Por RICARDO KIRSCHBAUMLa reunión con Obama ha sido, más allá de cualquier especulación menor, un éxito para Cristina Kirchner. Pudo, por fin, tener un diálogo bilateral con el presidente norteamericano tras un camino en el que abundaron los opuestos (avances y retrocesos, amores y odios), tan caros a la metodología kirchnerista.
Tanto énfasis puede llevar a una conclusión: las desavenencias anteriores, sobre todos las últimas, parecieron surgir más del despecho que de la ideología. Sobre todo luego de que Obama esquivara la escala argentina en su gira regional y dejara pagando a una Casa Rosada ansiosa por recibir al presidente demócrata en Buenos Aires.
Los símbolos y los mensajes sutiles son en la diplomacia casi tan importantes como las cuestiones explícitas . Las palabras elegidas por Cristina, al cumplirse ahora seis años de aquellos feroces cruces con George Bush en Mar del Plata, se diferencian de las que utilizan Hugo Chávez, a quien ¿para compensar? visitará en pocos días, y Rafael Correa.
También son distintas de la verba inflamada de su militancia más radical y del relato empecinado por crear una virtualidad que, luego, la realidad se encarga de enfocar correctamente. También las de Obama, distinguiendo esas diferencias.
Kirchner siempre aprovechó las desavenencias con Estados Unidos para la política interna.
Lo hizo en Mar del Plata y lo repitió en el caso de la valija de Antonini Wilson: acusar a la CIA dejó rédito, condicionó el inicio del primer mandato de Cristina, y apuntó a salvar un mecanismo de circulación de dinero que la morosa investigación judicial todavía no esclareció.
Toda esta reaproximación con Washington exigirá ajustes y sacrificios políticos que, con el nuevo tiempo que se abrirá el 10 de diciembre, serán evidentes y necesarios en la política exterior argentina.
Por lo demás, después de la cita en Cannes, vendrán los resultados concretos del diálogo: allí se verá si los símbolos se convierten en progresos concretos.



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