Los países emergentes no están en la misma situación que en 2008 para enfrentar la crisis
Cuando en pocos días, los griegos pongan sus votos en la urnas, van a estar decidiendo no solo el futuro político de su país, sino el devenir de la economía mundial para los próximos años.
Un triunfo de la izquierda es leído por los analistas políticos como un quiebre inminente con el euro y la unión monetaria. Y no los culpo. Con socios como Alemania –que además digita las decisiones del bloque–, pertenecer al euro es más un obstáculo que un alivio.
Mientras los griegos no puedan reflejar en su moneda el abismo de productividad que los separa de los países desarrollados, van a seguir alimentando el círculo vicioso de caída del producto y aumento del endeudamiento.
Sin embargo, una salida apresurada por parte de Grecia genera consecuencias negativas para Europa, pero también para Estados Unidos y los países emergentes. De hecho, la continuidad del ciclo histórico de crecimiento del que disfruta Uruguay actualmente, se verá seriamente amenazado no solo por la salida de Grecia del euro, sino por la reacción del resto de los países europeos frente a ese suceso.
Y 2012 no será como 2008, para Uruguay ni para nadie. Los países emergentes no se encuentran en la misma situación que hace cuatro años, cuando el revés de la economía mundial los encontró blindados por un sólido crecimiento, una posición fiscal robusta y sin atraso cambiario.
Hoy el panorama es distinto. Uruguay consolidó un escudo de protección que puede cubrir sus deficiencias en el frente fiscal por un tiempo. Pero si la crisis se extiende, si el contagio se vuelve prolongado, no habrá línea contingente acordada hoy que pueda suplir la falta de equilibrios genuinos por el lado de las cuentas públicas, ni la brecha competitiva abierta en los últimos años.
Todo queda en manos de la decisión de unos pocos, en un país que nada tiene que ver con Uruguay. Sin lazos comerciales, financieros ni de inversión directa. Con el cual nos separan un océano y varios miles de kilómetros. Ahí tendrá lugar el 17 de junio, una decisión que será estudiada por los libros de historia económica universal.
Y cuando suceda lo inevitable, cuando el nuevo gobierno decida echar por tierra el tratado de Maastrich, le tocará el turno a Alemania, que deberá actuar rápido para limitar los costos, para soldar la maltrecha unión económica y monetaria que vaya quedando. Que aprenda de sus errores y deje de lado su tan exaltado orgullo germano.
Son muchos “tal vez”. Por eso los economistas hablan de un futuro incierto.
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