Lo extraño hubiera sido ver a Menem condenado

Por Adrián Ventura

Es imposible imaginarse la Justicia como algo ajeno a la política. Hacerlo sería un acto de ingenuidad y Menem no es ingenuo. Por eso, su absolución no lo sorprendió.

El veredicto indignó a un pequeño sector de especialistas que cree que el contrabando estaba probado y Menem debía ser condenado por ese delito. También produjo otra cuota de mal humor en otro sector algo más amplio de personas que entendía que había llegado la hora de culpar a Menem por todos los casos de corrupción que protagonizó. Pero la amplia mayoría de la población, tal vez, daba por descontado que Menem iría a la cárcel.

Hay algunos datos que permiten entender el fallo:

Menem no era juzgado por corrupción, sino por contrabando. Y, en 2001, además, la Corte había resuelto que tampoco cabía imputarle la acusación por asociación ilícita. Así, al fiscal Mariano Borinsky sólo le restaba imputarle el delito de contrabando, del que Menem podría escabullirse con sólo decir el sencillo trámite de decir que él, como presidente, había confiado el cumplimiento de los decretos en los mandos inferiores de su gestión. No es asombroso que Menem haya sido absuelto. Lo que sí es extraño es que ningún subordinado fue hallado culpable de haber desviado las armas, algo que sí estaba acreditado.

La Justicia demoró 16 años en llegar a un veredicto: aplicó la "cronoterapia", la estrategia de dejar macerar un caso a lo largo de los años hasta que llega el momento justo para resolverlo.

Durante los primeros años, parecía que se iba a diluir la acusación, pero nadie se animaba a cerrar la causa porque hubiera producido un fuerte impacto mediático. Luego, en 2001, el entonces juez federal Jorge Urso la impulsó. Y durante el gobierno de Néstor Kirchner, la acusación cobró vuelo. Parecía entonces que la estrategia de dilatar el juicio jugaba en contra. Pero después de la derrota del kirchnerismo en las elecciones legislativas, Menem se volvió un aliado importante del Gobierno. La cronoterapia había mostrado su eficacia política: absolver ahora a Menem, ya entrado en años y políticamente inofensivo, no tendría un costo político significativo.

Hubo otro despropósito: el juicio fue asignado a un tribunal con dos jueces que, hace tres años, eran subrogantes (suplentes). La Presidenta confirmó a uno de ellos en 2010 y, al otro, hace pocos días. ¿Tenían espacio para dictar otro fallo?

A lo sumo, la absolución de Menem podría irritar al público o generar alguna decepción. Pero el Gobierno sabe que eso no le resta votos. Lo extraño hubiera sido que Menem terminara condenado.

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