Los ciudadanos de esa confesión son un 10% de la población y reclaman ser tratados del mismo modo que el resto. El gobierno de transición respondió de un modo brutal, que hace temer por su voluntad de apertura democrática.
La batalla campal que el domingo irrumpió en las calles de El Cairo marcó una nueva dimensión de la violencia en Egipto. Por primera vez desde la caída de Hosni Mubarak, en febrero, los medios estatales exacerbaron un conflicto en ciernes a través de ataques abiertos contra los cristianos coptos, un 10% de los 80 millones de habitantes. Las imágenes eran duras: policías persiguiendo a manifestantes inermes, algunos deambulando ensangrentados entre los cuerpos sin vida, y vehículos blindados cargando contra la multitud.
Todo había empezado en forma pacífica. Cientos de coptos querían protestar ante la sede de la televisión después de que una multitud de musulmanes prendiera fuego, diez días antes, a una iglesia de Edfu, en la provincia sureña de Assuan. Las palabras del gobernador Mustafá al Sajjid, justificando indirectamente la destrucción del templo, aumentó la ira de los coptos. La iglesia “fue construida de forma ilegal”, dijo Al Sajjid. En efecto, los cristianos coptos nunca son autorizados a construir sus templos.
La iglesia de Edfu, en el Alto Egipto, no fue la primera incendiada en estos meses. Y tampoco se trató de la primera vez que los coptos protestaban. El domingo, sin embargo, fueron atacados con piedras por vecinos y jóvenes musulmanes. Lo vieron los periodistas y lo contaron los blogueros independientes. Algunos coptos, sobre todo jóvenes del marginado barrio de Shubra, también respondieron a pedradas y atacaron a los policías que se habían quedado varados con sus vehículos entre la multitud.
Pero la policía especial dispersó luego con una violencia inusitada, selectivamente, sólo a los coptos. La televisión estatal lanzó luego incriminaciones directas. “Los coptos mataron a dos soldados”, sostuvo uno de sus presentadores y lo repitieron otros. Ello, pese a que sigue sin estar claro de dónde procedían los disparos que mataron a los militares.
Los conflictos religiosos son habituales en Egipto, ya sea por la construcción prohibida de una iglesia o porque una mujer copta se convierte al Islam para obtener el derecho al divorcio. Las autoridades que gobiernan de forma interina hasta ahora no aprobaron normas iguales para la construcción de mezquitas e iglesias. Recién ayer, y sobre la sangre, el Consejo de Ministros acordó establecer un régimen de multas para quienes “incurran en actos de discriminación” y propuso un proyecto de ley para “legalizar la situación de los templos sin licencia”.
“Llámenlo ley antidiscriminación o ley antirracismo o como quieran”, reclamó el abogado copto Nabil Gabriel durante las protestas del domingo. “El punto es que queremos igualdad de trato”, agregó. Egipto, sin embargo, parece haberse distanciado un poco más de ello tras los disturbios del domingo. El bloguero Issander el Amrani lo calificó como una “involución” preocupante. “La dirigencia está en crisis, la confianza en el gobernante Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas cayó a niveles récord y la población está cansada del caos reinante a ocho meses de la revolución”, resumió. <
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