El peregrinar de los empleados de la Provincia tras un servicio de reconocimientos médicos que es ineficiente y pretencioso. Mentir es fácil, pero si alguien enferma de verdad, que Dios lo ayude. No hay remedio.
María Gabriela Romer es una profesora de escuelas secundarias del Estado sin ninguna particularidad, sólo que está embarazada. Como consta en el estatuto que rige los derechos y las obligaciones de los trabajadores del sistema educativo, a ella le corresponden 135 días de licencia, que no son vacaciones: son los que necesita para esperar su parto en tranquilidad, y asistir al recién nacido los primeros tres meses de su vida.
Pero en esta provincia, el control de ausentismo por cuestiones de salud ha sido tercerizado y, sin que mediara licitación alguna, cayó en manos de una empresa llamada Dienst Consultig S.A., que funciona en los consultorios de calle Lamadrid 2941 de esta ciudad. Allí concurren no solamente los docentes de todos los niveles provinciales, sino también auxiliares de escuelas.
Por eso Gabriela fue allí el pasado 20 de marzo a gestionar el talón de su licencia, del cual debería entregar tres copias en cada una de las escuelas donde se desempeñara. Eso hizo, y ella se reservó únicamente una copia.
Pasados unos días, la secretaria de una de las instituciones la llamó, y le hizo notar un error: su licencia estaba mal confeccionada. En lugar de decir que se otorgaban días bajo el código 114.E 1, decía que regía 114.A1. Puede parecer una insignificancia, pero la A1 es una licencia común por enfermedad, que jamás puede exceder los 25 días en el año. Es decir que no le cubriría su posparto, sino que los días que fueran más allá del numero 25 le serían descontados por un error de código que la profesora no está obligada a conocer.
María Gabriela tuvo que volver a la oficina de reconocimientos médicos a solicitar que se le corrigiera la carpeta médica, por lo que fue atendida por una médica coordinadora, Alba. Ella le dijo que para modificar el código necesitaba el talón original. La profesora, embarazada de 34 semanas, le explicó que ya había hecho el trámite, y que era prácticamente imposible que fuera escuela por escuela a revolver papeles, a ver cuál de los tres talones que había entregado en cada una de ellas era la que tenía la firma original. La coordinadora le retrucó que precisamente eso era lo que iba a tener que hacer. “¿Usted nunca se equivocó?”, agregó.
Gabriela se fue pensando que efectivamente se había equivocado muchas veces, pero que en cada una de esas ocasiones había sido ella misma la que se había encargado de enmendar sus faltas.
Después de semejante recorrido, Gabriela nunca encontró el original, pero volvió con un talón fotocopiado, al que una secretaria le había puesto firma y sello que rezaba “es copia fiel”. Lo mismo que nada.
Recién allí, la doctora Alba le dio por fin la estratagema de todo el laberinto: si hubiera dicho de entrada que la copia estaba “extraviada”, ella le hubiera vuelto a hacer la licencia. Extraviada: esa no era la palabra que ella había usado, porque no había perdido nada.
Mal talante
El actual sistema de control de ausentismo de la provincia de Buenos Aires ha venido a cubrir un supuesto bache en el otorgamiento de las licencias médicas, que permitió abusos por parte ciertos agentes provinciales. Pero el pato lo han pagado miles y miles.
El sindicato de docentes SUTEBA ha manifestado en la puerta de los consultorios durante meses, y también lo han hecho los auxiliares. No solamente porque los profesionales han tratado mal a todo el mundo, sino porque sarcásticamente se permiten poner en duda las enfermedades, y disminuir el número de días que los médicos particulares otorgan para superar una situación determinada.
Pero en reconocimientos médicos, todo lo hacen a ojo, porque no revisan a nadie. Por ejemplo, en momentos en que la población estaba extremando las medidas para evitar la trasmisión de enfermedades respiratorias endémicas, una docente concurrió a su médico con síntomas evidentes de una patología. El clínico le diagnosticó gripe, y dijo que, por cuestiones de profilaxis, la profesora debía alejarse de sus alumnos por un periodo de 96 horas. El médico de Dienst Consultig afirmó que ese “simple resfrío” se curaría en 48 horas y no más. Esta conclusión la sacó por intuición, porque estos profesionales no examinan a los pacientes: sólo los miran.
Como resultado, la directora de la escuela en cuestión impidió que la profesora se hiciera cargo de su curso porque estaba enferma de gripe, e indicó en el contralor que tomaba medidas de profilaxis, bajo riesgo de que esos días no se pagaran, porque en rigor no estaban justificados médicamente.
