En otros ámbitos, los resultados podrán ser relativos, polémicos, discutibles. Pero en la temática que nos ocupa en esta columna, el fracaso de la gestión de Graciela Rosso, aunque falten meses para su culminación, es rotundo.
Si bien en los últimos meses Rosso selló un acuerdo visible con la cúpula de la CGT Luján-General Rodríguez, esa alianza no la ayuda a transitar en calma sus días de gobierno. Apenas es un palenque en el cual rascarse de cara a las próximas elecciones, sabrá Rosso a qué costo.
En la tarea diaria y en la relación constante con los trabajadores que pueden sostener los servicios comunales y, por ende, la tranquilidad comunitaria, el peso fuerte lo tiene el Sindicato de Trabajadores Municipales (STM).
Rosso lo supo incluso antes de asumir la Intendencia y a pesar de sus intentonas por cambiar una relación signada por el apoyo incondicional de esas autoridades a las acciones políticas de Miguel Ángel Prince, no ha logrado un solo resultado positivo.
Apenas inició su mandato, Rosso tuvo en sus manos una causa por la cual Enrique Peñalba, secretario general del STM, debió ser sancionado. Habrá quienes recuerden que fue protagonista de un hecho violento en la puerta de la Casa Municipal. El expediente durmió durante toda la administración rossista y nada lo despertará de acá a diciembre.
También trató de frenar la influencia del STM con prácticas repudiables, como fue la contratación de personajes que no se sabía de dónde venían y que sólo deambularon por los edificios municipales con actitud patoteril. En esos tiempos, el secretario de Obras Públicas era el ahora desterrado de Luján Adolfo “Fito” Sigwald, un sujeto que desde el propio Ejecutivo definían como “un hombre del conurbano” que “sabe cómo plantarse ante Peñalba y su gente”.
Rosso buscó controlar a los sindicatos fuertes de la Comuna alimentando las intenciones de crecimiento de empleados municipales dispuestos a pelear en la arena gremial. Fomentó la participación de una lista opositora a la conducción actual en las elecciones del STM, pero tampoco logró lo que buscaba. Es más, indirectamente fortaleció la estructura gremial del sindicato de Peñalba.
Ni siquiera le salió como esperaba la creación de la figura de Sergio Corzo como titular de un Sindicato de Empleados Municipales. Si bien ese sindicato inició su tránsito gremial respaldando a libro cerrado todas las disposiciones del Ejecutivo, con el correr de los meses Corzo rompió el idilio con Rosso y se transformó en otra piedra en el camino de la administración. Tal es así que en una de las últimas apariciones mediáticas (en el diario Perfil), Corzo criticó a la gestión de la jefa comunal en un tema sensible para los oídos de los funcionarios: la pobreza en los servicios públicos. Y como yapa agitó el fantasma del desembarco de Covelia en la recolección de residuos.
Por todo ello, que en esta semana el gobierno haya enfrentado un nuevo conflicto gremial, con los talleres en cese de tareas, en asamblea y molestos por el anuncio de cortar el contrato de cinco trabajadoras, es pura lógica. Rosso nunca logró sembrar una mínima simpatía entre las bases trabajadoras de la Municipalidad y los culpables no son ni los operarios ni los gremialistas. La razones radican en un gobierno carente de carisma, sin una planificación clara, con demasiadas figuras que entran y salen de la estructura ejecutiva y que, en general, viene optando por el enfrentamiento en lugar del diálogo.

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