Es un nombre que perdura en la memoria de muchos santarroseños y pampeanos. Fue una empresa líder, que superó las fronteras de la provincia, pero que sucumbió en la inestabilidad económica de los '80.
Laurenzano y Compañía representa otro ejemplo de las oportunidades perdidas, de empresas que fueron puntales del desarrollo provincial pero cayeron víctimas de la inestable economía argentina de esos años. Berterreix justifica esta historia de 30 años con triste final, en la falta de políticas económicas y oportunidades reales para el desarrollo de industrias pequeñas o medianas dentro del país.
Vicente Laurenzano y Berterreix comenzaron a gestar la firma en el año 1954. Laurenzano era plomero "y yo de la calle", recuerda Raúl, entre risas, durante una extensa entrevista en su domicilio de la avenida Roca. Ninguno de los dos tenían conocimientos ni estudios pero a ambos les sobraban ganas de hacer cosas. Los primeros tiempos fueron "años muy duros" ya que el escaso trabajo era el denominador común. Los incipientes empresarios hacían todo lo que se presentaba. "Diversidad, lo que entraba, lo hacíamos", resumió Berterreix.
En esa primera etapa, la mayor actividad de la firma estaba en la carpintería metálica, especialmente para los planes de vivienda Eva Perón. En aquellas casas oficiales, menos las puertas interiores, el resto era de hierro. "Nosotros hacíamos todo lo que era de hierro".
Entrada la década del '60, Laurenzano y un cuñado compraron una línea de colectivos: El Trébol, que años después sería Dumas. Esto hizo necesario montar un taller para las reparaciones cotidianas. De ello se encargó Berterreix. "Ahí empezamos a animarnos un poco más" y de a poco las posibilidades se multiplicaron. "Por ejemplo -relató-, nos animábamos a cambiar la carrocería de los colectivos, para Laurenzano y para algún otro amigo. Nosotros éramos chicos, pero de a poco nos animábamos a cosas grandes".
"Yo fui prosperando y un día (Laurenzano) me llamó y me dijo 'mirá, te voy a dar un 3 por ciento de la producción', o sea de lo que era carpintería". En ese momento, Berterreix quedó "habilitado" y al poco tiempo, el peón pasó a integrar la sociedad. La firma creció y un poco tiempo después, con la incorporación de otros dos socios, se convirtió en Laurenzano y Compañía.
Tinglados
Otra etapa de la empresa vino de la mano de los tinglados, un "boom" del que Laurenzano y Compañía supo sacar provecho y hacer punta. La novedad llegó a la ciudad de la mano de un tinglado que la firma El Colono, de Río Cuarto, construyó sobre la ruta 5, en la entrada de la ciudad. "Todo el mundo iba a verlo, era una novedad", recordó. Laurenzano y Compañía incorporó los tinglados a su actividad y durante años construyó de estos galpones a diestra y siniestra, dentro y fuera de la provincia.
"El chacarero cuando tiene plata la gasta", reflexionó Berterreix. Y esos fueron años de buenas cosechas, o sea de chacareros con plata."Vendíamos tinglados y galpones por envidia, digo yo. Cuando se iba a entregar alguna obra, siempre encontrabas a algún chacarero esperando para ver qué le saldría, pero él quería uno igual pero con otro portón, más grande que el del vecino, para ser un poco más... o que se yo, cosas así, celos de la gente".
El negocio "quedaba conversado ahí nomás", en la tranquera del campo, y continuaba con una visita del futuro cliente a la empresa, donde se cerraban las condiciones del contrato. Este mecanismo funcionó durante muchos años. Era la época en que cada propietario rural tenía sus propias máquinas y necesitaba un galpón donde guardarlas. "Después se empezaron a avivar que no les convenía -levantar su propio tinglado-, que en vez de tener la cosechadora en el galpón, era mejor darle el trabajo a los cordobeses, que venían y cosechaban". Ahí se cortó el boom.
Guardián.
La dobladora fue otro hito en la historia de la empresa. Para el año 1979 la firma adquirió la primera máquina y dio otro salto cualitativo. En esa época se trasladó desde sus primeras instalaciones, sobre calle Villegas, a Escalante y Juan B. Justo, donde funcionó hasta sus últimos días. En el ínterin hubo un proyecto para trasladarse al Parque Industrial, que quedó en veremos. La firma tenía el terreno asignado y hasta había comprado un puente-grúa. Pero sobrevino la debacle y la intención quedó en eso.