Supongamos que una profesora solicita licencia porque su bebé tiene neumonía: deberá concurrir a las oficinas con el hijo, aun en épocas invernales y de baja temperatura, porque así lo indica la reglamentación. Tendrá prioridad en la atención, y no pasará largas horas allí con el niño enfermo, como los demás docentes. Pero de todas maneras, el pequeño estará expuesto a contagiarse de las enfermedades de todo el resto de las personas que atiborran ese edificio, porque la Provincia no tiene un servicio a domicilio ni acepta un certificado médico sin el paciente a la vista.
Por eso, muchas personas hacen que se les descuenten los días como si se tratara de faltas por causas particulares, para proteger a sus hijos, que de otra manera deberían permanecer allí hasta ser atendidos aunque estén operados, con suturas, yesos por fracturas recientes o enfermedades dolorosas.
Otro tanto sucede si un profesor o maestro de grado está efectivamente enfermo. Las guardias de las clínicas tienen carteles muy visibles que indican que no se extienden certificados médicos. Es decir que, para concurrir a reconocimientos médicos con el certificado, el agente debe concurrir a su médico particular, que obviamente no lo atenderá en el día que haya amanecido con fiebre o un cólico renal, sino a la semana siguiente.
El docente se encontrará en un callejón sin salida. La más fácil es la de los más corruptos: tomar una licencia psiquiátrica, ya que hay muchos médicos psiquiatras que otorgan certificados sin hacer demasiadas preguntas. Así el docente termina tomándose un descanso de unos treinta días, el mínimo por estrés, en vez de la semana que necesitaba para recuperarse de la neumonía. Sucede.
Expuestos a todo
Los profesionales del sector educacional se enferman mucho. Es verdad. Pero las razones no parecen estar al alcance de la comprensión de quien no trabaja en escuelas del Estado.
Esta ciudad sufre temperaturas muy bajas con alto porcentaje de humedad, y si bien los salones suelen tener calefactores, las ventanas no tienen nunca burletes ni cortinas, ni postigos, ni persianas. El frío ingresa, y se forman corrientes de aire porque las aulas están atiborradas de chicos y no hay más remedio que ventilar.
Además, gracias a una arquitectura muy austera, todos los salones dan a galerías que rodean un patio a cielo abierto. Por lo tanto, cada vez que el profesor abre la puerta de su salón para buscar una simple tiza, su cuerpo sufre un cambio de temperatura de unos 15 grados. Mañana estará enfermo. Ni hablemos si hubo un acto y le tocó cantar el himno un 17 de agosto, debajo de la garúa de tres bajo cero que suele traer el invierno.
Para completar el panorama, en general nadie puede terminar la mañana en una misma escuela: los docentes se trasladan durante el recreo que va desde las 9.30 hasta las 9.50 para cambiar de escuela. En coche si tiene suerte, en colectivo la mayoría de las veces. Lo mismo harán a la tarde, en el recreo de alrededor de las quince. Y aún falta el turno noche: las clases terminan a las 23.
Porque la mayoría de los docentes trabajan en gran cantidad de escuelas cada semana. Hay quienes recorren diez: son los llamados profesores taxi de tres turnos. En marzo llueve, pero en agosto llueve más.
Pero las enfermedades profesionales no son solamente las que devienen de frío, sino también de la suciedad. Más que nada de la suciedad. Porque hay un esmero del Estado en proveer libros, lo cual ha sido muy bueno, pero habría que proveer también desinfectante para baños. Los docentes concurren a un único baño para hombres y mujeres: en general más de treinta personas, cuyas bacterias cohabitan en dulce montón.
Como los edificios se usan en tres turnos, la limpieza que realizan los auxiliares entre uno otro, o al finalizar la jornada, es somera. Es decir: barren. Los pisos se baldean al comenzar el ciclo lectivo en febrero, y alguna vez que no haya clases. Las mesas sólo dependen de la buena voluntad de que haya una jornada de limpieza por parte de los alumnos y docentes. En las superficies de fórmica hay desde restos de comida hasta leche de la primaria, y uno debe llevar su propio paño si no desea apoyarse allí.
Los vidrios no se lavan más que una vez al año porque no dan los tiempos. Y pocas veces, o ninguna, hay olor a desinfectante, ya que no hay presupuesto para pagarlo.
Los baños no tienen jabón ni papel higiénico. Los alumnos sólo pueden mojarse las manos. Los docentes también.
Cuando en este contexto surgen enfermedades contagiosas, la mujer embarazada puede pedir que se la aparte del cargo. Pero esto sucede siempre y cuando el mal esté diagnosticado. En muchos casos, ella puede ver que el estudiante tiene sarnilla u otro mal de la miseria y la falta de higiene, pero no ha sido llevado a ningún médico. Así que no hay papeles que justifiquen la intervención.
Por eso es que no hay remedio. El mal de la educación argentina empieza por lo más básico: la falta de lavandina, y cloacas. Y de personal idóneo en desinfección y limpieza para evitar epidemias. Si no se entiende esto, no hay material didáctico que alcance. Seguiremos educando peor que en Nigeria.
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