La drogadicción en Bolívar, una batalla a punto de perderse

Quizás sea el momento de reconocer que estamos equivocados los que pensamos que la droga es mala. Que, al contrario de lo que siempre supusimos, la cocaína, la marihuana, el éxtasis, los psicofármacos, son excelentes promotores del crecimiento neuronal y los elementos que salvarán al mundo sobre la base de alimentar nuevas generaciones que se transformarán en las guías del universo.
Quizás sea así, porque de otro modo no hay forma de justificar la inacción en la que nos encontramos, como no sea aplaudiendo algunos operativos policia-les que parecen exitosos, si no vemos que operan como cortina de humo para tapar un tráfico que crece minuto a minuto en todo el territorio del país.

Podríamos hablar de estadísticas que, aún dudosas en cuanto a su credibilidad, igual ubican a la Argentina como el país latinoamericano número 1 en circulación de drogas, ya no sólo como puente de paso hacia otros destinos, sino especialmente para consumo local. Podríamos basarnos en reportes internacionales, de organismos bastante creíbles y, desde allí, el panorama se vislumbra como sencillamente desolador para los retrógrados que aún no aceptamos aquellas proposiciones que encabezan esta columna.

Sin embargo, no necesitamos estadísticas oficiales ni oficiosas, porque ninguna de ellas superará en eficiencia a nuestra directa percepción de la realidad, aplicada sobre lo que conocemos y vivimos en el día a día, es decir en nuestra comunidad pequeña y ya literalmente copada por este flagelo que dejó de ser patrimonio de las grandes ciudades.

Bolívar, estimado lector, es terreno fértil para la comer-cialización y consumo de drogas. Tan fértil ha sido a lo largo de muchos años que hoy se cuentan por miles los jóvenes consumidores de estas sustancias y los mercaderes, los que hacen negocio envenenando a nuestros chicos, ya ofrecen su mercancía sin tapujos ni escondites, exhibiendo la mercadería de la que son poseedores del mismo modo que lo hace quien vende relojes en la playa u ositos de peluche en las ferias populares.

Basta con madrugar un domingo y salir a las calles de esta ciudad con la mirada no demasiado atenta, para descubrir a chicos literalmente arrastrados por otros en busca del banco de una plaza, ojos desorbitados, accidentes, y siempre la violencia, como consecuencia inevitable de la pérdida del autocontrol que genera el alcohol en exceso sumado a drogas.

Mientras tanto ¿qué estamos haciendo los anticuados que todavía pensamos que este camino no conduce a un buen final? Como débiles padres que somos los que tenemos hijos en edades "peligrosas", poco y nada. Son muy escasas nuestras armas -circuns-criptas al diálogo aquellos que tenemos la suerte de ser escuchados- frente a una oferta tan amplia y tentadora y a la ausencia de políticas de Estado, que debieran haberse imple-mentado hace muchísimos años y que siempre están en las intenciones de los gobernantes, pero nunca en su agenda inmediata.

¿La Policía? Bien, gracias. Actuando cuando la dejan, armando operativos que a nada conducen a fuerza de ser siempre evidentes, dependiendo de estructuras superiores a las que deben pedir autorización generando burocracias estériles, y muchas veces dejando en manos de efectivos de dudosa capacitación cuestiones que debieran ponerse bajo la gestión de verdaderos profesionales, con incuestionable sentido ético de su acción.

¿La Justicia? Igualmente bien, muchísimas gracias. Juzgados abarrotados de expedientes, demoras en el tratamiento de temas urgentes, fiscales abnegados y probos muchos de ellos que, no obstante, carecen de herramientas legales y operativas para llevar adelante investigaciones exito-sas y algunos jueces ocupando cargos que sólo utilizan para devolver favores de quienes los ubicaron en esos sillones, conforman un cuadro de situación que, por cierto, podría completarse con más y más elementos de análisis y que no excluyen las buenas e insuficientes intenciones de funcionarios preocupados.

Volvemos al Estado, entonces, al que siempre le reclamamos y reclamaremos acciones concretas, definiciones claras, ya que es el único y verdadero respaldo ciudadano que tenemos. En este caso al Estado Municipal, al que le pedimos ayuda porque, como ya lo hemos reconocido, como padres, como amigos, como simples vecinos, estamos al borde de la derrota definitiva.

¿Qué les pedimos desde esta columna editorial a los actuales administradores del municipio local? Lo mismo que le hemos pedido a los anteriores, sin demasiado éxito, y que le pediremos a los que vengan, si las cosas siguen como van: una verdadera declaración de guerra a la droga por ser nuestro problema mayor (asumámoslo). Utilizar la estructura del Estado Municipal para promover estudios serios relacionados con el tema, convocar a especialistas y, fundamentalmente, llamar a los vecinos preocupados que mucho tienen para decir y actuar. Habrá que fortalecer los organismos que trabajan bien en el tema, reclamar en conjunto a quienes así no lo hacen, destinar recursos económicos, armar campañas de concien-tización, proteger al enfermo de adicción y agredir legalmente (sí, agredir) a quien lucra con ello. Desde el Estado y con la ley, con el objetivo quizás inalcanzable de desterrar la droga de estos lugares, pero convencidos de que podemos si estamos todos juntos.

Todos juntos. Al menos aquellos retrógrados, anticuados, pasados de moda, vetustos, pacatos, inocentes, que soñamos con ver a nuestros hijos y a los hijos de todos, sanos en su adultez.

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