Permítanme pensar mal (otra vez). Como quedó demostrado con el paso de los años, en los cincuenta, mientras media argentina brindaba por la nacionalización histórica de los ferrocarriles, los ingleses, sus anteriores dueños, festejaban el hecho de haberse sacado de encima tamaño dolor de cabeza
Hace pocos años, cuando el grupo Marsans estaba a cargo de Aerolíneas, me tocó diseñar una campaña publicitaria que por supuesto jamás pagaron. ¿Su objetivo? Devolverle la confianza al público en la empresa; más o menos parecido a pretender que Jorge Luis Borges se afiliara al justicialismo. El encargado de la operación local era un gallego simpático que amaba los relojes caros y tenía una obsesión: Conseguir que le instalaran el cable en su casa. Al tiempo que la línea aérea de bandera atravesaba una de sus peores crisis, él estaba empeñado en ver los partidos de la liga europea. Eso sí, junto a un señor de prensa que todavía debe estar, iba y venía atendiendo teléfonos que no dejaban de sonar.
No se necesitaba un olfato demasiado fino para adivinar que, ya desguazados los activos importantes y con pérdidas millonarias, el interés hispánico en esa empresa deficitaria estaba decayendo y sólo pretendían sacar algún rédito de su paso por las pampas criollas. Al fin del día todos se cuelgan del estado (argentino).
Me pregunto si no estará ocurriendo algo similar con YPF. Planteada por el oficialismo a manera de epopeya épica digna de San Martín (falta que las damas de la sociedad donen sus joyas y estamos todos), y por los medios opositores cual rimbombante saqueo kirchnerista, me intriga saber si a los “reyes católicos” les quitará el sueño abandonar pozos relativamente agotados, y dejarle la costosa tarea de buscar nuevos yacimientos a los argentinos que, a decir verdad, tardaremos décadas en ponerlos a punto (en el supuesto caso de que decidamos hacerlo). Porque después de todo se le estarían quitando concesiones que ya fueron convenientemente exprimidas en su momento, y sabemos que para el resto del mundo invertir en este país es igual a jugarse el sueldo en el Bingo.
Hoy por hoy, para un español, convencer a sus compatriotas de que Argentina tiene futuro y por eso hay que invertir carradas de plata destinadas a buscar oro negro, debe ser más difícil que contar las múltiples cirugías plásticas de Sarita Montiel. Digo, en una de esas se trata de una salida elegante que sirve de excusa a las dos partes. Por un lado, un gobierno con problemas de liderazgo recientes que necesita desesperadamente su nueva epopeya “evangelizadora”; por otro, una España en caos creciente que antes de depositar sus euros acá, prefiere salir de la mesa de juego con la dignidad del que es echado a patadas, no de aquél que fracasa por ineficiente.
Si los argentos somos unos locos desmadrados que no dejan avanzar y viven poniéndole palos en la rueda a las naciones civilizadas, el costo político de abandonar YPF disminuye de manera rotunda; asumir una gestión fracasada y patética, siempre cuesta el doble.
Si a los ojos de los europeos, el gobierno nacional es un populismo impredecible, la persecución de los culpables (los ibéricos) de semejante fiasco pasa a segundo plano y el perdón queda a la vuelta de la esquina. Desde nuestras frías playas sureñas, tampoco sería redituable afirmar que deben hacerse cargo de “otra” compañía deficitaria porque falló el acuerdo original; mejor ponerlo en términos de conquista gloriosa que salda las cuentas del menemismo. No sería la primera vez que nos duermen con uno de estos cuentos escolares que tanto gustan. Todavía falta un largo trecho por recorrer, y el interés de los medios rabiosamente opositores, que aprovechan cualquier oportunidad de demostrarnos que vamos camino a convertirnos en Venezuela, definitivamente no contribuye a despejar variables y conocer qué está pasando por debajo de la mesa de negociaciones; lugar donde en serio se cocina el caldo. De todas formas, algo huele raro en esta nueva cruzada de liberación hispánica.

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