Sometieron a una autopsia al ex dictador. Un video muestra que fue vejado. La familia reclama que le entreguen los restos. Convocan a elecciones dentro de ocho meses.
Está frío y pronto comenzará a descomponerse, pero todo en Libia sigue girando alrededor de Muamar Kadafi. Los vecinos de Misrata que hacían cola ayer para ver su cadáver, exhibido en una heladera industrial de un centro comercial, no comparten los escrúpulos occidentales sobre la forma en que murió el ex dictador. Lo único que conocen es la violencia: en ella se educaron, crecieron y sobrevivieron. Algunos hubieran preferido un juicio, pero todos festejan la muerte del ex dictador. Ayer, hasta apareció un video que muestra cómo un rebelde se divierte introduciéndole los dedos en el ano a Kadafi.
Las dudas sobre la hora final de Kadafi son más bien una preocupación del nuevo gobierno libio, que ayer sometió al cuerpo a una autopsia para investigar si fue ejecutado a sangre fría. Cuando llegó la camioneta con Kadafi a bordo, lo primero que nos dijeron en el hospital de campaña de Misrata fue que los captores lo habían subido malherido a la ambulancia y que no había logrado resistir con vida.
Pero pronto comenzaron los rumores sobre la ejecución y, poco a poco, se confirmó la paliza. Algunos testigos dicen que alguien le disparó aprovechando el tumulto. Nadie parece tener dudas, y a nadie parece importarle demasiado. Ven en este desenlace la impronta de 42 años de régimen. Lo que el viernes eran sospechas sobre la muerte de Kadafi, hoy ya son indicios que incriminan a los rebeldes que lo atraparon. Todo parece indicar que lo asesinaron a consciencia.
Los libios aún no caen en la cuenta de que se terminaron los días para el déspota extravagante. “Nadie esperaba esto. Ya estábamos preparando destacamentos para buscarlo en el desierto del Suroeste”, reconoce Ahmed, comandante de una de las katibas (ejércitos) de Misrata. En esta ciudad crucial en el conflicto, las calles lucen repletas de libios que celebran la muerte de Kadafi. Cuando cayó Trípoli fue parecido: tiros al aire, gritos de “Allah u Akbar” (Alá es el más grande) y conductores haciendo sonar las bocinas.
Ajenas a ese fervor popular, las distintas facciones de la coalición rebelde libran una lucha sorda por espacios de poder. Mahmud Jibril, primer ministro del Consejo Nacional de Transición (CNT) y apuesta de Occidente en Libia, anunció que se celebrarán elecciones en un plazo máximo de ocho meses para componer un “consejo nacional, una especie de Parlamento” que se encargue de la redacción de una nueva Constitución y organice la formación de un gobierno.
La primera batalla interna en el CNT se produjo en torno al cuerpo tieso y maltratado de Kadafi. Jibril llegó ayer a Misrata con la idea de sepultar al coronel en un lugar público y cerrar rápidamente el expediente. Pero los milicianos de aquí, quienes soportaron durante meses el asedio aéreo de la OTAN, pretenden exhibir el cadáver unos días más y luego enterrarlo en secreto. Nadie se adjudicó aún la aparente ejecución de Kadafi. Jibril prometió que se realizará una investigación sobre las causas de la muerte, y dijo que la mayoría de los libios preferían que el ex dictador “respondiera por sus crímenes”.
Pero las fuentes rebeldes ni siquiera coordinaron un discurso único. Las sospechas sobre la versión oficial, que sostiene que Kadafi fue herido de muerte durante un tiroteo con sus captores y falleció camino al hospital, surgen de una serie de videos amateur que lo muestran consciente y rogando clemencia a sus verdugos. El testimonio de Ibrahim Tika, un médico forense que examinó el cadáver, también complica a los insurgentes. “Kadafi estaba vivo cuando fue capturado. Herido, pero vivo”, dijo Tika.
La tribu Qaddadfa en Sirte, cuna y tumba del beduino, reclamó el cuerpo para darle sepultura de acuerdo con el rito musulmán. La viuda del ex dictador, Safia, también pidió desde su exilio en Argelia que le entregaran los restos de su marido y de su hijo Mutassim. Jibril prometió que cumplirían con el deseo de la familia, pero ya desde el jueves, cuando el primer rebelde apareció en Misrata gritando “¡Tengo la bota de Kadafi!”, quedó claro que el cadáver sería un botín de guerra. Una guerra que, por cierto, aún tiene al tirano como principal protagonista.
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