¿Hasta dónde puede llegar la obsesión de un gobernante? La presidenta Cristina Kirchner y su séquito de aplaudidores (principalmente Amado Boudou) parecen no reconocer ningún tipo de límites en su intención de mantenerse en el poder. Por eso, agotados los recursos genuinos para financiar los alocados proyectos políticos de la Casa Rosada y hacer clientelismo, se quiere inundar el mercado de pesos que ya son cartones pintados y que cada vez valen menos.
El problema, que se niega a reconocer la Presidenta, es que los desequilibrios estructurales que arrastra el país ya no resisten este tipo de prácticas. Incentivar artificialmente el consumo, sin capacidad productiva, puede llevar al país a revivir tristes experiencias, como la ola hiperinflacionarias de los años ‘80. Llama la atención, asimismo, la cobardía y la falta de compromiso en el futuro del país de los funcionarios que rodean a la primera mandataria, que no se atreven a plantearle las cosas como son.
Emitir descontroladamente puede convertirse en un camino sin retorno hacia una crisis que, indefectiblemente, recaerá con más fuerza en las espadas de los que menos tienen, como así también de la clase media.



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