Un par de breves papeles le valieron a Norma Jeane para imponer su sello. De una belleza y actitud, entre inocente y sensual, Marilyn conquistó al mundo desde Hollywood y se convirtió en una figura ícono de las actrices de su época.
Gustavo J. Castagna
Pobre Marilyn, si hasta tuvo dos nombres diferentes a poco tiempo de nacer, el original de Norma Jeane Mortenson, aquel del 1 de junio de 1926, luego bautizado como Norma Jeane Baker. Pobre Marilyn. Nunca conoció a su padre, su madre la entregó en adopción, fue destinada a orfanatos y obligada a casarse a los 16 años con un vecino, un tal James Dougherty, en una unión civil que pretendió disimular y olvidar los abusos sexuales que padeció de niña. Pero a Marilyn Monroe, todavía sin su nombre de batalla, no le interesaba el rol de esposa sumisa que espera al marido que se fue a combatir durante la Segunda Guerra Mundial. De allí su decisión a ingresar en el mundo de las modelos de la época, las chicas de tapa de revistas y avisos gráficos que vendían algún esmalte de uñas o un producto para el pelo. Hollywood ya estaba más cerca y el divorcio con el vecino belicista no esperó demasiado, tampoco los primeros contratos en productoras clase A (20º Century Fox; Columbia Pictures) que le conceden sus primeros roles, aun como figurante o a través de esporádicas apariciones en films descartables. El nuevo color de pelo la favorece, también el cambio de su nombre: Jeane Baker es el pasado y el presente arrollador, de allí en más, ostenta las dos iniciales que harán historia dentro del cine: MM o Marilyn Monroe o, simplemente, Marilyn.
A comienzos de los '50, Hollywood necesita otra clase de actrices, más cercanas, carne fresca en la definición vulgar. Lejos estaban las divas que imponían respeto y hasta una dudosa femineidad (Bette Davis, Katherine Hepburn, Joan Crawford), o aquellas que impactaban por su belleza etérea (Grace Kelly, Ava Gardner). La guerra había terminado, las bombas atómicas habían destruido Hiroshima y Nagasaki y el presidente Roosevelt declaraba el fin de la inocencia. Hollywood se da cuenta del cambio y propone dos modelos antagónicos de mujer: la que encarna la rubia Doris Day, la chica de al lado que todos desean junto a una torta de frutillas con crema, y la imagen sensual e inocente que personifica Marilyn. La guerra era el pasado y la rubia de póster y almanaque quedaba atrás, o sobrevivía en el recuerdo de miles de soldados que durmieron abrazados a la revista que mostraba la doble página central con el desnudo completo.
Marilyn impone respeto actoral en un par de breves papeles (Mientras la ciudad duerme de John Huston; La malvada de Joseph Mankiewicz) y quiere aprovechar su momento, tal vez sospechando los problemas que vendrán más adelante. Es su oportunidad y también la ocasión para estudiar teatro, filmar publicidades, concurrir a eventos, conocer gente. Se siente seducida, lo desea y se casa con Joe Di Maggio, celebridad del béisbol y tótem del deporte en los Estados Unidos. Gran año el de 1953 para Marilyn: casamiento y confirmación como estrella a través de tres películas.
El film noir Niagara con Joseph Cotten, la comedia sofisticada Cómo pescar a un millonario junto a Lauren Bacall y Betty Grable y el musical Los caballeros las prefieren rubias, donde comparte roles estelares con Jane Russell, antítesis de la inocencia que caracterizaba a la ya diva platinada. Las tres películas se imponen desde la figura de Marilyn y su arrolladora presencia, donde conviven la sensualidad y la inocencia. Pero en el número musical "Diamonds are a girl's best friends" de Los caballeros…, se abren las puertas al mito. Todos hablan de ella, ya convertida en un ícono del cine con su vestido rosa, rodeada de bailarines de smoking y de corazones de cartón. Pero ella duplica la apuesta y gobierna los mejores momentos de La comezón del séptimo año, interpretando a la blonda vecina del "americano medio" que encarna Tony Randall, bajo la dirección de Billy Wilder. La chica de comedias ingenuas ya trastoca en la mujer que seduce a miles de espectadores, que también se ven sorprendidos por la autoexigencia que Marilyn impone a sus personajes. Autoexigencia que la lleva a inscribirse en el Actor’s Stuido, donde Lee Strasberg, uno de sus fundadores, la recibe con placer, pero también soporta sus tardías llegadas a las clases. En esa catedral que manifiesta una nueva manera de actuar, vía memoria emotiva y método Stanislavsky, Marilyn conoce a Marlon Brando y Montgomery Clift, compañeros de estudios y escenarios, tan autodestructivos como ella.
Todo sucede muy rápido en su vida y hasta llega la posibilidad de fundar una productora. Un viaje por Europa la acerca a un divo intocable de la escuela británica, Sir Laurence Olivier, quien la dirige y comparte el protagónico en El príncipe y la corista, donde la actriz vence al engreído y egocéntrico británico. Obviamente que la relación entre ambos no es nada feliz, como tampoco sería el duelo actoral con Ives Montand en El millonario y la dama, del director de "mujeres" George Cukor, donde la prensa fusiona lo público y privado, informando del "prohibido" romance entre ambos durante el rodaje. Pero Montand la abandona y retorna a París para disculparse con su esposa, la actriz Simone Signoret.
