El oficialismo se enfrenta a dos escenarios distintos: por un lado, fogonea a intendentes aliados y propone un doble juego en sus distritos. Frente a los llamados “traidores”, en cambio, busca limar el poder territorial impulsando candidatos propios
En el caso del vecinalismo, ésta asoma como una fuerza cuyo poder se respalda en los números. Los distritos donde mandan fuerzas locales suman 1.8 millones de electores en el padrón provincial, un número para nada despreciable, mucho menos ante las ajustadas cifras que se vislumbran para la contienda de 2011.
El FpV tiene dos escenarios bien disímiles. Por un lado, un grupo de intendentes “aliados” que, enrolados en fuerzas vecinalistas tienen un control aceitado de sus distritos. Es el caso de San Martín, Vicente López, Bahía Blanca y otros. Allí se impone un doble juego: por un lado dar “luz verde” para armados locales y, por otro, explorar posibles candidatos para el caso de que la oferta vecinalista no convenza.
En Mar del Plata, por ejemplo, apaña a Pulti con obra pública aunque piensa en Amado Bodou como posible candidato. En Vicente López, arma el Vial Costero con el “Japonés García”, pero le prueba el traje a Guido Lorenzino; y Dámaso Larraburu pisandole los talones a Cristian Breitestein.
En el caso de los llamados “traidores”, como Bruera, el FpV piensa en otras figuras que puedan erosionar la figura del platense, al que invitó recientemente a competir en la interna. Guillermo Justo Chávez es el elegido. Chávez, que maneja el Instituto Nacional de Capacitación Política, dentro de la órbita del Ministerio del Interior, ya compitió contra Bruera en 2007 y es pariente de Felipe Solá.
Queda claro, a través de lo expuesto, que las estrategias con el vecinalismo también tienen sus complicaciones.



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