Para que el PRO se convierta en un partido nacional, Michetti debe postularse y sumar los votos bonaerenses. Eso implica resignar su sueño de ser jefa de Gobierno. Es lo que esperan Macri y el eterno rival de la diputada, Rodríguez Larreta.
"El mal que aqueja a la Argentina es la extensión", solía decir Bernardino Rivadavia, aquel liberal conservador que en los libros de historia aparece como el primer presidente y dueño del sillón que se ha transformado en la obsesión de Macri. Y quizás la confirmación de que su dominio electoral, tal como le sucedía a Rivadavia, se circunscribe sólo a la capital. En 10 años de existencia, el PRO no pudo hacer pie con firmeza en la provincia de Buenos Aires, salvo Jorge Macri, que gobierna Vicente López, un electorado más parecido a la ciudad que al conurbano. Los armadores macristas reconocen esta debilidad y debieron dar una dura batalla -incluso contra el propio jefe de Gobierno- para convencer de que era necesario "meterse en el barro bonaerense en busca de los votos que no están". Lo cierto es que hoy por hoy, la diputada nacional Michetti es la única carta fuerte que podría ofrecer el macrismo en la provincia.
Sin embargo, Michetti aún no tomó una decisión. En su entorno dicen que sólo ella determinará el momento para hacerlo. Mientras tanto, en los oídos de Macri circulan encuestas que muestran a Michetti con un 20% de intención de voto y una imagen positiva que supera el 50%. Números que difícilmente pueda alcanzar otra figura del PRO. Si acepta el pedido de Macri, no sería la primera vez que la diputada es sometida a sacrificios políticos, como cuando -contra su voluntad- renunció a la vicejefatura de Gobierno para encabezar la lista de diputados nacionales en 2009, que alcanzó el 31,09% de los votos, muy por debajo del 45,62% que obtuvo Macri en la primera vuelta de 2007, cuando el PRO accedió al poder.
¿Y si no quiere ser candidata en la provincia? "Si no es Michetti, tendrá que ser Michetti", bromea uno de los armadores que trabaja junto al ministro de Gobierno, Emilio Monzó.
La indefinición de la ex vicejefa está estrechamente ligada a una interna con el jefe de Gabinete, Horacio Rodríguez Larreta, transformada en un clásico. Un episodio ocurrido en los últimos días muestra la situación del PRO en la Ciudad. Durante el reparto de los cargos que corresponden al partido en Capital, Michetti impugnó la postulación del ministro de Educación Esteban Bullrich, como presidente de la Asamblea General. Bullrich terminó autoexcluyéndose bajo el pretexto de "darles lugar a nuevos dirigentes" y ese lugar fue ocupado por el legislador Francisco Quintana, cercano a Michetti.
Estas rencillas se profundizaron este año con la aparición de nuevas figuras políticas, cuando el mercado en la Ciudad parece estar saturado. Además del trabajo incansable -y a veces infructuoso- de Rodríguez Larreta para posicionarse electoralmente, se le ha sumado no sólo Bullrich, sino también el ministro de Espacio Público, Diego Santilli, el diputado nacional Federico Pinedo, el PROperonista Cristian Ritondo y la actual vicejefa de Gobierno María Eugenia Vidal, que empieza a tener vuelo propio. Todos con ambiciones políticas y con la pretensión de salir del estancamiento porteño.
Este escenario tensionó las relaciones partidarias y provocó una bajada de línea directa de Macri. "Basta de internas infructuosas", se le escuchó repetir. Hasta Pinedo, un histórico del macrismo, fue víctima de las peleas intestinas y se llegó a decir que sus coqueteos con el gobierno nacional -y en especial con la presidenta Cristina Fernández- tenían como trasfondo un nombramiento diplomático.
Macri decidió escuchar a Monzó, quien le había recomendado impulsar las internas abiertas obligatorias para institucionalizar estas peleas y evitar sangrías. El propio ministro de Gobierno decidió -luego de los cruces que tuvo con el secretario general Marcos Peña- no poner el cuerpo en las disputas entre las figuras de la Ciudad, no sufrir un desgaste que podría perjudicar su principal misión: hacer de un partido vecinal como el PRO una fuerza nacional. "Gabriela ya dijo que hará lo que se considere mejor para el partido", asegura una fuente del entorno michettista. "Pero es lógico que no quiera descuidar algo para lo que siempre peleó, que es tener influencia política en la Ciudad", añade.
