El martes asumirá, según se confirmó oficialmente, Alberto Weretilneck la gobernación de Río Negro, tras la muerte de Carlos Soria. Pero este domingo, desde la madrugada, comenzó de hecho un proceso de apurados cálculos y apresuradas estrategias.
En principio, la obligada sucesión institucional es la asunción de Alberto Weretilneck como gobernador hasta cumplir el mandato 2011-2015; mientras que el Vicepresidente 1º de la Legislatura, Pedro Pesatti, debería asumir como titular del Poder Legislativo y virtual vice-gobernador para los efectos de seguir la línea de mando político.
Esto sucede a sólo horas de que el gobierno recibiera el espaldarazo legislativo para una reforma estatal que entre otras cosas achicaría la planta de personal, con el pase a disponibilidad de los empleados públicos, y la posibilidad eventual de despedir personal, algo que es resistido por la oposición y los gremios, que aseguran que sería una medida inconstitucional, porque afecta la condición de estabilidad del empleo público.
Weretilneck, en sus primeras declaraciones, garantizó que seguirá con el rumbo iniciado por Soria. Contó, incluso, que su última charla con el gobernador había sido en Viedma el jueves, poco después de la sesión que aprobó la Ley de Emergencia. “Incluso me retó, porque la sesión había sido muy larga”, comentó, conmovido, el ahora gobernador rionegrino.
En el contexto, mientras tanto, pesa el golpe trágico y su eventual costo político en tanto se demuestre o no, a partir de la investigación del juez Emilio Stadler, cómo fueron las circunstancias de la muerte, y la intervención, aun no aclarada exactamente, en la escena del hecho, de la esposa de Soria, Susana Freydoz.
El ámbito político, y también el familiar (unidos indisolublemente) intentaba este domingo que todo pasara lo más rápido posible. El cuerpo del gobernador había sido entregado por la morgue, para ser velado unos momentos solo por familiares e íntimos, y ser sepultado sin ceremonias públicas ni funerales abiertos, situación evidentemente incómoda en función de las circunstancias de la muerte.
La gente velaba a Soria, de hecho, en la plaza de Roca. Se preparaba para la noche una marcha de antorchas, convocada en homenaje al hombre que había conquistado para el peronismo la gobernación después de la larga hegemonía radical. El peso emocional del Gringo se evidenciaba tanto con su muerte como había sido con las pasiones que había despertado en vida.
El destino político de Río Negro se escribía al mismo tiempo en estas horas difíciles. Horas de negociación y cálculos. Y también de desconfianzas soterradas, y de nuevas estrategias en marcha, aun misteriosas.




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