Por Roberto GarcíaEn apenas 72 horas, llamativamente, pasó de combativa a conciliadora. La excepción, con Macri. ¿Cuánto durará?
Cristina Kirchner impuso un clima tenso esta semana, quizás por su retraso en enfrentar la tragedia de Once (una inexplicable falla en su aparato de comunicación, lo mismo que la empresa, al margen de la escasa solidaridad ante la desgracia). Emprendió el lunes un discurso encendido, amenazante y, por si fuera poco, cuando la pantalla oficial no la transmitía, ofreció una imagen inesperada y poco beneficiosa para su figura: en medio del dolor a expresarse por el accidente, los muertos, los anuncios determinantes y las prevenciones, Ella se dirigió a su claque para instruirla desde el palco con el estribillo “Vamos por todo”. Gestual, militante, anteponiendo la política al luto, un inexplicable doble estándar, al revés de lo que juraba proponer desde el Gobierno.
Ese clima intimidatorio se apagó 72 horas más tarde cuando el jueves, ante el Congreso, no se consumaba lo que se había insinuado, de ahondar la intransigencia por Malvinas, de intervenir o nacionalizar YPF, pasando por la reestatización presunta de los ferrocarriles. Otra dama emergió en el atril: docente, conciliadora, sensata por momentos, y postergando para otra oportunidad esas grandes decisiones que –se supone– implican la entelequia camporista de la “profundización del modelo”. Se limitó Cristina a endulzar oídos propios con su versión de la hazaña –el tránsito gubernamental entre el desastre de 200l a lo que hoy sucede– que le ha devuelto al país, según sus palabras, una actualidad económica espléndida, creciente, producto de su gestión y la de su finado marido. No fue lo único. Curiosamente, para resumir, en 72 horas cambió el eslogan “Vamos por todo” por “Vamos con todos”.
No parecía entenderlo así la TV oficial: durante media hora, sólo enfocaron el rostro de los héroes de la administración y de algunos de la privilegiada organización La Campora, como si el de los opositores en el Parlamento no aceptara asimilarse al mudo consentimiento obvio y seguidista de Randazzo, Giorgi, De Pedro, Bossio, Abal Medina o Cabandié. Comprensible: para muchos de ellos es irrepetible lo que han alcanzado. Entonces, la TV pública no entendía el cambio de Cristina. Como el talk show –con el mayor respeto porque no cualquier dirigente o artista mantiene a la audiencia durante más de tres horas de disertación– se extendió con hábitos caribeños, le permitió a las cámaras cambiar de objetivos e incorporar en la imagen a Pinedo, Estenssoro o Bullrich. Si la convocatoria es para todos, ninguno debía quedarse fuera de la pantalla.
La oscilante actitud de Cristina se reflejó en la Bolsa: quienes aguardaban una intervención estatal en la empresa, el lunes perdieron con la acción de YPF más de l5% y, el jueves, recuperaron casi toda la caída cuando la Casa Rosada se limitó a mantener reproches sin firmar ninguna resolución. Brutal y absurda volatilidad, no proveniente del país que pintó la Presidenta en su primera parte del discurso.
Otra muestra desorientadora se advierte en las derivaciones por la tragedia ferroviaria: no hay claridad sobre estatizar formalmente o conservar licencias y concesiones intoxicadas de origen. Habrá que esperar para un desenlace eventual, finalmente la máxima de Humberto Grondona –“todo pasa”– siempre se aplica. Como se trataba de trenes, hubo un desvío de estación con la monserga tradicional de que el sistema no funciona por culpa del testamento nefasto que se heredó hace cincuenta años: le cayeron a Frondizi, también a algún militar que lo siguió, los 90 neoliberales y el convencimiento de que no pesa ninguna responsabilidad sobre el ejercicio administrativo de los últimos ocho años. Se salteó el hecho de que ciertos repuestos no ingresan por los límites a las importaciones, que hay atrasos en los pagos, que un par de vagones modelo se exhiben en Tecnópolis, en lugar de que rueden por el Sarmiento, o brilló en ausencia Ricardo Jaime, por mencionar una estrella que no aparece en ningún medio oficial. Ni siquiera apareció en el relato oficial del deterioro la compra de los ferrocarriles por parte de quien sí aparece en los palcos cuando hay problemas y debe incitarse a la épica (Perón). No hubiera afectado su memoria mencionar el precio gigantesco que pagó por nacionalizar los trenes, monto que hasta un lúcido consejero por la adquisición (Raúl Scalabrini Ortiz) se encargó de cuestionar. Tampoco aludió al período estatizado, con mafias de distintas índole, tal vez tan prebendarias como las actuales, pero envueltas en la bandera argentina, desde la industria del juicio a las compras escandalosas con licitaciones amañadas. Son pérdidas de memoria atribuibles sólo a la mandataria, son comunes al resto de la población.
Del discurso, uno de los más largos como Presidenta o legisladora, hubo más. La reiterada y facilista confrontación vecinal y ferial con Mauricio Macri, en este caso por la vigilancia policial en los subtes, con paro mediante. Ya no importa quién tiene la culpa, lo cierto es que los ciudadanos pagan impuestos por dos policías, al menos, y carece de ambas. Si alguien medió para que Cristina se contenga en medidas traumáticas sobre YPF y sobre la concesión ferroviaria, habría también que adjudicarle influencia a esa voz para lograr morigerar, en apariencia, una reforma radical que se proponía sobre los bancos. Viene algo más tenue, pero de imprecisa consecuencia sobre la economía. Mismo tenor para la política exterior con Malvinas que, desde negarles hasta el agua a los kelpers y no contemplarlos en ninguna alternativa, de pronto se los habilita para que tengan un vuelo más desde el continente. Dentro de esa línea habría que ubicar el riesgo asumido por la mandataria al enfrentar a los gremios docentes, cuestionándoles la no reanudación de las clases y, sobre todo, observándoles que los ingresos que perciben son más agraciados que los de otros sectores.
Sorprende el giro copernicano sobre algunos temas en apenas 72 horas, inclusive hasta la actitud presidencial: en el primer mensaje estaba desafiante, en el segundo se asumió Ella misma como no peleadora. Al menos, ese día. Tan movedizo se ha vuelto el terreno que figuras a lapidar, como Hugo Moyano y Daniel Scioli –a los que el oficialismo laceraba hace meses– de pronto dejaron de existir, casi había que presentar un hábeas corpus para ponerlos en superficie.
Aunque ellos, tal vez acostumbrados a tanto desgaste, reaparecieron jugando al fútbol con famosos: el gobernador o promoviendo más fracturas que uniones: el jefe camionero. Como si no soportaran estar lejos de la figuración. Se han vuelto ligeramente más robustos, mientras Ella, quien se dice la más castigada de la historia por los medios, de todos los presidentes del país (se olvida de Ortiz, Illia, Isabel, De la Rúa), ingresó en la etapa del difícil arte de gobernar. Aunque esa fase descubierta este verano se asemeja más a un trabajo forzado que a una extravagancia artística.





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