El fin de año terminó, de muy mala manera, con las expectativas que venían en la vida política de los argentinos. Lo que nos dejó a todos sorprendidos fue que el principal conflicto estuvo centrado en la provincia de Santa Cruz, terruño del Gobierno nacional. ¿Puede pasar lo mismo en Buenos Aires si se toman decisiones no consultadas con la Presidenta?
El 2011 fue un año de muchos vaivenes en el mundo político. Por un lado, el amplio triunfo de la Presidenta, que radicalizó el Gobierno, buscando hacerse con todo el poder del Estado de un solo golpe, a sabiendas de que en un Estado intervencionista, si domina todo los resortes propios, domina a los privados, sin importar la fuerza económica que tengan.
El otro hecho, que nadie en el ambiente político, y sobre todo dentro de la estructura política del peronismo, puede digerir es la aparición con tanto poder de La Cámpora, que desembarcó en forma arrolladora en todas las listas del país, sin tener la menor resistencia de parte de los gobernadores, que veían evaporar sus cargos legislativos en manos de jóvenes que no conocían; es más: no sabían siquiera que tenían a La Cámpora trabajando dentro de su provincia.
Lo cierto es que la agrupación desembarcó en el poder, en forma arrolladora, y se ha transformado en el brazo ejecutor de las políticas públicas de Cristina; por un lado, hacen las leyes, y por otro, toman las calles. Los organizadores del movimiento han encontrado una fórmula política para cumplir con sus objetivos, no sabremos si es correcta, pero lo cierto que es que es eficaz.
La provincia de Santa Cruz, conducida por el kirchnerista Peralta, es un claro ejemplo de lo que viene. Muchos de los actuales gobernadores vieron con mucha preocupación los acontecimientos por televisión, no por lástima a Peralta, sino porque comprendieron que les puede pasar a ellos, en caso de tratar de aplicar algunas decisiones políticas sin consultar con la Presidenta.
El gobernador de Santa Cruz tomó medidas ante una situación de crisis, sin entrar a analizar si eran correctas o no, pero sí inconsultas. Esto generó un rápido reclamo interno desde la Casa Rosada. Al no tener eco pasaron al plan B: salieron a tomarle la calle, con La Cámpora y los gremios. ¿El resultado? Un gobierno tambaleante. La tercera medida fue vaciar de poder la provincia. En Balcarce 50 le cortaron todos los teléfonos, y La Cámpora les hizo renunciar a todos los funcionarios políticos de la agrupación. El objetivo fue derrocar a Peralta.
Hasta ahora no lo lograron, pero estuvo a minutos de presentar la renuncia; la decisión la tenía tomada, lo frenó un funcionario nacional que no comparte el accionar de La Cámpora y salió a respaldarlo en las sombras, con medidas internas de gobierno.
La comparación que realizó el gobernador Scioli con la situación en su provincia, no resulta menor. La pregunta, de manual, es clara: ¿en qué situación estamos nosotros para que no nos pase lo mismo? Por un lado, la Legislatura, en sus dos cámaras, está manejada por La Cámpora, no son sciolistas, con lo cual va a tener un gran enemigo, aunque sin posibilidad de complicaciones en lo inmediato. Por otro lado, los gremios no están con el Gobierno nacional, no son cristinadependientes, como en el sur; acá tienen vuelo propio, sumado a la pelea con la CGT; desde el Gobierno están logrando unir a todo el sindicalismo en un solo lugar, obviamente, no por amor, sino por espanto, pero en la práctica juega en favor de Scioli.
El otro elemento de presión es el control de la calle, que La Cámpora en la Provincia no lo tiene asegurado. Con la batalla en la Legislatura ya les quedó claro a todos: el Gober-nador no le va a regalar el territorio a la agrupación, sino que, por el contrario, va a utilizar todos los recursos para frenarla, incluida la Policía; después se contarán los heridos, pero el territorio no lo va a entregar.
El único flanco frágil del mandatario bonaerense son sus alianzas políticas. Allí es donde Scioli está muy débil, porque los demás gobernadores no lo ven como a un hombre de temple para afrontar la situación, y es donde entra a jugar su arquitecto político, Alberto Pérez, quien en los últimos meses se dedicó a realizar las alianzas políticas de su jefe.
En este marco de situación, y con las variables de ataques de La Cámpora controladas, para no pasar a ser un nuevo Peralta, Scioli depende exclusivamente de Alberto Pérez, y su suerte está ligada a los acuerdos políticos del jefe de Gabinete. Si el arquitecto los logra, Scioli tiene futuro; si no, el Gobernador habrá llegado a su techo, y sólo le restará transitar los próximos cuatro años para cumplir su nuevo mandato, y esperar los im-ponderables de la política para poder sobrevivir

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