Una madre denuncia el abuso sexual que sufrió su pequeña hija. Para la Justicia, intervenir ese año o el siguiente es más o menos lo mismo. ¿Con quién cuenta la gente cuando está verdaderamente al borde del espanto? La soledad parece ser la constante amiga del sufrimiento humano. Fiscales y jueces duermen en paz, sobre la mullida almohada de la omisión.
En marzo de 2009, una mujer de 43 años –MG- denunció ante la Comisaría de la Mujer que su pequeña hija de 8 años había sido abusada por un amigo de su pareja actual. Se trataba de un hombre de más de 60, FW, además vecino, que se ofrecía de mil amores para hacer arreglos en la casa: un hábil marino mercante retirado. De paso, se quedaba a cenar día tras día. A veces hasta traía comida para que cenaran todos juntos, mientras él amablemente tenía en la falda a los pequeños de la casa.
MG tiene tres hijos: uno de 22 años, la nena que protagoniza tristemente este caso, y un pequeño de 5. Los más chicos siempre jugaban con FW, festejaban sus bromas y compartían tiempo frente a los adultos. Él y el marido de la denunciante se conocen desde hace 40 años, han embarcado juntos y se han ganado la vida en el mar.
Ese 28 febrero de 2009, FW fue a cenar otra vez. Toda la familia compartió el encuentro en el patio trasero de la casa. Como siempre sucedía, el marido se retiró antes a dormir, porque sus obligaciones lo llevaban a madrugar. También el muchacho de 22.
Cuando eran las 12 de la noche, solamente quedaban allí la madre y la pequeña, que sostenían la conversación del vecino con cortesía. Él sostuvo en su falda a la pequeña CA durante alrededor de media hora, sin que nadie sospechara ninguna anomalía en su conducta. Pasada la 1 de la mañana por fin se fue, y la madre tuvo que ir a acostar a su nena. La chiquita le refirió un dolor en la vagina, porque él, el amigo, "tenía los dedos muy gordos". Explicó que la había tocado por debajo de la bombacha, y que le había dolido.
La madre desesperada revisó los movimientos, y hasta la ropa que vestía la niñita: una musculosa verde y un short blanco.
Sin saber qué pensar despertó a su marido para comunicarle los dichos de la menor. El hombre le dio poca importancia y le dijo: "esperá a mañana, si todavía le duele, la llevás al médico". Casi como si se tratara de una rodilla raspada.
Al día siguiente, los médicos de la Clínica Colón la revisaron: el pediatra Eduardo Ramajo firmó una certificación que indicaba que la pequeña CA no presentaba ninguna lesión. El examen había sido realizado por una ginecóloga en virtud de que la menor no había aceptado un médico varón.
La madre se presentó ante la Comisaría de la Mujer recién el 5 de marzo, y justificó la tardanza en que quería evitar una pelea familiar, de lo cual puede inferirse que alguien veía como una ofensa la acusación a un amigo tan antiguo, aunque la nena refiriera hechos con tanta claridad. No quería una denuncia penal, sino una orden judicial de restricción: le bastaba con asegurarse que, aunque le costara mucho, el hombre FW no se iba a acercar más a su casa. En la ONG conocida como A.N.A., una abogada cuyo nombre no consta le dijo: "Acá no hay pruebas fehacientes, no hay líquidos o fluidos, este expediente va a terminar cajoneado". Esta era la persona que se suponía la ayudaría.
Silencioso
Todo acto de naturaleza sexual en el que son comprometidos sujetos que se encuentran por debajo de la edad de consentimiento, y cuyo fin principal es la gratificación sexual de la persona sexualmente madura, es considerado abuso sexual infantil. La mayoría de las situaciones de abuso son cometidas por personas conocidas por el niño, con las que mantiene una estrecha relación afectiva.
El abuso sexual infantil es un proceso en el cual el adulto "cortejará" al niño con atenciones, afectos y regalos. Tal como un adulto corteja a otro durante el noviazgo, el abusador seduce al niño durante un tiempo reduciendo paulatinamente sus resistencias.
