Un firmamento que ahora tiene dos soles

Por Carlos Pagni

Tiene un enorme parecido físico con su padre, habla recordando el timbre y la entonación de su voz, repite casi todas sus ideas, está rodeado del mismo círculo íntimo y hasta se viste con sus trajes. Sin embargo, desde anoche, Ricardo Alfonsín comenzó a transformar lo que hubiera podido verse como un mero ejercicio de fetichismo en una operación política que replantea el balance de poder en la UCR y multiplica las incógnitas de la sucesión presidencial de 2011.

El hijo de Alfonsín se impuso en las elecciones internas del radicalismo de la provincia de Buenos Aires, el de Yrigoyen, el de Balbín, el de su padre. El hijo de Alfonsín comenzó, por lo tanto, a llamarse Alfonsín. Más allá de los múltiples significados que alberga esa metamorfosis, su victoria de ayer fue, sobre todo para los dirigentes, una sorpresa. Otra más de las que viene dando la sociedad argentina, con cualquier excusa, en los últimos años.

Ayer apareció un nuevo fenómeno: el del radicalismo es, desde ahora, un firmamento con dos soles. Al lado de la candidatura de Julio Cobos quedó instalada la de Alfonsín. La nueva postulación difiere en su genética. La de Cobos fue el resultado de la presión de una parte de la opinión pública sobre el partido. La candidatura de Alfonsín, en cambio, pondrá a prueba si el radicalismo es capaz de proyectar hacia el resto de la sociedad un producto gestado en sus entrañas. Pondrá a prueba también si, además de evocar con calidez las revalorizadas virtudes de su padre, el vencedor de ayer consigue ofrecer un horizonte de gobernabilidad, demostrando que la determinación del apellido no cercena su creatividad conceptual. Será interesante observar en los próximos meses cómo se procesan estas operaciones complejas, imprescindibles para que la buena imagen de Alfonsín decante en intención de voto.

Alfonsín hizo su campaña negando que el suyo fuera un esfuerzo para conquistar la presidencia de la Nación. Pero sus gestos iban por un camino distinto al de sus palabras. Para clausurar su proselitismo hizo un acto en Ferro y lo llamo "el alfonsinazo", repitiendo, como en un pase de magia, el ritual elegido adoptado por su padre en 1983. A esa concentración llevó dirigentes de todo el país. Y durante las entrevistas aclaró que lo que se estaba iniciando daría lugar a una propuesta de alcance nacional.

Además, el cargo para el que ayer Alfonsín pedía el voto es el de delegado al Comité Nacional, cuyas autoridades se eligen recién el año que viene. Esa antelación delata la intención de aprovechar una contienda cifrada como el apronte para una carrera nacional. Sin embargo anoche, tirado sobre una cama del hotel Castelar, Alfonsín lucía perplejo al escuchar a quienes le recomendaban blanquear, a partir de hoy, la aspiración de ocupar el sillón que hace 27 años ocupó su padre.

Los perdedores de ayer, con Leopoldo Moreau y Federico Storani a la cabeza, se identificaron con Cobos. Pero Cobos venía haciendo todo lo posible para no identificarse con ellos.

Mediación

En más de una oportunidad Cobos intentó una mediación para evitar la interna. Tal vez lo asaltaron los presagios del que, ahora, puede ser su principal problema: cómo enfrentar, desde el borde de la apostasía, al apellido Alfonsín. Un desafío superior para alguien que jamás participó de una interna. Será interesante observar qué consecuencias tiene el resultado de anoche no sólo en la intimidad del partido, sino también en el Gobierno.

Cobos deberá examinar de nuevo la conveniencia de seguir a cargo de la vicepresidencia de la Nación, sobre todo si camina hacia una identificación mayor con el radicalismo.

Los números de anoche modifican también la configuración de la oposición no peronista. Para advertirlo basta un detalle: en el minuto en que se definió la victoria, la diputada Elisa Carrió envió al Castelar a dos de sus principales espadas políticas. El porteño Adrián Pérez y el bonaerense Juan Carlos Moran, dirigentes de la Coalición Cívica, participaron del triunfo, exultantes. Ellos y su líder también serán protagonistas de la novela que comenzó a rodarse anoche.

