Por Roberto GarcíaNi oficialistas ni opositores quieren quedar a la intemperie después de las elecciones. Grondona y la política del deporte.
l. Ningún partido dispone de la fantasía de luchar por el primer puesto, más bien se esfuerzan por ser segundos ahora y en el futuro.
2. Todas las agrupaciones se han dividido: unos se desgajan para sumarse al “crisnerismo” (legisladores del interior); otros, a variantes menos prósperas de dudosa proyección en cuatro años (macrismo).
3. Se han pegado con harina socialistas de Binner con espontáneos que ahora lo siguen y lo desconocían (y desconocen); Francisco de Narváez amplía su unión transitoria con Alberto Rodríguez Saá; el cuñado de Luis Barrionuevo (Dante Camaño) convoca y nuclea a expectantes de Mauricio Macri; y en la explosión del PJ disidente, Felipe Solá –entre otros– se cuelga de las faldas de Daniel Scioli y de Cristina, en un remedo patético de aquella anécdota de Borocotó. Y quizás en el momento menos oportuno, justo cuando un juez devoto se pliega a los rezos de Guillermo Moreno para amenazar ciertamente la libertad de expresión, de la cual el ex gobernador se suponía un celoso vigilador.
4. Como si fuera el último día de la guerra, muchos se atosigan en el aeropuerto y golpean puertas para que los atiendan, habiliten o perdonen; sin embargo, no abundan las invitaciones para ese ingreso ni la venia oficial y femenina que los redima de pecados anteriores.
5. Aunque por razones de edad se sospechaba de una natural renovación, ésta se produjo en forma instantánea por duelo: Graciela Camaño, Redrado, Amadeo, Gil Lavedra, Bullrich, Giudice empezaron a ocupar roles protagónicos; sin embargo, debido a publicidad ya contratada y a otros compromisos superiores, ciertos hábeas corpus harán que aparezcan con vida temporaria Alfonsín, Duhalde, Carrió.
6. Algunos soberbios del “crisnerismo” dirán que esta depuración, este parricidio, lo imponen ellos, autores de un nuevo ciclo histórico, repiten lo de los militares, lo de los Montoneros, más viejos los eslóganes que la yerba (de la buena y de la mala).
7. Tanto aquelarre en ese frente permite que delegados provinciales, exitosos en las urnas, se hagan los rulos –para citar a una hegeliana– por el advenimiento de 2015, de Alperovich a Capitanich, sin olvidar a Urtubey, año en que se figuran instalados en el mismo tren de Macri, De la Sota, Scioli y el suizo Binner. Se observará que el autor no menciona a otros herederos merecedores del gobierno, ni siquiera a Boudou, el más prometedor de todos, para quien más de tres acordes es trigonometría, experto para abusar del sueldo y del tiempo que le oblan los ciudadanos pero con la condición suficiente para convertirse, tal vez para cierto sector de la sociedad, en una suerte de esperanza blanca: el contenedor de los posibles desatinos a la hora de profundizar el modelo.
Aunque uno se concentre en estos avatares del cambio de gobierno –ya los cristinistas así lo anuncian, apenas como continuidad del crisnerismo y lejos del kirchnerismo–, parece más importante otro cambio de conducción gubernamental. Ya efectiva y de la que pocos hablan. Nadie ignora que Julio Grondona, el casi ochentón titular de la AFA, tuvo una operación gravísima, salvó por minutos la vida y tendrá, como mínimo, una recuperación lenta, pausada, que lo obligará por lo menos a suspender el ritmo y dominio absolutista de su gestión. Dato a contemplar, debido a lo que representa el fútbol en la cultura popular, a los negocios y servicios que concede y, sobre todo, a la multitud de cables sueltos que ahora no podrán desembarcar en un único enchufe.
Con la lejanía transitoria de Grondona, no sólo se aparta un socio de difícil reemplazo; se suma, lo que parece más complicado, una multitud de conflictos que antes simplificaba –para bien o para mal– el cuestionable jefe eterno de la AFA. No será lo único. Al margen de su asociación con Grondona, los adeptos al oficialismo hace tiempo que ensayan actuaciones en los clubes, en las internas. A juicio de este criterio, poderes omnímodos como el de Grondona sólo se consolidan por medio de votos. Y, en ese aspecto, por el momento el “crisnerismo” se supone imbatible. De ahí que intervenga en los comicios de clubes grandes o pequeños –como alguna vez intentaron, con más pasión personal que política, sindicalistas como Barrionuevo o Moyano, o el radical Nosiglia–, especialmente en los que se avecinan en Boca Juniors, cuna de Macri y en la cual su preferido (Daniel Angelici) sufrirá sin duda la descarga sonora de otros competidores, algunos incentivados por el triunfalismo del Gobierno. Sea por su pasado, trayectoria o prosperidad, al empresario se le asoman nubarrones críticos y, tal vez, esa campaña no alcance para que otro candidato gane –como suele ocurrirle a La Cámpora en las universidades– pero la batahola que se arma, la sensación de poder que construye y otro tipo de ventajas tientan a la aventura de los que desean participar en el reparto.













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