Por Ricardo RoaAhora mueven las blancas y las fichas están del lado del Gobierno. Nadie sabe cómo jugará Cristina Kirchner. Su discurso del domingo siguió la línea amor y paz de la campaña: era tan previsible como la victoria. Frenó silbidos contra Macri, llamó a la unidad nacional y dijo que “sola no se puede”. La cuestión es que esta vez los hechos no desmientan al mensaje.
Al Gobierno se le dieron todas. Manejó un Estado que nunca tuvo tanta plata y que nunca gastó tanto en subsidios.
Consiguió apoyo abajo y en sectores medios. Se calzó un traje progresista que sedujo a jóvenes y sectores de izquierda. Y tuvo enfrente a una oposición sin candidatos: Binner, el que más votos sacó, apenas llegó al 17% pese a que después de las primarias cosechó un poquito de cada uno de los partidos anti K.
A Binner lo apoyó el centro derecha que inicialmente se había inclinado por Duhalde. Se vio en la boleta pegada a la de Pinedo en la Ciudad. Y en la consagración en la provincia de su candidato a senador Linares, que había salido cuarto en las primarias.
El Gobierno hasta logró el milagro de que Menem fuera reelecto senador por La Rioja, luego de ayudarlo a cerrar la causa de la venta de armas a Croacia y Ecuador. El ex presidente tendrá otros seis años protegido por los fueros parlamentarios.
En el oficialismo quedan Scioli, que sacó más porcentaje que Cristina y se lo deglutió a Sabbatella.
Tal vez por eso, la misma noche del domingo su vice Mariotto se lo quiso llevar por delante. Otro triunfador fue Massa: el intendente de Tigre fue el más votado y encima puso fichas ganadoras en San Fernando, San Martín y Mercedes.
En el PJ disidente sólo quedan restos del naufragio. El drama de los peronistas es que afuera necesitan pactar alianzas contradictorias con su identidad y adentro están forzados a aceptar cualquier cosa.
Cristina llegó al punto máximo. Ahora debe mover las piezas. Y en el armado del nuevo gobierno podrá verse si finalmente va por el diálogo o elige la confrontación

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