En principio, Carrió saludará el triunfo de quien, en contraste con Cobos, es su principal aliado radical. Tal vez hasta se tiente con pedir algún reconocimiento por lo que aportó a la renovación de la UCR, que, se presume, comenzará desde ahora. Aunque debería cuidarse de hacerlo, tiene derecho.

Hay distritos de la provincia de Buenos Aires en los que el triunfo de Alfonsín es difícil de explicar sin la participación de los militantes de ARI y de GEN, de Margarita Stolbizer, que siguen afiliados al radicalismo.

Sin embargo el capítulo final de este guión está por escribirse. Alfonsín y Carrió quieren lo mismo, la presidencia, y todavía no se conoce el método con el que zanjarán esa discordia.

Los adversarios de Alfonsín dirán, acaso con razón, que la muestra sobre la que se construyó el lanzamiento de anoche es insuficiente. La participación fluctuó del 12 al 18% según el distrito, lo que indica que los afiliados no tuvieron demasiado en claro para qué se los estaba convocando. Pero ese argumento pesa todavía más para Moreau y Storani, que apostaron todo a la baja concurrencia de los afiliados. La derrota del aparato fue, por esta razón, más derrota.

La atracción del duelo que se libra en la cúspide no debería ocultar la relevancia de lo sucedido ayer para la historia de la provincia de Buenos Aires. Al vencer a Moreau y Storani, Alfonsín está cerca de liquidar una historia de 23 años.

Rol opositor

Es la historia de un radicalismo que, desde 1987, cuando Juan Manuel Casella perdió la gobernación a manos del histórico peronista Antonio Cafiero, se apoltronó en el rol de opositor confiable del peronismo gobernante. Desde entonces, la conducción de la UCR renunció a generar un candidato competitivo al gobierno provincial. Se las ingenió siempre para que bajo la aplanadora del PJ muriera un héroe salido de otras filas: Melchor Posse, un adversario interno, o Graciela Fernández Meijide, del Frepaso. Tampoco esa dirigencia hizo esfuerzo alguno por definirse frente a la agenda de un territorio en trance de "conurbanización", que adquirió una fisonomía endemoniada en las últimas dos décadas.

Estas deserciones son imprescindibles para explicar el resultado de anoche. Hay que reconocer que el conflicto con ese radicalismo oficial de la provincia fue el signo bajo el cual Ricardo Alfonsín, ya bastante grande, y contrariando por momentos las propensiones acuerdistas de su padre, se incorporó a la política. Para alimentar aquella saga fundó una línea interna llamada, con dudoso gusto, Rapaca, que se opondría al no más eufónico Modeso, liderado por Moreau. Los expertos saben que, aun cuando Alfonsín no sea candidato a presidente, anoche se cerró un capítulo importante de la historia radical.

Sería un error, sin embargo, reducir ese significado bonaerense a la interna de un partido. Alfonsín y el nuevo presidente del comité provincia, Miguel Bazze, tienen en sus manos una variable crucial para las elecciones nacionales del año próximo: la posibilidad de que la oposición no peronista engendre una oferta competitiva en un territorio que será el campo de batalla principal de la contienda.

Los peronistas se sintieron interpelados desde temprano por los comicios de ayer. José Pampuro, Agustín Rossi y Miguel Pichetto felicitaron al presidente de la UCR, Ernesto Sanz, durante el agasajo que se le ofreció al ex presidente de los Estados Unidos Bill Clinton en un hotel de Puerto Madero. No era un saludo protocolar. Sanz, hablando con unos y con otros, tuvo que ver en la impecable estética que ofreció ayer su partido para presentar los resultados.

Para los hombres de Kirchner la interna radical obliga a reexaminar el tablero general de la política. Para ellos Alfonsín puede representar un desafío superior al de Cobos, en la medida en que se ubica en el centroizquierda, más cerca de Fernando "Pino" Solanas que del jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri. Es decir, se trata de un candidato capaz de formular críticas y advertencias desde un ángulo que desconcierta a un gobierno preparado para polemizar con "la derecha".

Pero, además, los peronistas saben que el dinamismo que adquiera desde ahora la UCR los obligará a mirar de nuevo un fenómeno al que se han ido acostumbrando: el de su propia fragmentación interna. Reconstruido el adversario, ésa es la hendija por la cual se puede filtrar la derrota.

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