Por: Carlos Pagni.Consignar el suceso que alcanzó De no creer, la columna de Carlos M. Reymundo Roberts en La Nacion, es una obviedad. Y las razones de ese éxito no son misteriosas. Son las que están detrás de todo logro periodístico: sensibilidad especial para capturar el clima de una época y modulación literaria eficaz para comunicar esa percepción.
En ese avance, los textos van ganando en audacia y no sólo porque se vuelven más divertidos. La señora del micrófono es la nota fundadora. Describe un acto público de CFK formulando una hipótesis imposible de verificar: registra las impresiones que circulan por la cabeza de los asistentes, desde Scioli y Pampuro hasta la muchedumbre presente. El paso siguiente, Sueños perturbadores en la era Kirchner, va de lo conjetural a lo onírico. Roberts da cuenta de cómo se es oficialista y cómo se es opositor a partir de dos sueños que, finge, le ocurrieron a él. Esta transición se completa cuando las columnas ingresan sin inhibiciones en la ficción. El primer relato de este nuevo tipo es Una picante noche en la alcoba de Olivos. En él, Cristina y Néstor Kirchner intercambian reproches sobre una crisis que el Gobierno arrastra desde el conflicto con el campo. Es un texto llamativo por lo teatral, tan realista que convenció a muchos lectores de que trataba sobre hechos verdaderos. Lo curioso es que lo eran. En rigor, comenzaron a serlo cuando Sandra Russo publicó La Presidenta, donde CFK revela una discusión con su esposo que parece una copia de la que había salido de la cabeza de Roberts más de un año antes.
La relación entre verdad y narración ha planteado problemas interesantísimos, tanto a la teoría literaria como a la de la historia. Gracias a esas reflexiones sabemos que la ficción puede convertirse en un instrumento inigualable de indagación de la realidad.
Si se lee el inventario de anomalías que se publica bajo el título de Un país para morirse de risa, se accederá a lo que hay en De no creer de búsqueda y hallazgo de nosotros mismos. Se advertirá que es todo el elenco el que parece haber caído en el absurdo.



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