Entre el huevo y la gallina, siguen pensando que somos estúpidos

Entre el huevo y la gallina, siguen pensando que somos estúpidos
La vorágine de la política y el devenir del sistema, tienen tal movimiento que haciendo una similitud, podría encuadrarse en aquello del “huevo y la gallina”.
No saber qué comenzó primero parece que se ha convertido en un recurso selectivo para algunos que, bajo la excusa de “defender a la república”, operan hacia un lado o el otro, dependiendo de las circunstancias.

En tal sentido, cabría preguntarse si lo que daña al sistema es un pedido de juicio político o el desconocimiento acerca de ese atributo que tienen los poderes y que no es más que un recurso para ejercer el control.

En todo caso, cabría también indicar que quien desconoce al juicio político como herramienta de contralor entre los poderes, desconoce al mismo sistema, ergo, tal impericia podría basarse en el descrédito hacia las instituciones o bien en un enredo -pretendido-, bajo el falaz ímpetu por “defender a la república”, sustentado en apetencias que sólo ven una parte de la realizad. Para dar crédito, podría decirse que sólo ven una parte. En rigor, cabe imaginar que esa mirada parcial podría ser intencional.

Lo cierto es que, un juicio político no debería ser materia cuestionable, habida cuenta de que puede ser considerado como una de las instituciones medulares del sistema democrático. Por eso, es posible opinar que aún cuando no podamos inferir qué estaría primero (defender al sistema) o qué segundo (hacer un juicio político), en comparación con el huevo y la gallina, está claro que el juicio político se trata de una de las fundamentaciones del principio republicano de gobierno, dado que la división de poderes, no hace mención a espacios estancos sino a organismos que basan esa independencia en la calidad de los métodos de control.

Desde ese punto de vista las miradas parciales, suenan más bien a la elección de la porción de sistema que más conviene y en un determinado momento, que a la defensa de la república, sopesada por una dialéctica que pierde sustento desde el propio origen.

En estos días, hemos leído expresiones que manifiestan una suerte de “preocupación”, por “posibles agravios” y en donde se ha pedido prudencia y respeto a las instituciones, debido a consideraciones que pueden “alterar al estado de derecho”, donde se ratifica la “independencia” de los poderes, en beneficio del Superior Tribunal de Justicia, por un lado, pero, parecería que se olvida lo que significa o significaría, si esa independencia no estuviera basada en el control o, en las herramientas de control obran en el sistema como lo es el “juicio político”.

También, se ha indicado que el pedido de juicio político “presentado en la provincia de Río Negro contra los doctores, Sodero Nievas y Balladini (miembros del Superior Tribunal de Justicia), siendo este último quien tenía ya presentada con anterioridad su renuncia al cargo para acogerse a los beneficios de la jubilación, “se sigue y con preocupación”, a la vez que “no se escapa el contexto en el que se produce el pedido”, fruto de la transición en el cambio de gobierno”.

A la vez, se ha dicho que “resulta imperioso en un estado de derecho, preservar la institucionalidad y la independencia del Poder Judicial para el sostenimiento del sistema democrático y republicano”. ¿Entonces?

Deberíamos preguntarnos para qué existe el juicio político. Qué sentido tiene contar con dicha herramienta si es considerada en forma eventual y tras algún posicionamiento político.

Lo que resulta sorprendente es por qué, quienes esgrimen tales argumentos, se olvidan de lo que implica un órgano de control dentro de la república, dado que no sería posible imaginar la supervivencia de tal sistema sin esos organismo. Por qué hoy y en base a las circunstancias, se habla del sostenimiento de las instituciones cuando lo que se busca es mejorar la calidad de las mismas. En todo caso, las comisiones respectivas, sabrán defender posiciones y argumentar con objetividad. Y por carácter transitivo, en tal acto, se podrá apreciar la calidad de las instituciones y no porque haya que hacerlo o corresponda por el devenir de un procedimiento dado, sino porque se trata del sistema mismo. Ya que está claro que las instituciones del Estado deben poseer controles que faciliten mecanismos eficientes y efectivos para contar con anticuerpos necesarios a fin de combatir los microbios que puedan dañarla.

Por tal motivo, parece que es necesario hacerle saber a quienes opinan con “prejuicio mezquino”, que no constituye condena el pedido de juicio político; que no es dañar a las instituciones utilizar el recurso. Por el contrario, se trata de un mecanismo de fortalecimiento y, como se dice en la calle, si alguien tiene miedo, lo ideal sería que se compre un perro, pero no nos traten más como si fuéramos ignorantes o estúpidos. La elección del sistema republicano debe ser total, las parcialidades no han llevado a lo que ya conocemos.

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