año. Su desaparición significó el final del sorismo, con una permanente y progresiva dispersión de aquel poder mientras el nuevo gobernador compartía y construía con el senador Miguel Pichetto.

El orden institucional impuso a Weretilneck en el Ejecutivo, pero accedió con la debilidad política de un proyecto asentado en un partido que no era el suyo. Así quedó ligado al sostenimiento y atadura del PJ, puntualmente de Pichetto. El cipoleño sólo avanzo en cambios de gabinete acordados con el senador y otros referentes. En el resto se respetó aquello decidido en diciembre por Soria y, también, pululaban distintos intérpretes del pensamiento del gobernador fallecido.

Era la etapa donde el andar de Weretilneck penduló entre ese ambiente sucesorio y la influencia de Pichetto en acciones centrales. Así, el senador lo convenció de neutralizar la ofensiva contra Víctor Sodero Nievas y también alentó el ingreso de Miguel Bermejo en Seguridad. En respuesta, el gobernador gozaba de la efectiva gestión del parlamentario en los despachos nacionales.

La colisión

Esa estrecha relación política-institucional se erosionó a partir de junio. Allí se podrían enumerar variadas razones, tanto casuales como intencionales. Lo que es incontrastable es que ninguno quiso o logró detener la escalada de confrontación. Todo aportó a la colisión. Pichetto asumió un fuerte rol crítico a partir de la conducción del justicialismo y de la compañía de adherentes en la Legislatura e intendentes. Weretilneck respondió con su estilo: delimitó a los fieles y apartó del poder a los disidentes.

De esta manera, un trato de diálogo diario se interrumpió por más de 50 días. El llamado del jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, volvió a reunirlos para aparentar un gesto conciliatorio.

En esta compulsa, ese mismo Frente triunfador hace un año transparentó sus logros y miserias. Claro está, como siempre, hay medias verdades. Subsisten aciertos y pifias en el proceso gubernamental, iniciado hace casi diez meses.

En lo judicial, la renovación del STJ está en marcha -con la renuncia de Sodero Nievas para febrero- y la incorporación de Enrique Mansilla y Sergio Barotto. Weretilneck trabaja para aumentar a cinco miembros el máximo cuerpo judicial de la provincia, mientras persisten en ese poder demoras en la cobertura de otras vacantes.

La visión del FpV sobre la Justicia mutó en el último tiempo. Sus denuncias contra funcionarios radicales anteriores sólo acumulan rechazos mientras que ahora, desde la administración pública, bien escasas son las acciones formalizadas de la gestión anterior, más allá de las reiteradas advertencias verbales (ver aparte).

En contrapartida, el gobierno frentista no desplegó -por lo menos, todavía- un esquema de contratación diferente, repitiéndose en convenios directos con los privados. Situación que derivó en una primera denuncia penal, centrada en el proceder de su secretario de Obras Públicas, Marcelo Catini. Es cierto que esa presentación derivó en el desplazamiento del funcionario, pero no hubo mucho más.

La proclamada transparencia flaqueó rápidamente en la resolución de los órganos de control. Se forzó la deserción de sus mandos, bien funcionales a las andanzas de los gobiernos radicales. Era la ocasión para ofrecer algo diferente. No fue así. Se impuso a manifiestos referentes oficialistas. Sus pasos ratifican esa pertenencia aunque, en algún momento, pareció aflorar una distancia con el gobernador, quien los confrontó cuando esbozó un proyecto donde preveía limitaciones a sus remuneraciones. Quedó en un intento y el trato volvió a encauzarse. Un primer fracaso del cambio proclamado.

La administración pública cobijo en diciembre al nuevo gobierno con perplejidad y recelo. Soria pivoteó su campaña con cuestionamientos sobre su funcionamiento. Se desconocían sus límites entonces la ley de disponibilidad abrió una incógnita sobre el futuro de los empleados. La magnitud de ese propósito se diluyó con la muerte del gobernador. Era lógico entonces que la idea se fuera desdibujando porque Weretilneck no disponía de poder ni tenía la convicción para implementarla. En cambio, las bajas de estatales se dieron por el vencimiento de los contratos temporarios. Pero, poco a poco, la planta vuelve a poblarse, ahora por imperio del FpV. Esa evolución y las mejoras remunerativas reafirman la incidencia estatal de la masa salarial, que sigue preocupando.

Esa preocupación no se hace claramente visible porque el ordenamiento de las finanzas constituye un logro de la actual gestión, más allá de las dudas sobre la previsibilidad a partir de la presión de los haberes. Pero los restantes gastos efectivamente bajaron, con sus beneficios y perjuicios. Por caso, el desfinanciamiento que permanecen en ciertas políticas, en especial en la obra pública.

Gran parte de esa recuperación dependerá de la inyección de fondos nacionales y de recursos adicionales del Estado provincial. Ambas posibilidades son inciertas en este complejo escenario oficial.

La relación financiera de Río Negro con Nación tendrá su revisión a partir del cambio en la relación entre Weretilneck y Pichetto. Se desconoce cómo influirá la contribución nacional en estos nuevos tiempos. La política de los contratos petroleros y de la explotación minera conserva sus lineamientos originales, pero sus resoluciones y sus beneficios se demoran, una parte por la incertidumbre provincial, pero esencialmente por las políticas impuestas por Nación.

Otro gabinete

Un año después del triunfo del FpV, otro gobernador -Weretilneck- procura la reformulación del gobierno. Intenta conformar, finalmente, su propio equipo, aunque lo hará con nuevas dependencias políticas.

Ya no existe el "sorismo". Su hijo Martín, intendente de Roca, se amarra a la imagen de su padre en su actividad cotidiana, pero poco y nada ya quiere saber de los funcionarios que llegaron a Viedma junto a su padre.

Ese equipo está diezmado. Las altas cuotas de poder que gozaron se evaporaron y pasaron a la difícil tarea de caer en gracia ante el nuevo mandatario. Algunos lo lograron -el ministro Alejandro Palmieri o el fiscal Pablo Bergonzi- y otros se encuentran con un pie fuera del gabinete, como César Del Valle y Julián Goinhex. Pocos -como Juan Huentelaf- lograron transmutar a tiempo (pasando al Tribunal de Cuentas).

La renovación del gobierno es una lógica consecuencia de la desaparición de Soria. El de hoy todavía es un gabinete pensado por alguien que se creía capaz de ser gobernador, ministro de Economía, de Obras Públicas, de Gobierno... Era lógico así que pocos éxitos tuvieran funcionarios que con Soria tenían escasas posibilidades de introducir el pensamiento propio y de golpe tuvieron que demostrar méritos que avalaran su jerarquía, ahora además bien remunerada.

El año de la victoria coincide con el nacimiento de otra etapa -como lo define siempre Weretilneck- que ya se ha caracterizado por la disputa y convulsión del Frente para la Victoria. Ya existe otro mapa político, se anticipan nuevos protagonistas y reestructuraciones. ¿Habrá llegado, después de la turbación y en plena disputa interna, el tiempo del cambio prometido?

Un cambio en el que miles confiaron y que nunca emergió hasta ahora con la fuerza prometida.

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