La celebración del bicentenario sirvió para aclarar varias cuestiones.
Es que desde arriba nos mostraron ceños fruncidos, actitudes agresivas, enojos personales, pero como respuesta tuvieron sonrisas y alegrías, y lo aún más trascendente, un comportamiento sin divisiones ni antagonismos, todos, o casi, cobijados por el paño celeste y blanco. Es decir, se mostró una unidad como hacía rato no aparecía. Actitud que ahora más de uno trata de capitalizar como propia, sin darse cuenta que una vez más la gente se adelantó a cualquier intento de pobre politiquería, como en realidad los hubo. Una lección que los políticos en general, y especialmente quienes tienen la responsabilidad de gobernar, deberían colgarse de una oreja, para recordar. Pero aún más que eso, para aprender. Al fin de cuentas es tan difícil ver qué siente y piensa la gente.
La celebración de estos 200 años, nos dejó un fuerte ejemplo. De convivencia por sobre todas las cosas, demostrando que también se puede vivir en paz dentro del disenso y las diferencias que, obvio es mencionarlo, siempre existirán.
No se necesitará demasiado tiempo para ver si la lección prende, o si como sucedió tantas veces en que el pueblo le indicó el camino a sus gobernantes, se mantendrá esa desgastante actitud de la pelea como forma de imponer las ideas. La fuerza por sobre la razón, pésima fórmula.
Pero claro, esta clase de festejos reflexivos los tenemos cada 100 años, la paciencia se consume y el vértigo de la actualidad no nos deja siquiera reacomodarnos.
Puede ser que sea una anécdota y no lo trascendente, como a él le gusta remarcarlo, pero la justificación del ministro Randazzo sobre no haber invitado a los ex presidentes de la Nación a la cena en la Casa Rosada, resultó patética. "¿Qué importancia tienen los ex presidentes? ¿Acaso no vieron que allí estuvieron representados los más calificados sectores de la sociedad?", fue la patética argumentación de quien debería haber defendido exactamente lo contrario. Mientras tal vez recordaba el ingreso por la alfombra roja de la Tigresa Acuña y su marido. Si para muestra alcanza un botón, ahí tienen una descripción muy figurativa de lo que venimos diciendo.
En tanto, ¿de qué hablaron los medios estas últimas horas? Pues de la corrupción que tiñe a la ONCCA, ese malévolo organismo que en manos de Echegaray durante lo más duro del conflicto con el campo, sirvió como herramienta para ponerlos de rodillas. Ahora salen a la superficie los manejos irregulares que se hicieron con los subsidios para los feedlots, fraguando identidades, cifras, direcciones. En fin, un verdadero fraude para las finanzas del país.
Pero había algo aún más grande, una verdadera sorpresa y media -si es que algo puede aún asombrar en este escenario-, se esfumaron los 500 y pico millones de dólares que Kirchner había guardado como si fueran suyos -casi, como las reservas del Central ahora-, cuando los recibió siendo gobernador de Santa Cruz y depositó en el exterior. Durante años, nadie pudo conocer con exactitud qué se había hecho de esa montaña de dinero, incluso ni los propios gobernadores que lo sucedieron podían dar explicaciones, pero ahora resulta que de rompe y raje se sale a decir que se distrajo en gastos generales de la provincia.
¿Lo curioso? no hay certificaciones claras sobre tamaños gastos.
Solamente que durante 2009 se destinaron 200 millones de esos recursos a rentas generales.

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