Dulces sueños

Una demanda judicial solicita suspender la actividad de la nueva terminal de ómnibus, hasta tanto se determine cómo disminuir el tremendo impacto ambiental que ha generado. Gracias a que sólo se previó lo que los interesados iban a ganar, los vecinos ya no duermen, ni se oyen, ni viven.
De asombro era el gesto de los vecinos cuando vieron los primeros movimientos de funcionarios que iban y venían, en medio de lo que hasta 2009 había sido la tranquila zona de la estación de trenes. Se había hecho mucha bambolla con el proyecto faraónico de una mega estación de transportes múltiples, que sería, en términos del elocuente Intendente, la "fiesta de Mar del Plata".

Nada parecía indicar, para un ciudadano del común, que las acciones traerían una serie de complicaciones inmanejables. Y lo cierto es que no era el vecino quien debía preverlo, sino el profesional especializado, el que debió estar en ese mismo momento midiendo el enorme impacto ambiental que se generaría: el cambio de vida se imponía a una zona antigua, de calles muy angostas, porque solamente las obras ya cambiarían la paz de los propietarios, con derechos previamente adquiridos.

Las obras no fueron ni la mitad de lo exultantes que se esperaba, porque el resultado no pasa de ser un galpón techado. Pero a la primera desmalezadora que se puso en marcha, la siguió una acción de desmonte, ya que los yuyales eran tan antiguos como la vieja terminal de trenes, casi con tantos años como los asentamientos irregulares en los vagones viejos. Las consecuencias de las máquinas fueron el desparramo de ratas por toda la zona, alimañas que vieron desmanteladas sus guaridas, y una acción sanitaria inexistente que generó una escena apocalíptica. Insectos que parecían provenir de otras latitudes venían precisamente de los pastizales de la estación.

Los vecinos dieron allí su primer alerta, y solicitaron a la municipalidad una intervención para el control de plagas. El resto cayó de maduro. A medida que las obras avanzaban, lo único que decía la prensa era que se venía la nueva terminal. La pregunta del millón fue: ¿quién es este señor que ahora es el dueño? Poco y nada se habló de los cambios al medio urbano que generaron las máquinas permanentes, los materiales de obra, y los trabajos acelerados: martillos neumáticos, palas a motor, y demás trastos ruidosos. Pero no preocupaba demasiado, porque seguramente las molestias serían momentáneas.

Pero claro, llegó la temporada 2009–2010, y la terminal tan mentada se puso en funcionamiento. Se habló del pliego de condiciones, de la forma en que la licitación se había realizado, y de las francas dudas que generaba que pagara el canon prometido, una empresa que no lo no había pagado en su negocio anterior.

Mientras tanto, los que vivían en la zona perdieron su ritmo de toda la vida, y vieron cómo las tranquilas propiedades de un barrio viejo y tradicional se convertían en reductos de imposible sobrevida, invadidos por ruidos constantes de tránsito de colectivos, de día y de noche. Los vehículos no sólo generaban ruido al pasar, sino que mucho tiempo antes de circular calentaban motores para poder alimentar el aire acondicionado y la calefacción.

Tal fue el tumulto, y tal la cantidad de micros en fechas pico en las callejuelas de una mano, que los agentes de tránsito ordenaban el maremágnum a golpes de silbato, y otros tantos bocinazos de micro respondían a la maniobra. Día y noche, noche y día.

Su atención, por favor

Esto no es todo, porque en una terminal no solamente hay micros en marcha. Hay también gran cantidad de taxis y remises, cuyos choferes esperan en fila, y charlan, incluso de noche, en medio de las veredas. Abren y cierran baúles de coches. Sí, adivinó usted, de día y de noche. Y más aun: los viajeros se despiden unos de otros. A los gritos y a los portazos, durante las 24 horas del día, como corresponde a una terminal que, obviamente, no debe estar ubicada en medio de viviendas familiares. Como si esto fuera poco, como si alguien hubiera podido conciliar el sueño en medio de esta locura, queda la voz de los altoparlantes exteriores que anuncian con una campana, salida y llegada de colectivos cada 5 segundos.