Con la dobladora "llegamos en algún momento a plegar 60 toneladas de chapa por mes, que no se hace así nomás. No te digo que era todos los años, habrá sido un año ó dos, cuando el furor de las cajas (de los camiones)". Después, muchos compraron sus propias dobladoras y allí terminó esta preponderancia en el mercado. Las cajas para los camiones eran una fracción muy importante de la firma. Esos fueron "los años de plata dulce".
El nombre que identificó, y aún lo hace, los productos de Laurenzano y Compañía fue la marca "Guardián". En el edificio donde ahora funciona el Archivo Judicial sobre calle Escalante, aún puede verse el logo estampado en el galpón. "Esa fue una ocurrencia que yo tuve", relató el entrevistado. "Si hacíamos una tranquera, era el 'guardián' del campo; si hacíamos un techo, era el 'guardián' de algo. Tal es así que yo sigo con el nombre Guardián, y nadie me ha hecho ninguna cuestión".
Complicado.
La situación económica y financiera de Laurenzano y Compañía se complicó en los últimos años del gobierno de Raúl Alfonsín. "Los números empezaron a no cerrar, empezaron los famosos gremios con los problemas. Ya no era lo mismo ocupar un tipo y como no lo precisabas lo despedías y arreglabas, cuando quedaban abiertas las posibilidades de que te hagan un juicio, algún juicio laboral, alguna cosa así", relató Berterreix.
En ese momento fue cuando Vicente Laurenzano se separó de la sociedad, formó su propia empresa, y terminó la Torre Gemellus, que la habían comenzado como Laurenzano y Compañía.
"Así como en un momento fuimos una fábrica importante, dejó de ser importante por la importancia que tenía esa fábrica. Por que tantos aprendieron (el oficio) que cualquiera en su casa doblaba con las rodillas y hacía un tinglado, porque salía sabiendo hacer un tinglado".
-¿Cuando empezaron los problemas, ustedes pidieron ayuda a la provincia?
-No, porque ya la cosa se desvanecía, ya cada uno tenía, digamos que adentro de todo el mal, capacidad para volar solo. Porque en ese tiempo, más te agrandabas, más te hundías. Entonces es preferible muchas veces, como decía un viejo conocido, desensillar hasta que pase el aguacero, y quedarse a ver qué pasa.
Competencia, años de inestabilidad económica, poco trabajo, falta de créditos blandos, una combinación de factores que a juicio de Berterreix marcaron el final de la firma. "Así se fue terminando la historia hasta que terminó en la separación, a pagar las cuentas y cada uno a su casa. Y terminó la historia de Laurenzano y Compañía", concluye Berterreix, con una resignación que el paso de los años no ha atenuado.
Escuela de oficios.
"Fue una empresa que yo no conocí otra en Santa Rosa", sostuvo Berterreix, orgulloso de la firma que fundó. "Una empresa confiable, donde a la gente no se le mentía, no se la engañaba". "Fuimos prácticamente una escuela para todo el mundo, donde preparábamos a gente. Cuando ya éramos grandes y tuvimos una necesidad de más gente, parecía un regimiento, donde pasan las clases. Había tipos que entraban y duraban medio día". Un caso que recordó con cariño fue el de Miguel Angel Castellini, el campeón de boxeo. "Estuvo mediodía y dijo 'esto no es para mi'. Se fue y ni siquiera cobró", rememora, entre risas.
Obras a diestra y siniestra.
A la hora de repasar las obras más grandes, Berterreix enumera una larga lista. "En la ciudad de Ushuaia se hicieron dos naves grandes, galpones de 30 metros x 60 metros; el Club de Planeadores de Pehuajó, que después quedó bajo agua por las inundaciones; en Buenos Aires para Gas del Estado, donde está el famoso cilindro que hay en Avenida Constituyente y General Paz; un frigorífico en Gorina (provincia de Buenos Aires), otro en La Plata; un galpón grande para una firma lanera cerca de Los Antiguos (provincia de Santa Cruz); en Formosa, una estación experimental de INTA, en General Acha, la nave principal de la fábrica Durlock, toda la carpintería del Banco de La Pampa", cuatro escuelas y un número indeterminado de casas.

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