Argentina jugó un partidazo y logró en Mendoza un histórico empate en 16 contra Sudáfrica. El equipo, que arañó el triunfo, ya se ganó el respeto en el hemisferio.
Tardaron diez minutos en aparecer los primeros puntos, y a los 16 Los Pumas ya habían generado en juego todo lo que no habían hecho hasta acá, desde el Mundial.
Y el try, esa cosa esquiva en el seleccionado, llegó de la mano de Santiago Fernández como resultado de esas jugadas que se ven sólo de tanto en tanto en el equipo albiceleste.
Recuperación, patada de Sudáfrica al fondo, contraataque con Camacho y después, Guiñazú profundo, varias fases más y la aparición de el ex hombre de Hindú zambulléndose en el ingoal.
Sin dudas, esos veinte minutos iniciales del primer tiempo fueron de lo mejor de Los Pumas en el ciclo de Santiago Phelan. Los primeros cuarenta lo fueron, y no se exagera ni se falta a la verdad. Con el tackle y la defensa como grandes estandartes, sin cometer tantos penales (sólo cinco en los primeros cuarenta minutos, algo que para Los Pumas tiene visos de proeza), lo de los argentinos fue verdaderamente soberbio.
Habría que recordar que Juan Martín Hernández, el crack argentino, esa carta Puma ausente durante años, también se había quedado afuera de este partido tras el debut por un desgarro. Su reemplazante, Nicolás Sánchez, un jovencito tucumano surgido de los Pampas XV que ahora juega en Francia y al que nadie tenía en cuenta o que a lo sumo era una incógnita, rindió de manera excelente en esa etapa inicial. Tackle, buena decisión a la hora de lanzar jugadas; no le pesó para nada el debut con esa camiseta número diez.
Otro que tuvo un excelente primer tiempo fue el hooker mendocino Eusebio Guiñazú, curiosamente también reemplazante del lastimado Agustín Creevy desde el inicio de este torneo. Aportó su enorme seguridad en los lanzamientos al line, su movilidad en el juego suelto y su tackle. Lo mismo hizo Santiago Fernández (otra de las figuras Pumas de esa etapa inicial).
Fueron cuarenta minutos para el aplauso.
El complemento arrancó bastante parecido al inicio del partido. Impreciso, cambiante, sin dominador y con muchos penales, pero esta vez de Los Pumas, que le permitieron a Sudáfrica acercarse al campo local, con la siempre latente posibilidad de que apareciera Morne Steyn –increíblemente errático en la primera mitad– que los acercara en el marcador.
Los Pumas empezaron a sentir el cansancio y el rigor físico, y bajaron el ritmo y la intensidad del juego, de la misma forma que, como ya se dijo, aumentaron la cantidad de penales.
Pero no hay nada que hacer… cuando la defensa Puma está encendida, es poco lo que el rival puede hacer. Y los Springboks no pudieron, en ese primer cuarto de hora, vulnerarla. Se bancó la embestida Bokke a puro tackle, compromiso y actitud.
Y a los 15 entró Landajo. Y el hombre del CASI le metió una inyección de picardía que los delanteros supieron traducir en energía, porque se plantaron en campo africano buscando sumar.
Pero claro, cuando el rival es uno de los mejores equipos del mundo, todas las precauciones son y serán pocas. Una patada al fondo tapada por Frans Steyn derivó en su try, y así, a falta de 13 minutos, las acciones quedaron pardas en 16 y el partido, con final abierto.
Sin embargo, nada ocurrió. Todo quedó como entonces. Y más allá del resultado final, que fue empate, hay que decirlo. Los Pumas ya ganaron porque se ganaron a sí mismos. Pumas, ahora sí, sean bienvenidos al torneo.

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