El rock y la comida, estrellas de la apertura. En los stands se formaron filas de hasta una cuadra. Todos querían probar los platos típicos de las provincias. O sacarse fotos con los dinosaurios de Neuquén o la Reina de la Vendimia de Mendoza.
En el Paseo, que ocupa el ancho de la avenida 9 de Julio, desde Belgrano hasta Corrientes, los stands provinciales se ubicaron enfrente del paseo gastronómico. De un lado, la Banda de música santiagueña hacía sonar su trombón, su tuba y su bombo mayor y dos parejas porteñas improvisaban una chacarera. Enfrente –valga la paradoja–, el fatay árabe, las salchichas con chucrut austríacas y los panes chinos rellenos de cerdo se fueron acaparando al público. Los chinos de Xinhua, la agencia china de noticias, filmaban a los que metían la cabeza en la boca de los velociraptor mecánicos del stand de Neuquén y una nena lloraba del susto. Otro nene escuchaba a su mamá mientras trataba de explicarle que esas 10 imágenes de mujeres con pañuelo blanco en tamaño real que giran en el stand de Madres de Plaza de Mayo "son unas señoras que se juntan en la plaza porque buscan a sus hijos y a sus nietos". Algunos de traje, que iban saliendo de trabajar, algunos en familia, que iban llegando del interior aprovechando el fin de semana largo, y otros de guardapolvo, que habían salido de una escuela de Garín, fueron copando la avenida. La polémica entre la Presidenta y el Jefe de Gobierno por los festejos del Bicentenario no iba a opacar su fiesta.
Antes de que la presidenta Cristina Fernández inaugurara el Paseo, antes de que el ministro Amado Boudou entrara caminando entre los distraídos, en el stand de Mendoza ya había fila de una cuadra. Algunos preguntaban qué regalaban, otros sabían que adentro estaba la Reina de la Vendimia. Los vendedores ambulantes vendían "la garrapiñada del bicentenario" a $3 y en las postas para cargar el termo se llenaba uno tras otro. Desde la terraza del ministerio de Desarrollo Social algunos empleados agitaban banderitas. Y en el stand de Río Negro se jactaban de haber hecho 10.000 bombones de manzana para dar a conocer sus pequeños placeres. Se cruzaban los payasos con ganas de pintarle la cara a algún chico y el de las banderitas se sinceraba: "Lo que no se venda acá, queda para el mundial ¿no?". Ladraban los perros de la Brigada antiexplosivos del operativo de seguridad presidencial, y los padres hacían cola con sus hijos en los hombros para entrar a la "Provincia de los chicos", un stand en donde pueden meterse –literalmente– en películas que recrean la Revolución de Mayo o sacarse fotos animadas con Saavedra, Moreno, Castelli o con quien elijan.
"Nos libramos de los españoles. ¿Te parece poco? Yo tengo 77 años, vine a vivir algo que se vive sólo una vez", decía Clara, de Caballito. "Me fui a estudiar un doctorado a China y decidí venir especialmente para esta fecha. Es que allá las fiestas están militarizadas; acá la fiesta es popular", decía Karina Fiezzoni, del brazo de sus padres mayores.
La noche y la promesa de los recitales de rock fueron trayendo a los más jóvenes. En los balcones se fueron encendiendo las luces. Y aunque el tráfico era y será hasta el martes una locura, la lluvia nunca llegó y hasta los taxistas, con sus banderitas de plástico, tocaban bocina contentos.


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