Sabe ahora hasta dónde puede negociar. Por eso necesita cohesionar y sobre todo convencer a su propio partido, el MPN. Los sindicatos olieron el poder, y ya no abandonarán su presa. Los estatales, avanzando sobre los organismos del Estado. Los privados, sobre los cargos políticos.
Los gremios estatales, a su vez, han aumentado su participación en el gobierno de organismos públicos. Manejan el Consejo Provincial de Educación prácticamente a voluntad. Avanzan sobre el Instituto de Seguridad Social. El Ente Provincial de Agua y Saneamiento (EPAS) no puede decidir prácticamente nada si antes no se consensúa con ATE. El Ente Provincial de Energía (EPEN) hace rato que tiene mayoría sindical en sus decisiones, y ha perdido la tradicional brújula que manejaba el gobierno de turno a través de la conducción política.
El gobierno de Neuquén ya no negocia con los sindicatos desde un rol patronal. Lo hace como se negociaría en un directorio con los dueños de una buena cantidad de acciones de la firma, socios a los que se debe consultar desde un plano de igualdad. Esa cantidad todavía es minoritaria en la Sociedad Anónima en la que languidece el MPN desde hace años. Pero es suficiente como para que la representación ciudadana que el pueblo confiere desde el voto, se haya convertido en una cuestión relativa: es una representación para compartir el poder de administrar el Estado, no para ejercerlo en plenitud.
Esta situación, que pocas veces se expone en toda su crudeza, es parte de la composición genética del Estado neuquino. Así lo estructuraron sus fundadores, en una época en la que se soñaba con un progresismo corporativo, en la que se confundía fácilmente a los sindicatos como la representación del "pueblo trabajador", es decir, con las mayorías.
En este contexto, que puede ser entendido de distintas maneras o enfoques ideológicos, pero no negado porque es parte de la realidad, se da una batalla por los salarios, en un campo confuso en el que se discute la sanidad de las finanzas del Estado. La situación es así: cada empleado del Estado puede dar fe, y demostrar fácilmente, como se deteriora mes a mes el poder adquisitivo de su sueldo (sea cual fuere éste). Al mismo tiempo, cualquiera que mire las cuentas públicas neuquinas podrá dar fe de cómo ha avanzado el gasto salarial en la torta presupuestaria, ocupando una creciente porción que ya amenaza los servicios básicos que el Estado debe garantizar.
Cada empleado, como individuo, tiene razón en reclamar un aumento de salario. A su vez, el gobierno en su rol de administrador del Estado, tiene razón cuando dice que no puede aumentar la masa salarial.
Tanto el empleado como el Estado provincial sufren el mismo mal: el estallido de la burbuja de bienestar de la economía argentina en la era Kirchner, con la constatación del fin del equilibrio fiscal, el retorno de la inflación como síntoma, y la caída relativa de índices concretos y significativos (producción de energía, producción agropecuaria, producción industrial, producción de alimentos, turismo).
Neuquén participa de esa burbuja rota con sensación de culpa que cuesta asumir: aportó sus recursos no renovables a la ordalía del gasto discrecional de un gobierno centralista y autoritario; y no consiguió a cambio más que migajas de la gran torta cocinada en Olivos.
No todo en Neuquén puede explicarse por cómo se ha movido la provincia en su relación con Nación. Hay responsabilidad local en la administración de los recursos, y sobre todo, de los gastos. Pero es indudable que la causa más fuerte de los males provinciales (no sólo en Neuquén) no hay que buscarla en sus propias razones económicas, sino en el contexto de una Nación Argentina que concentra y dilapida continuamente recursos, sin repartirlos adecuadamente en cada una de las regiones que los originan.
Si no fuera que los políticos argentinos son refractarios a cuestiones que harían palidecer o sonrojar a cualquier hijo de vecino (es la primera materia que se aprueba, el manejo de las emociones), no podría explicarse cómo conservan la apariencia de dignidad algunos mandatarios provinciales, en medio de acciones alocadas.
Por ejemplo, en Río Negro se dispuso aumentos salariales para empleados públicos y docentes, más la incorporación de miles de empleados contratados a la planilla de personal de planta (situación que se da inexorablemente cada dos ó tres años), a costa de no poder pagar esos sueldos. A tal punto que su gobernador, Miguel Saiz, no pudo anunciar más que un cronograma de pago provisional de emergencia, con plata que salió a buscar una vez más en el oneroso mercado financiero. ¿Prefieren los sindicatos padecer la incertidumbre del cobro de un salario alto, antes que la tranquilidad de cobrar seguro un salario más bajo? La respuesta es simple: Sí. Lo prefieren porque la historia ha demostrado que el Estado siempre rasca los recursos de algún lado, aun a costa de que se caigan a pedazos los servicios básicos.
