Exaltación y militancia

Por: Jorge Fontevecchia.

Quizás el espíritu navideño me haga condensar todo, pero el árbol de Navidad de la Plaza de Mayo quemado por quienes fueron a recordar a las víctimas de diciembre de 2001 se me impone como síntesis del exceso de exaltación que nos atraviesa.

El suicidio de Heyn, tanto sea como fin o como consecuencia de un accidente, es otro ejemplo de los abusos de pasión autodestructiva. La propia Presidenta cuando habla transmite una exaltación siempre al borde de cruzar la frontera de la afección. La fogosidad militante invade casi todo. Y esta semana, con el allanamiento a Cablevisión con la Gendarmería y la sanción de la ley sobre Papel Prensa, se contagió de fanatismo ciego a los medios de comunicación, que volvieron como en la 125 o la sanción de la Ley de Medios a una efervescencia desproporcionada.

La tapa blanca de Clarín del domingo pasado citando un artículo de la Constitución lució exagerada. Más inflamadas lucieron las dos tapas blancas del diario Tiempo, del lunes y de ayer, viernes. La Nación llevó a la tapa el enardecimiento que habitualmente reserva para sus editoriales o temas que afectan a la religión. Y Página/12 puso de manifiesto su fervor oficialista.

El día posterior al suicidio de Heyn podría quedar como ejemplo paradójico para las escuelas de periodismo. Un subsecretario de Estado se quitó la vida integrando la comitiva presidencial en una reunión con seis presidentes y donde la Argentina asumía la conducción de un organismo internacional. Pero para Clarín el tema principal de tapa fue el allanamiento de Cablevisión y para Tiempo lo fue Papel Prensa.

Clarín y Tiempo comparten ímpetu y conforman los extremos del arco de diarios respecto de la furia expresiva. A la vez, La Nación y Página/12 comparten exasperación ideológica. Pero ya sea por la forma o por el fondo, por conveniencia o por ideología, o por una combinación de ambas, la excitación alteró especialmente a los diarios esta semana.

También TN volvió a sus superadas épocas de la Ley de Medios transmitiendo el allanamiento a Cablevisión como si se tratara de un hecho de conmoción nacional. Y la aprobación de la ley que afecta a Papel Prensa, también, como si fuera una reforma constitucional.

La Presidenta no se quedó atrás con el uso de la cadena nacional y la repetición de sus discursos por los medios afines. Inaugurando instalaciones de interés municipal, habla y habla al país como si fuera Churchill en la Segunda Guerra Mundial.

Hay una demasía en las palabras de la Presidenta que trasciende el significado de la suma de ellas. Aun estando de acuerdo con lo que dice, la forma en que lo expresa transmite una efervescencia que induce a temer actuación o patología.

La locura fue siempre protagonista de la historia contemporánea del poder en la Argentina. Entre nuestros gobernantes sobran ejemplos de megalomanía, autismo, pensamiento delirante, paranoia y casi todo el manual de diagnóstico de trastornos psicológicos encuentra aplicación en nuestros diferentes presidentes y sus principales colaboradores. Cierto grado de locura parece ser un componente necesario para el ejercicio del poder, pero en la Argentina el grado demandado parece ser muy alto.

Pero ese carácter de la política argentina, que es bien anterior al kirchnerismo, se trasladó ahora a los medios de comunicación y a varios periodistas desquiciados por un rapto afiebrado de finalismo. Todo lo que sucede parece ser terminal.

En cada ley, en cada intervención, en cada discurso pareciera estar jugándose el destino de la patria y que las partes en tensión se ven obligadas a echar el resto de sus fuerzas porque les va la vida en ello.

El periodismo precisa recuperarse a sí mismo y no dejarse arrastrar por la política. La militancia o la contramilitancia son actividades ajenas al periodismo. Y la política debería controlar su euforia para no morir de éxtasis.

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