En sus conductas se incluyen exposición obscena y toqueteo. Y hasta algunas veces el adulto abrazará al niño en presencia de otros sin que nadie perciba la situación; si esto continúa, puede llegar a mantener relaciones sexuales camufladas. Frecuentemente el niño siente culpa o vergüenza por el abuso, por lo que el agresor consigue mantener en secreto la agresión.
Se puede sospechar de abuso ante determinadas situaciones; por ejemplo si el niño tiene cambios en la conducta, extremas modificaciones de humor, miedo de ir a la cama, dificultades para dormir, pesadillas, juegos sexuales inadecuados para su edad, masturbación continua. También pueden aparecer excesivo interés en temas sexuales, conductas agresivas o rebeldes, regresiones, fracaso inexplicable en la escuela, fugas del hogar, cambios en los hábitos de higiene, dolor "de barriga" o de cabeza, lastimaduras, moretones, dolor del área genital, miedo repentino a ciertos lugares o personas, especialmente de quedarse solo con cierta gente.
Pero esta vez sucedió que la madre siguió adelante, y un mes después aceptó llevar a cabo la acusación penal. Quizá alentada por ver a su hija, que día a día mostraba más angustia. Quizá impulsada porque el día siguiente a la denuncia, el tal FW citó a la madre de la víctima y a su pareja en un café, al que ella no concurrió. Pero le dijo al hombre que él no quería verse envuelto en ningún lío, y que iba a acusar al hermano de la nena. Al fin de cuentas, dijo, si a CA le pasó algo, puede haber sido cualquiera.
Semejante extorsión impune consta en el expediente: todo ojo entrenado reconoce el síntoma, porque un abusador desparrama culpas por donde puede. A esta altura, la Comisaría de la Mujer ya había remitido toda la información pertinente a la Unidad Fiscal Número 1, a cargo del fiscal Marcos Pagella.
Momentito
Cualquiera querría imaginar que Pagella salió corriendo en busca de las mil formas de proteger a la nena de 8 años. Pero no. En ese abril había enviado a la Comisaría un escrito que decía prácticamente: momentito, primero hay que ver qué es lo que quiso decir esta psicóloga Laura Romero cuando escribió "el victimario fue seduciendo a la niña en forma constante". Segundo: hay que verificar si la maestra de la nena dice que cambió de conducta, como alguien que sufrió un abuso. Tercero: hay que hablar con la familia a ver qué es lo que vieron los demás. Cuarto y último: hay que ver quién es el acusado, y si en una de esas lo encontramos.
¿Y la nena? Bien, en su casa, con su mamá. Sólo el tiempo pasaba, porque no pasaba nada. Para el mes de julio, la misma psicóloga que la había evaluado como una niña alegre y colaboradora, se encontró con lo que quedó después de que el sistema judicial pecara de omisión. Escribió "manifiesta enojo, angustia, llanto, refiere deseos de estar muerta pues se siente responsable del abuso del cual fue víctima": el hombre al que acusó por abusador no había sido detenido siquiera, y ella lo sabía. El sistema le enviaba peritos, pero no la protegía de verdad. No condenaba al abusador. Sólo su madre la mira aún de frente; el resto no deja de dudar, de pensar que pueden ser fantasías.
Dice la psicóloga: "se observa un deterioro en sus mecanismos de defensa que refieren a un trauma severo."¿Tendrá arreglo esto? No. Los niños son material sensible, y los magistrados y fiscales lo saben. Un menor abusado necesita ver también que el peso de la ley cae sobre su agresor, para confirmar que ha tenido razón y que todo esto no ha sido su responsabilidad. Porque el adulto siempre es quien debe rendir cuentas.
Sigue el camino del espanto. Los fiscales siguen sin poder poner en marcha la rueda, ni siquiera cuando está en juego la salud mental del sector más frágil de la sociedad. La gente, resignada, se encomienda mientras tanto a Dios, porque aunque no sea muy devota, la fe es lo único que le queda.
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