La situación se refleja con nitidez en las zonas periféricas pero también ataca a sectores como Emilio Mitre y 11 de Julio, que pertenecen al núcleo central del casco urbano. Hay matrimonios con hijos que para vivir disponen de 1.000 pesos por mes, otros que lamentan estar viviendo “de prestado” y algunos confiesan que han llegado a pensar en robar.
Aunque no es nuevo, el escenario sí es más delicado si se lo mide no tanto por la cantidad de las personas que lo padecen como por la calidad de su estilo de vida. Falta de trabajo, “changas” que no cubren el mínimo que requiere una familia tipo para subsistir sin llorar cada vez que se mira el almanaque y el final de mes está lejano, una inflación que azota sin cesar, madres sin techo para vivir junto a sus hijos y carencia de servicios básicos como agua o cloacas conforman una burda combinación que atemoriza.
Aunque no hay cifras exactas de la gente que está atravesando por ese cuadro, los propios ciudadanos que accedieron a charlar con DEMOCRACIA para contar sus historias afirmaron que cada vez son más.
Los reproches, con bronca y con fuerza, apuntan a la Municipalidad de Junín por “promesas incumplidas” e “incapacidad de gestión” para resolver el problema de la oferta laboral. Pero los referentes del kirchnerismo a nivel local –cuyo referente principal es Gustavo Traverso- tampoco se la llevaron de arriba.
Voces llenas de necesidad
Aníbal Fernández vive en calle Puente del Inca al 400, en la frontera entre los barrios Villa del Parque y Lestar Química. Cansado de trabajar de changas, sacude toda su bronca contra el gobierno de Mario Meoni, al que votó dos veces –incluso en las últimas elecciones- y contra el traversismo.
Al gobierno local le reprocha el olvido al que –afirma- tiene sometido al sector. “Tengo repudio contra el municipio, porque me acuerdo que en el año 2007, cuando vinieron antes de las elecciones, nos prometieron luz, gas, agua y todavía no tenemos nada de eso. Lo único que nos dan es la basura que tiran los autos cuando pasan por acá. Tenemos tanto derecho de vivir dignamente como cualquiera. Cuando precisan el voto vienen nomás, cuando nosotros los precisamos a ellos no aparecen”, se quejó.
Respecto de las dificultades monetarias, Fernández expresó que “nos manejamos como podemos. Comemos en cuentagotas, nos vamos manejando con el dinero que va entrando cuando se puede”. Desesperado, enfatizó: “Es imposible vivir así, la estamos pasando muy mal y acá cada cual se defiende como puede. Yo con 1.500 pesos no me arreglo, y en este momento ni siquiera estoy llegando a eso. Genera trastorno, malestar, de todo. Me ha llevado a pensar en robar”, confesó.
Laura Rearte, radicada en el área central de Villa del Parque, empezó puntualizando que “acá necesitamos cloacas, porque tenemos que desagotar el pozo cada quince días”. Más adelante denunció que las empleadas de Bienestar Social no los visitan “desde diciembre” y apuntó que “tampoco tenemos gas natural, pagar una garrafa hoy en día es algo que no podemos por la situación en que estamos”.
Rearte señaló que en su caso, la falta de trabajo originó la división de la familia: “Yo tengo hijos de 18 y 19 años y se fueron para Arenales porque allá hay más posibilidades que acá”.
“Mi marido está sacando un promedio de dos mil pesos por mes. Vivís al límite, más si mandás chicos a la escuela. Vos te ponés a pensar a veces y decís así no podemos vivir. Pero tampoco podemos salir a robar, ¿qué ganaríamos? Y a tus hijos tenés que enseñarles que sean decentes aunque andemos a los tirones. Hay gente que se ve sobrepasada y por ahí actúa de otra manera”, dijo con la voz entrecortada por la amargura.
Sin casa y sin trabajo
Sin filtros, los testimonios recogidos para el armado de esta nota grafican el dolor y la impotencia de vecinos que se sienten desbordados por una realidad que se contrapone con el progreso y el brillo de Junín centro y alrededores.
“Trabajo para los hombres que tienen más de 45 años no hay. Mi marido hace ocho años que está buscando un empleo y está viviendo de changas. Pero ojo que los jovencitos tampoco tienen posibilidades. Mi hijo tiene 24 años, estudia para analista de sistemas y para maestro mayor de obras y donde va a pedir le solicitan referencias. ¿De dónde las va a sacar si nunca trabajó porque no le dieron la chance?”, comentó resignada Silvia Leroy, de La Rufinita.
La incapacidad para acceder al techo propio se integra al cuadro de privaciones que se viven en la ciudad.
“Hay terrenos abandonados en los cuales podrían hacer planes de viviendas. Acá somos muchos los que estamos viviendo de prestado en la casa de los padres, de la suegra, de un amigo”, sugirió una mujer residente en Villa del Parque que fue calificada por los demás como “La Vergonzosa” porque prefirió preservar su identidad.
Un desvelo similar es el de María del Carmen Zapata, del barrio 11 de Julio.
No tiene dónde vivir. “Estoy en lo de un hermano, que yo sé que no me va a sacar de su casa, pero mi preocupación es que el día de mañana mis hijos no van a tener un sitio donde vivir. Hay un montón de gente en la misma situación que yo en el barrio, todos son jornaleros y si alquilan no comen. Cuando no hay plata hay que manguear”, manifestó.
En Emilio Mitre, la joven Liliana Gómez vive en un garaje junto a su esposo y sus dos hijos. Relató que el lugar que están habitando es de los suegros y que “ellos sí o sí necesitan ese espacio, ¿Y dónde voy a ir si nos lo llegan a pedir?”
“He ido mil veces a Bienestar Social y lo único que te dicen es que tenés que llevar un recibo de sueldo de tres mil pesos, pero mi marido no gana esa plata. Encima vas a comprar la leche, los pañales y está todo cada vez más caro. No se puede seguir viviendo así”, expresó la chica de 22 años, mientras el resto asentía con el rostro.



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