En tren de sumar voluntades, el macrismo ya trabaja para volver a posicionar al economista Carlos Melconian y también se produciría un pase que, si ocurre, dejará boquiabierto a muchos: Jorge Telerman estaría con un pie en el ministerio de Cultura de Hernán Lombardi.
"Necesitamos votos, necesitamos peronizar al PRO en el interior", grafica una fuente del macrismo que sigue de cerca el desempeño de Francisco de Narváez en la provincia, una alianza cada vez menos probable. "El Colorado está teniendo problemas para contener a sus dirigentes y encima no para de caer en las encuestas". Hace unos días, De Narváez anunció la creación del Frente de Unidad Peronista (FUP) junto al intendente de Malvinas Argentinas, Jesús Cariglino, y la diputada nacional del peronismo disidente Graciela Camaño. En el acto de lanzamiento, una disputa feroz por determinar quién sería el principal orador, terminó con la retirada de Cariglino y Camaño, que dejaron solo a De Narváez. Este episodio fue muy comentado en el Gobierno de la Ciudad. Y no es para menos. Una alianza con el empresario colombiano está cada vez más lejos y, aseguran en el PRO, Macri y De Narváez comparten electorado.
Otra de las figuras que siguen muy de cerca en el macrismo es al intendente de Tigre, Sergio Massa. Ex jefe de Gabinete de la presidenta Cristina Fernández, Massa se caracteriza por jugar con la encuesta en la mano: todas las mediciones lo incluyen en el top 5 de los dirigentes con mejor imagen nacional. "Sergio es siempre una opción muy tentadora, pero veo difícil que se salga del kirchnerismo en tanto CFK no baje de los 40 puntos de intención de voto", dice un armador PRO.
La necesidad hace a la acción. "Necesitamos votos", parecería el lema de la construcción política macrista. El escenario ideal -explican en una oficina desde donde se planifica la estrategia nacional- engloba la constitución de un frente electoral que incluya al peronismo no K, a la UCR no alfonsinista (el intendente de Junín, Mario Meoni, por ejemplo) y partidos vecinalistas del interior. El PRO está yendo a los pueblos del interior a buscar presidentes de clubes, profesionales, referentes que "no provengan de estructuras partidarias ni de la política tradicional".
Chau marketing, hola política
Jaime Durán Barba está en retirada. Y su procesamiento en la causa por la llamada "campaña sucia" contra el senador kirchnerista Daniel Filmus, que vinculó falsamente al padre de Filmus con Sergio Schoklender, durante la etapa preelectoral, no va a mejorar esa situación. El ecuatoriano fue perdiendo terreno y Macri no lo escucha tanto como antes. "Mauricio entendió que Durán Barba puede ser un buen comunicador, pero que lo obligó a bajarse dos veces de una candidatura presidencial porque no sabe construir políticamente", dice una fuente del gabinete.
El marketing está siendo reemplazado por la política. Así lo entendió hasta el cómico Miguel del Sel, que luego de la excelente elección que hizo en Santa Fe, se dedicó a formarse políticamente. Del Sel viene dos veces por semana a la ciudad para reunirse con los equipos técnicos del PRO que le enseñan economía, historia y gestión pública. En Mendoza, el acuerdo con el radicalismo está avanzado, sobre todo con el intendente de Godoy Cruz, Alfredo Cornejo. Y se mantiene una alianza histórica con los demócratas cristianos. En tanto, en Córdoba, al acuerdo con Oscar Aguad -en franca decadencia- se suman conversaciones con el intendente de la capital provincial, Ramón Mestre, quien estaría dispuesto a transformar el rojo de sus banderas en amarillo.
Así las cosas, Mauricio Macri afronta el empantanado camino de la construcción política, donde los sapos saltan a cada paso. Sólo el tiempo y los resultados electorales podrán determinar si finalmente cruzará la Plaza de Mayo, desde Bolívar 1 hacia Balcarce 50. O si la extensión de la Argentina lo condena a limitar su poder político a la ciudad de Buenos Aires.























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