La inestabilidad física y emocional de Marilyn empieza a ocupar las primeras planas. El divorcio de Di Maggio traería al nuevo educador sentimental y cultural, el ya afamado Arthur Miller. También surgirían las primeras internaciones por excesos con el alcohol y calmantes de diversos miligramos. Marilyn sigue siendo la chica deseada, pero sus tardanzas a los rodajes ya no provocan simpatía. En medio de los films con Olivier y Montand, construye uno de sus grandes papeles: la soñadora Sugar que busca a un millonario que la haga feliz de por vida en esa obra maestra de cualquier época llamada Una Eva y dos Adanes, otra vez con el cínico Wilder detrás de las cámaras. Historia de travestismos y disfraces, con los extraordinarios Jack Lemmon y Tony Curtis, la comedia tiene a ese ángel perdedor y solitario que encarna Marilyn, quien empieza a pedir ayuda a través de la ficción. Sugar es uno de sus grandes papeles, la confirmación de que se está frente a una de las mejores actrices del género y, por si fuera poco, ante una voz sin demasiados matices pero sensual y transparente como pocas. En estos años de deterioro físico, Marilyn confirma que, además, es una cantante más que interesante.
El camino fácil sería echarle todas las culpas a Arthur Miller ya que la pareja duró poco y nada. Pero ocurre que Marilyn, ya en los inicios de la nueva década, se convierte en una persona difícil de manejar. La fama la había alcanzado, también la admiración del público. Pero Marilyn, como más de una vez sostuvo, siempre se sintió sola, aun cuando su figura aparecía en los medios de prensa que elogiaban sus virtudes actorales. Lo público y privado se convierten en comentario cotidiano en la última etapa de su vida, más aun cuando aparece la familia Kennedy en su ya atolondrada existencia. El director y actor John Huston la requiere para Los inadaptados, con guión original de Miller, ya separado de la diva. En efecto, la película será catalogada como un título "maldito" de la historia del cine, ya que en su reparto figuran Clark Gable (quien moriría a los pocos meses), Monty Clift (autodestructivo como siempre y a pocos meses de sufrir un accidente que le arruinaría el rostro) y la frágil Marilyn, quien personificó a Rosyln, una mujer que sólo pide ayuda, afectos, alguien que la escuche y comprenda sus pesares. Miller escribió el texto para Rosyln pensando en Marilyn, en aquella mujer que había amado y que ya estaba otra vez sin nadie al lado, rogando que alguien le preste atención a su soledad. Otras internaciones psiquiátricas conviven con una película no terminada de la que sólo sobreviven 34 minutos (Something’s got to give) y con el famoso "Happy Birthday, Mr. President", que el 19 de mayo le canta a John Kennedy. La voz de Marilyn suena sensual y cristalina como siempre, pero también sospechosa debido a sus declinaciones públicas y privadas. Es una voz que transmite seducción, pero también flaqueza, dolor, quiebre emocional.
Cuando el 5 de agosto a la madrugada su psiquiatra personal ingresa a la habitación de Marilyn y la encuentra desnuda en la cama rodeada de pastillas para conciliar el sueño, el mito de la sensualidad cinematográfica se materializa en forma definitiva. Treinta y seis años intensos de victorias y derrotas, una vida recorrida a mil por hora, una diva, una actriz, una cantante, el deseo y la sexualidad a flor de piel. Pero nadie escuchó sus pedidos de socorro. Sólo ella y nada más que ella junto a sus dudas e incertidumbres, como siempre había ocurrido, mucho tiempo antes de que empezara a llamarse Marilyn Monroe. «
{Frases}
El sexo forma parte de la naturaleza. Y yo me llevo de maravilla con la naturaleza.
La carrera se hace en público, el talento en la vida privada.
Un símbolo sexual es una cosa. Pero si voy a ser el símbolo de algo prefiero que sea del sexo. Quitemos lo de símbolo.
¿Qué tan bueno es ser Marilyn Monroe? ¿Por qué no puedo simplemente ser una mujer normal? Una mujer que puede tener una familia... Me conformaría con un solo bebé.
El hombre tiene que estimular el ánimo y el espíritu de la mujer para hacer el sexo interesante. El verdadero amante es el hombre que la emociona al tocarle la cabeza, al sonreír o mirarla a los ojos.
Yo sé que pertenezco al público y al mundo, no porque tenga talento o belleza, sino porque nunca pertenecí a nadie.
Quiero llegar a vieja sin liftings.
Soy un fracaso como mujer. Mis hombres esperan mucho de mí por la imagen de símbolo sexual.
Es muy bueno tener un presidente tan joven y bien parecido como John Kennedy.
Montgomery Clift es la única persona que sabe que está en peores condiciones que yo.
Arthur Miller no se hubiera casado conmigo si hubiera sido nada más que una rubia tonta.
fuente de inspiración en el arte
En varias oportunidades, Marilyn fue personificada en imágenes. Stephanie Anderson la encarnó en La chica del calendario (1993) y dos años después Mira Sorvino y Ashley Judd se desdoblaron como Marilyn y Norma Jean Baker en Norma Jean and Marilyn, el antes y el después del mito. Sin dudas, la reciente Mi semana con Marilyn impuso a la mejor reencarnación hasta el momento, a cargo de Michelle Williams. En cuanto a la música se recuerda el número central de Los caballeros las prefieren rubias, a través de la metamorfosis de Madonna en una entrega del Oscar, el tema "Candle in the Wind" de Elton John dedicado a la diva y la canción Marilyn Monroe con las voces de Ana Belén y Víctor Manuel. Charly García, en los años de La máquina de hacer pájaros, compuso el melancólico "Marilyn, la cenicienta y las mujeres", que en sus tonalidades anuncia el estilo del inmediato Seru Giran.

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