Editorial: La confrontación como método

La Intendencia dejó de estar en manos de su custodio interino, Hernán Mosca. El lunes Graciela Zulema Rosso volvió al cargo para el que fue elegida allá por octubre de 2007.
Le bastó un puñado de minutos para imponer su método de gobernar. El temor a romper su equilibro emocional y recibir a cambio una sonata de reproches, se apoderó de prácticamente todos los funcionarios municipales, quienes el lunes respondían como alumnos de primer grado a todos los mandatos de la maestra.

Ese día, se reunió con su gabinete y escuchó explicaciones sobre obras realizadas y muchas, la mayoría, aún inconclusas. Allí Rosso no mostró todas sus cartas, porque este medio supo que durante la licencia la jefa comunal masticó la posibilidad de cambiar a algunos de sus acompañantes en el Ejecutivo y hasta tentó a profesionales para asumir secretarías con las que está profundamente disconforme.

Ese día también decidió ocuparse del tema excluyente para los empleados municipales: la necesidad de un aumento en sus haberes. Si bien la intendenta admitió la legitimidad del reclamo, tiró las culpas hacia el primer piso, donde funciona el Concejo Deliberante.

Con nula cintura política, dijo ante los trabajadores que las razones para no poder responder al pedido de incremento duermen en el Concejo. Atentos a cualquier migaja para picotear, desde el princismo tardaron 15 minutos en dar a conocer una respuesta y tratarla de "indebidamente informada". Por lo pronto, en el texto del presupuesto 2010 al que accedió este medio, el aumento brilla por su ausencia.

Al margen de las interpretaciones que puedan realizarse de las expresiones de Rosso y las especulaciones de campaña de la otra vereda, lo innegable es que durante su licencia la jefa comunal tuvo tiempo para no descuidar las actividades partidarias, pero no perdió un solo minuto en dialogar con los referentes de cada bloque –cuanto menos con un número que la ayude a contar con una mayoría de votos- y pedirle o explicarles las urgencias que, según ella, acarrea la aprobación o no del presupuesto 2010.

Con todo, cabe señalar que hace apenas un par de meses que está en plena vigencia la aplicación del presupuesto 2009 y parece que ya no alcanza con los aumentos de tasas que gentilmente le concedieron los concejales en ese proyecto y que, penosamente, enfrentan los bolsillos de todos los lujanenses.

Con esa misma mezquina y cuestionable excusa del presupuesto 2010 dormido en el Concejo, Rosso pretendió, el miércoles a la mañana, conformar a los trabajadores del Hospital que habían adherido al paro de ATE. Pero no sólo de palabras se conforman las relaciones. Reforzar la seguridad policial para concurrir al establecimiento de salud no aporta nada; al contrario, incrementa la crispación.

Asumió en 2007, pero Rosso sigue sin cosechar apoyos. No pudo antes de las vacaciones y la licencia, y no parece dispuesta a cambiar en su regreso. Por el contrario, con la confrontación como método, sólo consigue y suma enemistades.

Sin duda, hoy la situación del bolsillo de los trabajadores municipales no es la misma que en plena crisis por la caída del gobierno de la Alianza. Sin embargo, el clima de tolerancia es diferente.

Sólo una cuota de carisma lograría enfriar los ánimos. Son cuestiones elementales a la hora de construir poder, por más pragmático que esto suene. En infinidad de ocasiones las autoridades locales no han dado respuesta a los pedidos de los empleados comunales, pero se sabía enfrentar un conflicto. El problema es que el carisma no se compra ni se aprende.

Rosso regresó al Ejecutivo convencida de poder imprimirle al último tramo de su gestión una suma de logros que hasta ahora suenan utópicos. Si se escucha a los trabajadores de la Casa Municipal, a los que todos los días marcan en los talleres comunales o en el Hospital Nuestra Señora de Luján, queda la sensación de que la intendenta no sumará simpatías por más que inaugure una obra por día, de acá al fin de su mandato.

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