Tampoco se previó el impacto sobre los desagües pluviales. Cuando llueve copiosamente, ahora la zona se inunda. Sí, también se inunda la zona de la antigua terminal. En tantos años, nada se ha avanzado.

La firma tiene nombre y apellido, se llama Terminal Mar del Plata SA y tiene domicilio legal en el mismo predio de San Juan 1521. Según se indica en la documentación presentada en la causa, no habría cumplido con las especificaciones del pliego en cuanto a los cuidados necesarios para el evitar el impacto en la circulación de vehículos, ruidos y vibraciones, carga y descarga de mercaderías y actividades comerciales anexas.

En esta comuna nadie se ocupó tampoco de que así se hiciera. Desde el intendente, preocupadísimo por las repercusiones de las obras en el ámbito nacional -que según se dice afirmó que cinco vecinos no iban a arruinar la "fiesta de Mar del Plata"- hasta el área de Inspección General, y específicamente la Secretaría de Medio Ambiente de la municipalidad, cuya gestión política y práctica es prácticamente inexistente. Nadie ha puesto los ojos en averiguar cómo es que van a vivir quienes tenían propiedades en el radio cercano.

No son cinco sino tres los demandantes, que se presentan con la asesoría letrada de Liliana Castañeira: Daniel Rubio, María Marcela D’Amico y Luisa Cristina Iannone. Van ellos tres en defensa de intereses colectivos que afectan a todo un barrio, y que se encuentran reglamentados tanto en la Constitución Nacional, que protege los derechos ambientales, en las Constituciones provinciales, y en normas internacionales.

Son diversos los marcos de ley que apuntan precisamente a defender el bienestar de la población contra los avances de empresas que afectan las condiciones de vida con ruido, vibración y contaminación sonora. En la causa se detallan las normas IRAM, y la manera en la cual los vehículos deberían tener adecuados, tanto los decibeles de sus bocinas, como el impacto de sus motores de gran porte. La ley de tránsito prevé además pautas para ordenar la circulación vehicular en medio de un centro urbano.

Sin respuesta

La demanda se inició en el Juzgado Federal Nº 2, pero el juez Eduardo Jiménez se declaró incompetente, ya que a su criterio la cuestión debía ser dirimida en el ámbito de la Municipalidad de General Pueyrredón. En la actualidad, el expediente se encuentra en el Tribunal 2 en lo Contencioso Administrativo, pero al cierre de esta edición no ha habido una determinación al respecto, por más de que la solicitud de intervención y constatación de ruidos molestos y actividades irregulares en la zona, aun en horario inhábil, se había solicitado para Semana Santa.

En el ámbito ejecutivo local, están todos avisados. Las acciones de los vecinos -que han incluido a funcionarios de diferentes áreas- datan de mayo de 2009, y parecen no haber afectado el sueño de nadie dentro del palacio. Ni siquiera de la Defensora del Pueblo, que estuvo presente en alguna de las reuniones.

La cuestión ahora será determinar cómo sigue esto. Cómo se hace para dormir ahora, por más que la terminal ya esté hecha, y nadie se haya ocupado de ver siquiera por dónde iban a salir los colectivos, que hoy han complicado el movimiento en pequeñas calles aledañas, y en grandes avenidas.

Cómo sigue todo, cuando todavía no se han terminado las obras, y el movimiento comercial amenaza con aumentar. Si es que van a silenciar a los taxistas o a levantar un gigantesco paredón que actúe como parche de la ineficacia, para tapar los errores. Cómo se hace para dormir en la ciudad, si a uno le ponen una terminal delante, termina teniendo insomnio provocado sin comerla ni beberla, y encima es dueño de una casa que se vuelve invendible. Qué se hace ahora, si es que toneladas de cemento no alcanzan para lograr silencio de radio. Ni buenas noches.

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