Las pioneras fueron el tabaco, el alcohol, el juego. Después llegaron las drogas. Las más modernas fueron el sexo, el shopping, el trabajo. Y Twitter es la nueva y topísima adicción del siglo XXI.
Allí podés tener la segunda vida perfecta, la que soñás y con la que fantaseás. ¡#aplausos para Twitter!
Y es por eso que algunos usuarios nos hemos vuelto tuitstars: ocurrentes –o no-, inteligentes –o no- somos personas editando compulsivamente nuestro ser en 140 caracteres. Pero, como cazadores, usamos el erotismo, la comicidad, la inteligencia con un solo fin: tener más seguidores.
Para muchos se ha vuelto una necesidad tal, que hay sitios de Internet que educan y recomiendan tips para lograr incrementar el número de seguidores.
¿Cómo es un twitstar?
Aquí no entran ni los actores o cantantes famosos, ni los medios de comunicación. Se trata de personas, comunes y corrientes, que encuentran en este espacio la posibilidad de ser “famosos”.
Un tuitstar es ocurrente y magnético. Sugestivo, hipnótico, dominador.
No sabés por qué, pero a veces te descubrís esperando a ver qué es lo que va a escribir.
Yo sé que hay gente que en el TL me tilda de tuitstar, y me la banco: está bueno que te sigan, que te conozcan y-sobre todo en mi caso- que te lean. Te alimenta el ego, obviamente.
Es sí: los tuitstars tienen poses, son buenos actores. A saber:
Algunos hacen el papel de solitarios. Están solos –o eso dicen en el TL-. O están enamorados de imposibles –eso siempre queda copado-: sus viajeros que viven muy lejos, gente que tiene otra relación o simplemente, de alguien que no los quiere. El sufrimiento y la disconformidad en el TL garpa. Están sufriendo, están disconformes, siempre.
Histeriquean –¡always!, como en la vida- virtualmente y se piropean, tiran de vez en cuando –o todo el tiempo- una frase subidita de tono… y se pelean como adolescentes con los demás: me picoteás, te picoteo: “te dejo de seguir” es el nuevo “córtala flac@” y “te bloqueo” es el nuevo “matate, no te banco más”.
Otros son mala leche. Ser mala leche está de moda y es cool. Tuitear sin respiro sobre lo mal, lo equivocados, lo tontos y patéticos que son todos los demás es el leit motiv de muchos tuitstars. Lo mal que los otros se visten, lo mala que es la música que escuchan, lo naif que es el tuit alegre y lo denso que es el tuit bajón.
Así que ya sabés: tuitear con agresividad o amargura garantiza un número de followers respetable y en aumento.
Pero ¡ojo!: también la gracia es un buen recurso. Los divertidos, los ocurrentes son, en mi caso, los tuitstars que prefiero.
La importancia de las proteínas
A pesar de que amo el Twitter, y como lo explicaba en mi columna anterior, soy de los que piensan que la carne no se puede reemplazar.
En Mendoza, como en muchas partes del mundo, están proliferando las reuniones de tuiteros. Yo no soy de ir a ellas –justamente, por tuitstar- pero hay un par que me atraen particularmente, entre otras cosas, porque las organiza gente que aprecio: una de ellas es “Bodegas Twitter” y allí viví un verdadero descubrimiento.
Vi cara a cara a seres humanos maravillosos y terribles -como lo somos todos, digamos la verdad- que solo conocía desde la virtualidad. Edades disímiles, cuerpos disímiles.
Chocaron los mundos. La second life se unificó a la vida real. Por supuesto que me encontré con las diferencias: me di cuenta que ese que es más filoso que una navaja en Twitter, tiene realmente pocas habilidades para la interacción presencial. Que la diosa con avatar superhot es una chica común y corriente, y que el galancito es solo un metrosexual producido.
Al shock inicial lo siguieron las risas cuando todos nos descubrimos mentirosos y revelamos la abismal diferencia del aspecto real de las personas contra el de las imágenes en el avatar.
Porque en el avatar somos bellos, rebeldes, felices, artísticos, profundos. Nuestro otro yo donde el ego queda reconstruido, sano, culto, lustroso y bien escondido.
En la reunión las charlas se multiplicaron, porque al fin y al cabo, éramos como miembros de una misma logia. Escuché frases como esta: “casi ni salgo, porque odio socializar”.
Y volviendo a mi casa me preguntaba: ¿Odiamos socializar o tenemos una seria incapacidad para ello? ¿Qué pasa con los “amigos reales”? ¿Si siendo tuitstar llamo a alguno de mis seguidores por alguna específica causa, acudirá? Estoy seguro de que la respuesta es “no”.
Así como afirmo la veracidad del dicho “billetera mata galán”, me parece que en Twitter la frase “verbo mata carita” es la apropiada. En esta red social a los de buen verbo les va muy bien, y acariciar la fama –aunque sea por este medio virtual adictivo- es siempre irresistible.
En lo personal me encanta Twitter porque es un hervidero de pasiones.
Se cuecen habas con todas las recetas posibles: amistades instantáneas, pícaros piropos, noviazgos sui géneris, pornográficos mensajes directos, discretas infidelidades, coqueteos inocentes, enamoramientos platónicos. ¡Lleve señor! ¡Compre señora! La oferta amorosa, chichonera, “alimenta-ego” de esta red lo tiene todo.
Pero lo que me alarma es que ahora llamar por teléfono es vintage. Organizar una juntada de amigos se está poniendo retro, y hasta sentarte frente a frente para terminar una relación es old fashion.
Tengo amigos que han terminado relaciones por DM. “¿Por qué no, si el otro está “on line” y 140 caracteres son más que suficientes para decir adiós?”, me contestaron cuando yo no les pude creer lo que habían hecho.
¿Será el preludio de una generación –o varias– en las que iremos abandonando las citas en los cafés, la salida al cine, el trago en un bar, las llamadas telefónicas y hasta el chat por Messenger?
Yo me reconozco fan de Twitter y ávido consumidor de esta red. Me atrapa, me seduce, me fascina. También sé que me he vuelto tuitstar. Y hasta asumo mi incipiente adicción.
Pero lo cierto es que opino que el fenómeno no es Twitter, sino nosotros. Los que lo usamos. Los que estamos vivos, y en él volcamos esos infiernos y cielos personales que nos habitan.
Twitter no es una visagra en el mundo de Internet, sino un fenómeno humano. Y como humanos, tenemos que asumirlo como “algo más” en nuestra vida, y no la vida toda.
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