Otra vez Tránsito generando la huida de los contribuyentes comunes y corrientes, que prefieren escapar a ser víctimas de arbitrariedad. Parece que a esta Dirección, en vez de dirigirla un experto, la condujera… una patinadora, por ejemplo.
En esta ocasión, según se puede observar claramente en el video filmado por el mismo Barbero desde su celular, y que se exhibe en la página web de Noticias & Protagonistas, es detenido en las calles Salta y Falucho por un par de agentes de Tránsito que requieren su documentación. Pero estos agentes ya cobran por el sistema de Rentabilidad por Resultados, es decir que, no les importa cómo, pero van a multarlo.
Federico es respetuoso y gentil. Se detiene y entrega todo lo solicitado, lleva puesto el casco reglamentario. Es entonces que el agente sin identificar -gordito y con campera verde claro de Tránsito- comienza a escribir la infracción.
Barbero le solicita una explicación, y el funcionario dice que el casco no estaba abrochado. Que no alcanza con que lo tenga puesto, que se lo tiene que abrochar. Barbero le dice que la ley le pide casco, y que él lo tiene puesto. Como no se ponen de acuerdo, el conductor no desea firmar la multa injustificada, y es allí donde todo se desmadra.
El funcionario se niega a identificarse y lo amenaza con que le secuestrará la moto, con que llamara al patrullero, y rápidamente busca la ayuda de otro agente: el más delgado, con buzo polar gris, que trata de ver si mejora las cosas para su conveniencia. Le dice que pueden conversar, y Barbero le solicita que le diga su nombre y su número de legajo. El hombre de buzo gris agrega: “¿para qué querés mi nombre? ¿querés salir conmigo?”.
Así tratan los inspectores de Tránsito a los ciudadanos que pagan sus sueldos. Pero además, lo hacen con total impunidad, porque Federico no ocultó que los filmaba: el inspector se limitó a decir “yo quiero arreglar esto y vos te venís a hacer el camarógrafo”.
Con la sociabilidad de un cavernícola, el gordo de campera le faltó el respeto, lo insultó, y se negó a devolverle los papeles, ya que le había retenido el comprobante del seguro. Pero claro, cuando vieron ambos que la gente se paraba y se solidarizaba con el conductor, trataron de cerrar el caso. El gordo no sabía cómo, el más flaco vino y le exigió los papeles del seguro, creyendo que no lo encontraría, porque hasta hacía un momento lo tenía el inspector.
Cuando el conductor le entregó los datos del seguro, se decepcionó. Frente a la cámara, el funcionario policial le dijo, mientras le devolvía sus papeles: “tomá, métetelo en el ort… pelot…”.
Así vivimos
Quizá el usuario no tenga más alternativas que recurrir al humor grotesco, a reírse de sí mismo y de la tragedia que atañe ser un ciudadano común de esta ciudad. De los que tienen más de un empleo, por ejemplo, y por lo tanto dependen del orden del tránsito de manera central para poder cumplir con todos los horarios, sin mayores problemas. Porque no sólo están los tres empleos que tiene la gente para sobrevivir, sino además el entramado de horarios, la planilla de cálculos que cualquier pareja desarrolla para poder llegar a tiempo a los colegios de los chicos, a las actividades extras, clubes, supermercado mediante, etcétera ad infinitum.
En ciudades tan complejas y extendidas como esta, con semejante parque automotor y desorden instalado, con calles mal diseñadas y un planeamiento urbano demencial, la Dirección de Tránsito debería ser quien se ocupara de garantizar que la gente vaya y venga, y por lo menos pueda conservar la vida.
Pero no es así: su función parece ser la de conseguir que todos huyan de las motos de los agentes, porque se dedican a facturar, no a cuidar gente.
¿Cuál es la razón? El sistema está pensado para perjudicar al ciudadano común y no al infractor. ¿Por qué? Porque en vez de estar pensado con el conocimiento del área, están pensado con los patines. Quizá funcionaría bien para una ciudad habitada por personas que se desplazan en rollers.
Para comenzar, la Dirección de Tránsito es en sí misma un caos. Una locación de culebrón donde la mitad abusa de su poder y la otra mitad se calla, porque tiene su propio muerto en el placard, que no puede refrescar por el momento. Según fuentes cercanas a este semanario, recientemente se anunció la incorporación de 26 nuevos empleados, cuando no pueden ni administrar los servicios del personal que ya está en funciones. Parece que luego de instruirlos en las clases de silbato y afinación de la vista a media cuadra para detectar posibles aportantes de multas, se decidió que la comuna no podría pagarles el sueldo a todos, sino solamente a 10.
