Las personas que viven de la basura no dan la mano como el resto. Evitan el apretón. Por hurgar, sus dedos y palmas están con polvo, grasa, hollín y tierra. “No, no lo quiero ensuciar”, advierte uno de ellos.
Luis saca las manos del bolsillo. Tiene una herida. No se la curó porque asegura que ya está acostumbrado. En esta oportunidad se cortó con unas latas al abrir una bolsa. El salteño también vende el kilo de chatarra por monedas. Se queja porque dan “migajas” por el cartón.
Julio entiende de heridas por “cirujear”. No demora en abrir sus manos. La cruzan líneas profundas.
“Se me enterró el gancho, hasta basura me entró. Los otros tajos me los hice con vidrios. Ahora pagan un centavo por kilo ”, relató Julio (63).
El hombre lleva 25 años entre la basura. Antes trabajaba en la construcción. Con el cobre, el metal y los demás residuos junta hasta $1.500 por mes. Con eso y otras changas mantiene a sus nueve hijos y colabora con su padre, un jubilado de 90 años.
Por las noches, recorre los restaurantes para recibir sobras. “Es una fuente de trabajo. No tiene nada que ver con los picheros”, aclara.
Entre los trabajadores hay códigos. Luis explicó: “Si hay otra persona en un contenedor, no podés meterte. Es un respeto que se tiene”.
Comentá la nota