Según el presidente del BID, que visitó Tucumán, el período de debilidad que padecen las grandes potencias económicas puede ser una oportunidad para que las naciones latinoamericanas fortalezcan el consumo interno regional para capear la tormenta. Un lugar de poder.
-Muchos expertos afirman que la crisis que se vive ahora es muy distinta a la debacle financiera global de 2008...
-La crisis de aquel año se focalizaba en los grandes bancos y, en alguna medida, ahora se trasladó a las deudas soberanas. Vemos cómo están sufriendo países como Grecia, Irlanda o Portugal y ahora España e Italia. También se observó la discusión por el techo de la deuda de Estados Unidos. Y, si algo aprendimos en América latina, fueron de las crisis. Aprendimos que cuando los mercados reaccionan, los países deben sobreaccionar con el fin de producir más confianza. Y vimos que en Europa hubo incapacidad para generar respuestas que tranquilicen a los mercados. En los siguientes meses vamos a ver espacios de tensiones, como los ánimos alterados que estamos percibiendo hoy (por ayer) en los mercados mundiales. Pero, al final, no se puede juzgar al mercado por uno o dos días.
-¿Qué es lo que está generando tanta volatilidad?
-Las reacciones obedecen a múltiples situaciones. Vemos problemas de desempleo en las grandes economías y no hay duda de que esto repercute en el consumo. Y, así, la siguiente reacción es la desaceleración económica de los Estados Unidos, porque el 70% de su actividad depende del consumo.
-Y qué sucede con el resto...
-Los datos de crecimiento de Europa no son buenos. La desaceleración no es una buena señal. No hay duda de que habrá algo de impacto en los países latinoamericanos, porque los motores de la economía tradicional están en occidente. Todo dependerá si hay o no recesión y ver cómo puede afectar la demanda de productos básicos como la soja sudamericana. Ahora si la economía de China se mantiene y los países asiáticos siguen con los actuales niveles de crecimiento, los efectos para América latina no serían pronunciados. Pero, en suma, algo de crecimiento puede llegar a costarnos esta crisis que vivimos.
-¿Cómo puede armarse una suerte de blindaje regional?
-Si profundizamos nuestra integración, le daremos más impulso al mercado interno. Y esa puede ser la mejor defensa, ya que se volverá una protección natural. Esta será la década para América latina. Una oportunidad para ganar, para crecer con inclusión y cerrar tantas brechas del pasado.
-¿Qué podemos esperar de la economía global?
-Estamos viviendo un momento fascinante. Si tomamos en cuenta que en los próximos 15 años, el 68% del crecimiento de la economía mundial provendrá de los países emergentes, creo que estaremos a las puertas de un gran cambio en el mundo, hacia una nueva concepción del poder. América latina debe aspirar a tener una más voz importante en el mundo. Y creo que en los próximos años la región va a ser más parte de la solución que del problema. Tenemos que mirar hacia el futuro y articular políticas de largo plazo.
-¿El BID seguirá apostando hacia el fortalecimiento del Norte Grande argentino?
-Además del anillo energético NOA-NEA, muchos kilómetros de caminos se están ejecutando con fondos del BID. Hemos invertido en esta región unos U$S 2.500 millones para todo el programa. Y ahora estamos próximos a lanzar una tercera etapa del Programa de Servicios Agrícolas Provinciales (Prosap) por U$S 400 millones, que también beneficiará a esta zona. Diría que este es el tipo de inversiones que nos gusta hacer, el que le mejora la calidad de vida a la población. Creemos que nuestro trabajo en la Argentina seguirá pasando por el Norte Grande. Es nuestro deseo y también del Gobierno argentino. Nuestras políticas se concentrarán en la región y en el anillo bonaerense, donde se concentran los problemas de pobreza y la juventud en riesgo.

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