El sindicalismo sigue una regla de oro: ser responsable de mejorar la situación de sus representados, no la de generar el capital para pagar los salarios. Pero si además puede acceder al poder de decisión…lo hará, como de hecho está haciendo en Neuquén. Y cambiará garantías de paz social por integrar administraciones y concretar la gran ambición: el poder. No la dictadura del proletariado que soñó y quiso aplicar Lenin; sino la tiranía de las corporaciones.
Pero el gobierno de Jorge Sapag, incluida su composición más "sindical", corporizada en su ministro de Gobierno, Jorge Tobares, llegó al techo de sus posibilidades en esta concepción de compartir el poder sobre la base de la negociación de espacios. Ve, en algunos casos con razonable espanto, cómo se concreta el dicho de que "le das la mano y se quedan hasta con el codo". Es decir, ve cómo se torna insaciable el hambre de poder. Concretamente, el político se mira en el espejo y ve un sindicalista con cara de hambre en el reflejo.
Esto no solo pasa con los sindicatos estatales. El gobierno fatigó incontables horas de negociación con el sindicato ceramista hasta acceder a la expropiación de la fábrica Zanon, solo para confirmar al poco tiempo que no solo no solucionó casi nada, sino que es sometido a una presión creciente para que se aplique una receta parecida con otra fábrica, Stefani. Es impensable un futuro en el que el Estado sea una garantía absoluta que elimine los riesgos de la actividad económica privada. El riesgo es parte de la naturaleza, no solo de la economía. En Neuquén parece que se pretende un seguro de vida que garantice no solo la salud, sino la eternidad.
El gobierno le dedicó otra enorme cantidad de horas a salvar a una empresa como Fox Petrol, que había caído por la fuerte pérdida de rentabilidad del sector petrolero producto del manejo esquizofrénico de las variables de precio de su producción. La negociación que se hizo siempre entre bambalinas y de la que se sabe muy poco, culminó con una rara experiencia: la empresa, que se había fundido, compartirá ahora ganancias con sus empleados: el 30 por ciento. ¿Quién presentó todo como un gran triunfo y una idea a imitar? Nada menos que Hugo Moyano, el titular de la CGT, amigo y compañero de ruta en el aprovechamiento de la decadencia kirchnerista de Guillermo Pereyra, el histórico líder del sindicato petrolero de Neuquén, Río Negro, y La Pampa.
No hay casualidades en el mundo de la política. Moyano tiene su candidato en Neuquén, para presidir el PJ y aspirar eventualmente a candidaturas en el 2011: es el mercantil Sergio Rodríguez. Pereyra, que se lleva bien con los dos, tiene sus propias apuestas al poder político: Omar Lorenzo, diputado provincial, ya es precandidato a intendente; su sector coquetea con la candidatura de Luz Sapag para presidir el MPN; y todo se da en el contexto de una fuerte presión del sindicato más importante en la provincia sobre el propio gobierno: "queremos más protagonismo", se dice, y también una alianza posible con el peronismo K para el 2011.
Sapag, en medio de una situación que combina elementos que puede manejar y otros que ni siquiera se acercan a sus posibilidades de manejo, amplía su horizonte de negociaciones, pero sobre todo, buscará cohesionar su propio partido. Es impensable que su gobierno logre emerger de una situación cada vez más peligrosa, en un contexto nacional de creciente conflictividad e inestabilidad, sin respaldarse en un MPN más fuerte, más protagónico, y sobre todo más convencido, que el actual.
Por eso, el rumbo en la interna del MPN ya está casi decidido. Es un rumbo impuesto por las circunstancias antes que por los caprichos o ideas de algún sector. Se trabajará, una vez más, una lista principal con acuerdo de los dirigentes más importantes. Esa será la lista que recibirá el respaldo. Las otras, las que no sean bendecidas por el consenso, o bien no llegarán a la interna, o bien se conformarán con una representación minoritaria, algo que tampoco se desdeña en un partido tan amplio, tan generoso en sus variables ideológicas, como atado a la condena de ser el oficialismo perpetuo…en una provincia que disfruta aplaudiendo las voces disonantes, pero aprovecha los beneficios del estatus quo.



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