¿Por qué nadie dijo nada? Porque todos ellos eran hijos de personas que desempeñan sus funciones en Tránsito, con todas las ventajas que esto implica. Uno de ellos en especial, el que más garantizada tenía la vacante, parece ser el mecánico de la mismísima Claudia Rodríguez.
Pero por más que se haya denunciado convenientemente que Tránsito es el reino del ñoqui garantizado, lo que se dice es que “ellos” no pierden las mañas. Simplemente cambian las estrategias de ocultamiento de la estafa para que no se note de manera tan evidente.
Pero hay otros que son tan impunes dentro del sistema, que no ocultan las evidencias porque se saben intocables: ni siquiera borran las huellas.
Sería oportuno que el personal de Tránsito estuviera cumpliendo una función preventiva en su totalidad, claro que sí. Si tal cosa sucediera, evitaríamos las picadas, las maniobras de alto riesgo, las estrellas amarillas en el asfalto y tantas cosas más. ¿Pero dónde están los empleados? Cobrando.
¿Y dónde cobran? Para comenzar, cobran sueldo por lo que no hacen. En la playa de secuestro hay una constancia de que en determinadas horas se superponen diez empleados en funciones, cuando no hay más de tres. Los demás, firman.
De los dos policías que figuran cumpliendo 8 horas de control, la verdad es que cumplen cuatro cada uno, por un “arreglito” interno. Cobrar, cobran los dos las ocho horas reglamentarias.
Hay un Libro de Guardia de Tránsito, donde constan los presentes y ausentes, y según se denuncia, allí figuran como presentes personas que no están trabajando. Pero además, cada “presente” debe tener una función asignada para ese día: hay gente que simplemente está allí sin que se le adjudique ninguna tarea. Les pagarían por estar, en el caso de que efectivamente hubieran estado.
Nombres y apellidos
Se comenta que el ejemplo de esta irregularidad es el jefe del Departamento Miguel Grassi Muñoz: figura presente sin funciones, pero la realidad es que no va nunca.
Otro tanto pasa con quienes figuran en los papeles de Tránsito como presentes, pero en realidad prestan funciones en otras dependencias: por ejemplo Rodolfo Ferreyro, que desde hace años cobra por Tránsito pero parece o consta por escrito que “presta funciones en ENOSUR”.
Según se indica, quien debería dar cuenta de esto es el jefe del Departamento Operatividad de Tránsito Carlos Contardi, pero los empleados creen que no hace nada porque debe demasiados favores. Y los debe desde la época en que se desempeñaba en el Tribunal de Cuentas, donde se nutrió de todas las posibilidades que da esta verdadera gallina de los huevos de oro. Si sumamos que antes de eso se desempeñó en Logística, con todos los insumos a su mano, podemos imaginar claramente de qué se habla.
¿Pero al conductor, qué le importa? Sí que le importa. Le importa porque como dijimos, siempre tiene que huir de la misma gente a la que le paga el sueldo. Y ¿por qué tiene que escapar? Porque el sistema es arbitrario y retorcido.
Para comenzar, el invento de la Remuneración por Resultados es una verdadera caza de volantes. Cualquiera puede imaginar la manera en que todas las aves hambrientas han abandonado cualquier puesto de trabajo para conseguir plata. Sí, plata. Porque la fortuna está en los controles de alcoholemia. A tal punto que tuvieron que mandarles un memorándum para que no se amontonen y dejen comer a todos.
Porque la pipeta dice “lo que yo digo que dice”, y una multa puede implicar $3.000. Con estas cifras, ni siquiera hace falta coimear, porque conviene más cobrar la comisión por la multa. Es decir que salen todos a la calle a hacerle controles de alcoholemia hasta a los carritos de bebé.
¿Cuál es el resultado? A los sitios donde están los borrachos al volante, los agentes de Tránsito no van. Porque con la gente pesada no se meten: siempre tiene miedo de que -total y efectivamente- los maten a palos.
Entonces, se dedican a encarar al que viene de cenar por una calle central, no los esquiva, no se oculta, y encima sabe que ha tomado una copa de vino en la cena a la que concurrió. Material preciso. Los agentes de Tránsito le dirán que la prueba le dio tanto, y le sacaran el auto además de embocarlo con una fortuna.
Lo cierto es que esta vez, Federico Barbero tenía un celular, agallas para filmar y para negarse a darse por notificado de una sanción que no correspondía. ¿Cuántos más hay en la ciudad con todas las condiciones para hacerlo? ¿Cuántas veces por día los conductores somos fugitivos de las fuerzas que cobran para cuidar de nuestra seguridad, y en realidad nos detienen en el peor momento, sin ninguna medida de previsión, para ver cómo fabrican una infracción inexistente para nutrir sus ingresos? Hay un derecho, claro que lo hay. Pero por lo visto, no está vigente.

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