Entre el miedo a los otros o el interés propio

Que los mendocinos puedan elegir a su intendente, a su gobernador y a su presidente en instancias electorales separadas sería un gran progreso institucional, aunque se lo implemente más por conveniencias particulares que por sinceras ansias reformistas.
Lo ideal, en los libros, es que cuando se intenta imponer una reforma institucional significativa, la misma esté motivada por una idea conceptual más que por un interés concreto. Pero en los hechos eso no ocurre prácticamente nunca.

Un dicho antiquísimo sostiene que en la vida real los seres humanos sólo se formulan las preguntas que están en condiciones de responder. Y eso casi siempre está determinado por los intereses particulares de cada ocasión.

En las academias y los laboratorios del pensamiento, los intelectuales tratan de responder todas las preguntas que su tiempo demanda (e incluso más) pero la aplicación de esas ideas depende de los políticos, que sólo las hacen suyas cuando les conviene a ellos, nunca antes.

La reforma política impulsada por Kirchner es tan hija de las necesidades inmediatas del oficialismo como lo fue la reforma constitucional menemista. Menem buscaba la reelección y lo demás le importaba nada.

Kirchner necesita imperiosamente que los peronistas compitan todos dentro del partido en una interna y que luego no se separen en la elección general, ya que es la única chance que él vislumbra para retener el gobierno. La reforma política sale sólo por ese interés particular, y por nada más.

No obstante, que los motivos de cualquier modificación institucional sean parciales e interesados nada tiene que ver con que la reforma sea buena o mala, mejor o peor. Hay que separar ambas cosas.

Así, introducir primarias abiertas y simultáneas (lo de obligatorias es más polémico) en la Argentina, es positivo. Y lo importante no es que las razones de su aplicación sean espúreas; lo importante es que la reforma se mantenga en el tiempo.

Entonces, la primera vez quizá le servirá a quienes la idearon, pero de allí en más le servirá al sistema político y a todos sus integrantes por igual. La clave no está en las causas de su implementación, sino en la certeza de su continuidad.

Con el desdoblamiento electoral que hoy se discute en voz baja en Mendoza, ocurre lo mismo: elegir al intendente por razones municipales, al gobernador por razones provinciales y al presidente por razones nacionales es, desde todo punto de vista, una exaltación del mejor de los federalismos. Por eso el solo hecho de iniciar el debate, es bienvenido.

Claro que a diferencia de la reforma política K, el desdoblamiento electoral mendocino será más difícil de concretar porque el miedo es su principal motor, y el miedo no es el mejor sentimiento para imponer cambios, sino que más bien empuja a la inacción.

Cuando el intendente Fayad se impuso como precursor de este tipo de reformas con el desdoblamiento legislativo municipal de este año, no lo hizo por temor sino para diferenciarse de su rival interno, Julio Cobos. Su razón no fue el miedo sino la especulación política. Pero a la postre el experimento resultó. Fue bueno, o lo será si prosigue en el tiempo.

El desdoblamiento que hoy se propone es hijo del temor colectivo. Los intendentes oficialistas saben que el gobierno provincial y el nacional son una pesada mochila para la mayoría de ellos, que renovarían fácilmente sus lauros si fueran solos al comicio.

Por su lado, el gobierno provincial sabe que con la gravísima herida infringida por la Nación por su traición a Mendoza con la promoción industrial, presentarse juntos en una sola boleta el traidor y el traicionado, multiplicará aún más las chances de derrota.

Las razones de la oposición son otras, pero igual obedecen a cuestiones particulares. Los radicales, si estuvieran seguros de la candidatura presidencial de Cobos, ni por casualidad aceptarían discutir la cuestión, pero hoy no están seguros y por lo tanto sus intendentes -la mayoría populares en su terruño- deben empezar a abrir el paraguas por si las moscas.

Los demócratas son un partido provincial, por lo que siempre defendieron tal desdoblamiento. Y hoy aún más, porque -con incluso pocas chances provinciales- los municipios son su último aliento de vida hasta que se recuperen.

Es cierto que con el clima antipolítico actual, no es muy popular aumentar el número de elecciones, pero también es cierto que una de las formas de ir combatiendo ese clima antipolítico es fomentando la mayor participación popular.

Además, las cuestiones institucionales tienen más que ver con la parte republicana del sistema que con su aspecto democrático. Vale decir, no necesariamente con lo que el pueblo pide hoy, sino con lo que nuestro sistema político requiere para mejorarse a mediano y largo plazo.

En síntesis, aunque ninguna de las razones en debate es ideal, mucho mejor sería que los políticos mendocinos decidan por sus necesidades de supervivencia que por sus temores a los poderes centrales. Particularmente en un momento como éste donde el gobierno nacional pagó con la traición o la indiferencia las excesivas “consideraciones” (por ser amables) de sus pares locales.

Pero lo que honraría a los dirigentes locales es que si al decidirse a implementar algún tipo de desdoblamiento, lo establecen de modo permanente. Así, la reforma les podrá ser útil o no a los interesados particulares y coyunturales, pero sin duda le será útil a Mendoza.

Y este pueblo siempre es agradecido -a la corta o a la larga- con quien suma para la provincia, por las razones que sea. Del mismo modo que no perdona a los que se quieren aprovechar de ella, sin ofrecer nada a cambio.

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