Por Julio BlanckElla no tiene la culpa. Esas cosas le pasan, se las hacen. Ella no puede estar en todos los detalles. La culpa debe ser de sus propagandistas, tan ocupados en hacer que la realidad encaje en un formato premoldeado y conveniente, hecho libreto y puesto en escena. Eso que llaman relato.
La más reciente de estas cosas desagradables le sucedió hace diez días. Escena típica: videoconferencia de la Presidenta para congratularse por las obras que se ponen en marcha, o se inauguran, o se vuelven a inaugurar. Un pasito atrás, escoltándola, la corte de funcionarios y adulones de aplauso fácil .
Ese día la conexión fue con General La Madrid, en el sur bonaerense. La gente del pueblo se había reunido en la rotonda La Pérgola y el intendente Juan Carlos Pellitta, del Frente para la Victoria, dispuso “traslado desde el Municipio para quienes no posean movilidad” , según la invitación oficial.
La Presidenta apareció con un collar de ministros alrededor: las sonrisas enyesadas de Abal Medina, Lorenzino y De Vido adornaban la escena. Habló con el intendente, recibió la catarata de almíbar reglamentaria y anunció las obras de rigor. Después la pusieron al habla con “un vecino” . Canchera, ella dijo “adelante vecino, ¿cómo te llamás vecino?, porque tenés que tener un nombre” . El hombre se identificó: Ricardo Antonio Iribarren, tambero. Y pasó a desovillar su propio montón de elogios a la Presidenta, al Gobierno, a lo bien que está el campo.
Todo muy lindo, salvo un pequeño detalle: enseguida se supo que Iribarren era algo más que un vecino tambero. Es también dirigente del kirchnerismo y había sido candidato a concejal en la lista del intendente Pellitta. Digamos que fue una ligera falsificación , de la que sin duda la Presidenta debe haber sido víctima inocente.
Claro que el jueguito no era nuevo.
A comienzos de febrero, cuando recrudecían las protestas contra la megaminería, Cristina encabezó un acto en la Casa Rosada donde pidió “un debate responsable y serio” sobre la cuestión.
En la videoconferencia del día, prolijamente televisada, la conectaron con Olavarría, donde se inauguraba una fábrica de cemento. Después del anuncio de inversiones la Presidenta pidió hablar con un obrero de la empresa. Ahí le pusieron a un supuesto espontáneo. Un tal Antonio, ropa de trabajo y casco amarillo, que defendió la actividad minera.
“Queremos trabajar en paz y no que cuatro o cinco seudo ambientalistas nos corten la ruta”, dijo y lo taparon de aplausos.
“Antonio, vos no sos dirigente político, sos un trabajador que defiende su lugar de trabajo” le soltó ahí nomás la Presidenta con su énfasis habitual.
Pero resulta que el tal Antonio en realidad es Armando Domínguez, de la conducción del sindicato minero y dirigente del peronismo en Olavarría. Cuando se conoció la pobre tramoya, admitió que la empresa lo había designado para hablar con la Presidenta y aseguró que no hubo montaje político en su actuación. Todo muy bien, pero otra falsificación de la espontaneidad de la cual Cristina, queremos creer, no sabía nada de nada.
La verdad es que los muchachos de la central de propaganda CFK venían engolosinados. Habían ensayado el mismo engaño en el final de la campaña de octubre. En un aviso apareció Cecilia Mendive, una meritoria científica, presentada como si fuera una emigrada a Alemania por la crisis de 2002 y vuelta al país gracias al programa Raíces, que permitió repatriar a centenares de científicos. Incluso subió al escenario con Cristina en el cierre de campaña, junto a otros protagonistas desconocidos de historias mostradas como ejemplo del cambio positivo del país.
Enseguida se supo, porque todo se sabe, que Mendive, especialista en química, no se había ido en 2002 sino en 2007, al ganar una beca. En esos años fue becaria del Conicet. Después viajó a Alemania, hizo un doctorado en la Universidad de San Martín y otro en la de Hannover.
Entrevistada una vez descubierta la leve impostura , admitió haber discutido con los publicistas acerca del malentendido que se provocaba como efecto propagandístico, aunque igual aceptó hacer el aviso.
En fin, una nueva zancadilla a la credulidad de la Presidenta.
Insistimos: no puede haber otra posibilidad que sostener la presunción de inocencia de Cristina en estos enjuagues un tanto bochornosos. Porque si ella no fue inocente ¿ qué fue?

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