Un experto en eludir el debate central de la economía

Por Carlos Pagni

Amado Boudou faltó ayer por la mañana al Senado con la excusa de que acababa de aterrizar en Ezeiza. Fue un pretexto trivial. El ya sabía, cuando acordó el encuentro, la hora de llegada de su vuelo. Y el avión no se demoró.

El problema fue otro, y quedó al descubierto por la tarde, cuando Boudou visitó las comisiones de Presupuesto y Hacienda y de Finanzas de la Cámara de Diputados. Allí propuso hablar de la negociación con los holdouts -cuyos términos todavía se desconocen-, de la asignación universal por hijo y de la relación con las provincias. La oposición, sin embargo, lo había convocado para discutir de nuevo el presupuesto, ya que la evolución de los precios lo volvió obsoleto. Era de lo que pensaban hablar, también, los frustrados senadores.

Así no se trata a las visitas. Boudou tiene prohibido decir "inflación". O "deneús", el último hallazgo de la neolengua parlamentaria. A pesar de esa autocensura, la escalada inflacionaria promete convertirse en el peor corrosivo de la solidez del Gobierno. Los analistas privados estiman que este año tocará el 25%, y que el próximo llegará al 35%. Sin duda será el gran tema de la próxima campaña presidencial. Esto explica que en el corazón de Olivos evalúen adelantar las elecciones internas fijadas, por ley, para agosto de 2011.

El esposo de la Presidenta no ha resuelto su dilema. Cree que la oposición va a llegar muy desgastada a esa fecha. Pero, como teme que semejante lapso garantice también la descomposición de la economía, fantasea con adelantar los comicios a marzo o mayo. Como debería modificar la legislación, tendría que acordar con los diputados de la centroizquierda, a quienes les devolverían los dos artículos de la reforma política vetados por la Casa Rosada. Más allá de los detalles, es increíble que Kirchner siga confiando en las martingalas del almanaque después de la lección que recibió el 28 de junio pasado.

Otro ropaje

A pesar de que es una vieja conocida de los argentinos, esta vez la inflación vuelve con otro ropaje. Ya no se trata, como la de fines de los años ´80, de una hiperinflación. Ahora la rareza no está en el volumen, sino en que la Argentina es uno de los pocos países que la padecen. Comparte esta enfermedad, como tantas otras, con Venezuela, que alcanzará este año el 42%. En cambio, en Perú será del 1%, en Chile del 3,4 y en Brasil del 4,5.

Otra característica de esta nueva inflación es que no se deja medir. Por lo tanto, las expectativas se disparan, por las dudas. Guillermo Moreno arruinó el Indec.

La oposición se lo recordó ayer a Boudou, pero él huyó del tema. Ayer lo obligaron a sostener que "no hay inflación, sino tensiones en los precios". Salió a corregirlo Hugo Moyano, cuyo humor es el termómetro político de este problema. "No sé qué habrá querido decir, porque la inflación la percibimos todos los días en el supermercado", dijo el camionero.

La negación es otro tic bolivariano: Hugo Chávez también comenzó a despotricar contra su centro de cómputos.

Sin embargo, la innovación más importante del nuevo ciclo inflacionario radica en las categorías conceptuales con que la política ha decidido abordarlo. La impugnación al descalabro alfonsinista provenía de la derecha liberal-conservadora que tenía a Alvaro Alsogaray como sumo sacerdote.

En cambio los Kirchner deben soportar que la demanda llegue desde la izquierda. El principal reproche que se les hace es que, por la inflación, su Gobierno es una fábrica de pobres. La vinculación entre descontrol inflacionario y aumento de la marginalidad tiene un enorme atractivo electoral, ya que permite hostigar al oficialismo desde la reivindicación social, pero con argumentos impecables para la técnica económica.

Cristina Kirchner y su esposo discuten con "los neoliberales que pretenden imponer las recetas de ajuste de los años ?90". Como boxeadores ciegos, tiran golpes al vacío. Porque el "Consenso de Washington" se bajó del ring y dejó a una oposición que, sea con Alfonso Prat-Gay o con Claudio Lozano, les hace notar que el ajuste lo están realizando ellos al deteriorar el poder adquisitivo de los sectores de ingresos fijos.

Esta reconciliación entre progresismo social y corrección económica reproduce, al cabo de un siglo, los argumentos de aquel socialismo que abogaba por el libre cambio porque, como decía Juan B. Justo y recuerda a menudo René Balestra, "estamos para defender el nivel de vida del pueblo trabajador". No hace falta consignar el salto modernizador que supondría para la Argentina esta interpretación no populista de la justicia social.

Boudou eludió ayer este debate y se blindó detrás del canje de deuda. Esa operación es la única en la que Kirchner le ha permitido una participación relevante. Para el ministro es un paso crucial del supuesto regreso al financiamiento voluntario. Son pocos los expertos que creen en esa secuencia. Si la Argentina no accede al mercado es porque el Gobierno demolió la institucionalidad de la economía: desde la independencia del Banco Central hasta la calidad de las estadísticas.

Por ahora el canje sólo alcanza para cerrar un viejo expediente judicial. El resto del mérito es político. Como explican interlocutores habituales de la Presidenta, "ella necesita del acuerdo para regresar al G-20 sin la mancha del default; además, podrá ufanarse de haberlo hecho sin la participación del Fondo".

La estrategia de Boudou tiene una ventaja: todavía no se conocen los términos de la transacción. Si se confirman las presunciones del mercado, es posible que el Gobierno también reciba objeciones desde la izquierda. Sobre todo si se van a reconocer los intereses caídos desde 2005 con un título atado al crecimiento y si, en la suma total, el bonista que ingresa ahora a la reestructuración se lleva más que el que lo hizo hace cinco años.

El Congreso dispuso que, si se demuestra esta conveniencia para quienes se resistieron a negociar, la nueva reestructuración deberá pasar por las cámaras. En tal caso, Boudou deberá encontrar otra excusa para no hablar de la inflación.

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