Por Héctor GambiniEl ministro Alak llevó al Congreso tres verdades irrefutables, un manojo de omisiones y números viejos. La primera verdad es que la Argentina no es, ni por asomo, el país con mayor inseguridad en América Latina. La segunda es que, como dijo, los problemas estructurales del delito se solucionan con “la aplicación de políticas sociales”.
Para sostener que los delitos bajaron durante los años del kirchnerismo, Alak argumentó que los homicidios dolosos disminuyeron un 37% en 2008 con respecto a 2002. Ese año fue especial: con la crisis social y económica, todas las cifras del delito –incluídos los crímenes– se dispararon.
Los asesinatos fueron menos después, con Kirchner, pero también habían sido menos antes, en los años de Menem .
De todos modos, no son los homicidios los que reflejan exactamente la inseguridad : 8 de cada 10 asesinos son esposos, padres, novios o vecinos que matan por cuestiones ajenas a robos y asaltos . Medido así, no existiría el hombre al que anteayer motochorros le arrebataron la plata del seguro que había cobrado de su segunda camioneta robada. Lo asaltaron tres veces, pero no encuadraría en la inseguridad porque no lo mataron.
Los números “nuevos” que presentó el ministro corresponden a 2008. Obviamente, Carolina Píparo no está en esas cifras y las marchas de vecinos que ahora mismo piden Justicia en el conurbano son por delitos de los que nos enteraremos oficialmente, con suerte, a fines de 2012.
Queda un ejercicio de cruce de datos. Si desde 2002 los delitos vienen en baja y el Gobierno culpa a los jueces por liberar sospechosos rápidamente, es obvio que debe haber menos presos.
Menos delitos y menos detenidos es igual a menos presos.
Pero la política no se lleva bien con la lógica: de 2002 a 2007 (última cifra oficial difundida) los presos crecieron un 13% en las cárceles argentinas .


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