Editorial: Cada día más lejos

En reiteradas ocasiones se planteó desde este espacio una duda latente: ¿cuántos lujanenses conocen los nombres de los concejales; de sus representantes deliberativos? Se podría, tal vez, avanzar más en esa incertidumbre y señalar que es probable que ese desconocimiento se haya incrementado con el correr de los años.
Lo cierto, sin lugar a dudas, es que el Concejo Deliberante toma cada día más distancia de la gente o, mejor expresado, de los problemas de la gente. El cuerpo deliberativo que tiene a Hernán Mosca como presidente (con licencia) y a Oscar Luciani como su titular interino, se mantiene encerrado en sus cuatro paredes, con horario de oficina y con constantes ausencias de sus integrantes, lo que complica aún más la llegada de los problemas de los vecinos a sus representantes.

Con total intencionalidad, el princismo reavivó esta situación en el marco de la inauguración del período ordinario de sesiones. El concejal Salvador Domingo Faro pidió la palabra para solicitar a sus pares que se analice la posibilidad de cambiar el horario de las sesiones, que se realizan los segundos y cuartos jueves de cada mes, a media mañana. Faro, en nombre del bloque que responde ciegamente a Miguel Prince, pidió trasladar las sesiones "a la tardecita, para que puedan venir los vecinos".

Ahora que este sector está sentado del lado deliberativo del poder, propone al oficialismo lo que ellos no estaban dispuestos a hacer cuando tenían el control del Departamento Ejecutivo. Y fueron más allá del horario de sesiones, ya que Prince le expuso a este medio que "la idea es que también el Concejo abra sus puertas a la tarde".

La propuesta del princismo, si se logran alejar las especulaciones de campaña, no suena descabellada. En los últimos años, el Concejo Deliberante ha hecho todos los deberes para sostener o incrementar la distancia con la comunidad que lo rodea.

Las conformaciones de los últimos diez años, al menos, jamás se animaron a dar lugar tan siquiera al debate de la cajoneada propuesta de sesionar en los barrios o en las localidades. Tendrían o tendrán temor de salir de sus oficinas.

Lo cierto es que esa posibilidad de arrimar las deliberaciones al sitio en el que laten los problemas, sólo se da en casos excepcionales (en Jáuregui, por ejemplo, por el conflicto con Curtarsa).

También, con el correr de los años, se logró enfriar la utilización de una herramienta interesante: la banca abierta. Los concejales antes oficialistas, hoy opositores, fueron talando las condiciones de apertura que tenía esa opción para los vecinos, hasta transformarla en una alternativa olvidada.

La banca abierta sirvió para extender las voces de disidencia dentro del Concejo; para conocer realidades que no necesariamente podían encuadrarse en un proyecto de comunicación, de resolución, de ordenanza; para que los vecinos y sus instituciones tuvieran una voz equiparada con aquella de los ediles.

Pero la democratización de esta herramienta llegó a un extremo que preocupó a los concejales y fue entonces cuando los entonces oficialistas, hoy opositores, impulsaron medidas para complicar la participación de cualquier hijo de vecino en una de esas bancas. Hoy está dormida porque, entre otras cosas, hay que conseguir una gran cantidad de avales para utilizar ese espacio.

Prácticamente sin bancas abiertas, sesionando un día de semana en horario laboral, con sus puertas cerradas pocos minutos después del mediodía, con ediles que faltan sin justificar jamás sus ausencias, su apariencia comienza a semejarse a la de un club de amigos.

Esta distancia también responde a un menosprecio evidente hacia este cuerpo deliberativo por parte de la dirigencia político-partidaria. Muchos concejales toman al Concejo como una segunda o tercera opción laboral; como el sitio al que se llega de rebote, por participar de listas en las que no se repara puntualmente en las capacidades de sus miembros; o simplemente como trampolín para otra futura candidatura.

Tal vez los concejales prefieran estar recluidos para que no sean demasiados los lujanenses que se enteren que muchos de ellos no saben redactar un proyecto; que desconocen la mayoría de las normas vigentes, y que tampoco serían capaces de sostener un debate técnico sobre urgencias económicas, financieras, administrativas o legales a la comuna a la que representan.

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