"La espera es terrible... hay que generar conciencia"

Patricia fue trasplantada en el 2000 y cuenta su experiencia desde Cipolletti. Ante los bajos índices de donaciones, llama a reflexionar sobre la posibilidad de dar vida después de la muerte.
CIPOLLETTI (AC).- "Creo que falta educación, concientización, campaña en los colegios, hay que meterle con esto. Hoy yo hablo acá. Después pasarán meses en los que nadie hablará hasta que por ahí yo u otra persona recuerde que hay un niño de 10 años en emergencia nacional esperando un transplante", reflexionó la nadadora Patricia Woudwijh, sobre la necesidad de acciones concretas a favor de la donación de órganos.

Ella sabe de lo que habla porque tuvo que esperar dos años para conseguir un hígado que le permitiera seguir viviendo. Hace diez que es transplantada.

Primero decidió comenzar a nadar para mantener una buena calidad de vida hasta que el deporte le mostró otra ventana. "Me di cuenta que la popularidad que adquiría podía aprovecharla para concientizar sobre la donación.

"Decía 'guau', tengo llegada, puedo convencer a la gente", contó Patricia que, además de nadar en aguas abiertas, participó en Australia de las olimpíadas para deportistas transplantados y ahora tiene como desafío calificar para Suecia 2011 en el latinoamericano que se realizará en noviembre en Buenos Aires.

Según el Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (Incucai), en el país hay unas 9.000 personas en lista de espera. De este total, 6.000 necesitan un órgano y el resto un transplante de córneas o tejidos. Sólo entre Río Negro y Neuquén la cifra alcanza a 377.

Patricia insiste en que se debe generar conciencia y cuenta cómo es debatirse entre la vida y la muerte. "El tiempo de espera es terrible. Casi inconsciente porque vos no sabés lo que puede pasar. Si sos muy positivo decís 'zafo', si tenés miedo pensás que te quedás", relató.

Durante seis meses, en el 2000, esperó internada la solidaridad de otra familia que, a pesar de perder a un ser querido, decidió donar sus órganos.

"Antes de irme a Buenos Aires acomodé todo. Qué iba a ser para Soledad (su hija, ahora de 22 años), quién la iba a cuidar, qué iba a pasar con mis cosas y hasta a quién le iba a dejar mi cadenita. No sabía si volvía, era real".

Sobre su estadía en el hospital tiene buenos y malos recuerdos. El mejor es que allí conoció a quien es ahora "su gran amiga" y que llegó en coma hepático con sólo 19 años. También, que a partir del transplante ambas pudieron hacer una vida normal.

"Se puede. Tiene que ver con tu cabeza también. Esa fe que uno tiene es vital para la vida, para una buena calidad de vida. Cuando creés que sólo el médico te salva, no alcanza. Si vos no le ponés garra, te quedaste", dijo. "Todo lo que va, vuelve y creo que voy a tener un tiempo más acá para hacer cosas", agregó.

Sobre su experiencia quiso dejar dos mensajes. El primero para los que esperan un transplante. "Tenemos que mirar para adelante porque nunca estamos solos y por más que así lo sientas, siempre está el médico, la enfermera, el psicólogo, el amigo o el vecino que te va a venir a preguntar cómo estás. Hay que pelearla porque el instinto de supervivencia te ayuda también".

El otro, para quienes todavía no decidieron ser donantes. "Con un gesto tan simple se le puede dar una segunda, tercera y hasta cuarta oportunidad a un montón de personas. Sabemos que es difícil tomar la decisión de donar los órganos de una persona querida, pero también la única manera de que alguien se salve".

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