Los dólares ya no alcanzan, pese a que aún sopla el viento de cola

Por Alcadio Oña

Los términos del intercambio miden la relación entre el precio de los bienes exportados por un país y el de los que importa: no todos, sino aquellos con mayor peso. Una ecuación desfavorable por un tiempo prolongado puede traducirse en desequilibrios en el balance comercial capaces de terminar en devaluación. Y una inversa significa desahogo considerable.

En su historia, la Argentina ha tenido bastante más de lo primero que de lo segundo. Pero durante la era K esa relación le fue propicia como pocas veces antes , nunca durante un período tan extenso. Es lo que suele llamarse viento de cola.

Para que se tenga una idea del fenómeno, los últimos datos del INDEC revelan que en el cuarto trimestre del año pasado el índice de términos del intercambio superó en un 44 % al de 2002, o sea, al de poco antes del comienzo de la gestión kirchnerista. Y sobrepasó en 50 % al promedio de los años 90.

Ejemplos muy recientes aparecen en las cuentas del balance comercial de 2011.

Los precios de las exportaciones subieron, en promedio, un 16 % respecto de 2010. Con aumentos del 29 y del 22 % para los productos primarios y las manufacturas agropecuarias, que representan más de la mitad de las ventas al exterior.

Y los de los bienes importados, muy influidos por la cotización del petróleo, crecieron 10 %. En algunos casos, como piezas y accesorios, bajaron 1 %.

Salta, aquí, aquella relación favorable. Y más notoriamente, en las exportaciones originadas en el sector agropecuario.

No es el caso atribuir todos los resultados de la gestión económica kirchnerista al viento de cola, aunque algunos especialistas han advertido que la curva del PBI corre bastante pareja a la de los términos del intercambio. El efecto existió, y existió en grande.

Empezando por la soja.

En 2002, con una tonelada de soja era posible comprar un teléfono celular básico; hoy, la misma tonelada permite adquirir 25. Con 20 toneladas, se accedía a una computadora portátil; ahora ese equipo sale 10 veces menos.

En el recorrido se combinaron un fuerte avance en el precio del grano y sus derivados con otro mucho menor o una caída en los de bienes industriales.

La cotización de la soja supera largamente a la de los años 90. Desde comienzos de 2001, escaló un 150 % y 117 % respecto de 2003 .

Nada permite inferir que con los actuales valores los gobiernos de Menem y De la Rúa habrían sido distintos de lo que fueron. Pero en los hechos no contaron con semejante ayuda.

El despliegue tecnológico, la innovación y la extensión de la frontera agrícola potenciaron la productividad del campo. Sumados al envión de los precios internacionales, alumbraron la estrella del sector, la super soja.

Así fue posible, según la consultora Economía & Regiones, que las exportaciones del complejo sojero acumularan US$ 90.500 millones desde 2006 . Pegaron un salto del 135 %, y en dólares.

En 2006, representaban el 19 % de las ventas totales al exterior. En 2011, un 25 %.

No es casual, entonces, que la cotización en Chicago sea seguida día a día por los funcionarios. Ni que ahora mismo midan el impacto de la sequía y haya inquietud por la desaceleración de la economía de China, el gran mercado para el producto argentino.

Por fuera de cualquier discurso, todo pasa en el tiempo de la sojadependencia.

Este año puede reportar unos US$ 21.000 millones. Algo falla si, con una fuente de divisas de un calibre así, Guillermo Moreno controla cada dólar que sale del mercado, administra importación por importación.

Y lo que ha fallado fueron las políticas.

Las importaciones avanzaron, incontenibles, impulsadas por el crecimiento de la economía. Y pusieron al descubierto los grandes agujeros en las cadenas productivas, que son llenados con bienes e insumos del exterior.

Efecto de la escasez de divisas es la reforma a la Carta Orgánica del Banco Central, que le permite al Gobierno remover trabas al uso de las reservas. Y combinado, el impacto de las importaciones energéticas y el déficit en el balance comercial sectorial.

Este año, las compras de gas y combustibles pueden arañar los US$ 13.000 millones. Y el desequilibrio llegar o desbordar los 5.000 millones.

Si es posible comprimir otras importaciones, aún al costo de sacudir la actividad económica, las energéticas no pueden entrar en ese espacio: sencillamente, porque no hay aquí con qué sustituirlas y se pararía todo . Eso explica los afanes de Moreno por cuidar cada dólar.

También es grande la dependencia de la industria local del mercado brasileño. Tal cual pasa con la soja y China, si la economía del socio del Mercosur se resiente, se resiente la actividad fabril.

Los apremios actuales muestran que el país no ha aprovechado el viento de cola de estos años, para algunos especialistas, una oportunidad histórica. Dicen que pudo haberse sacado provecho de los recursos naturales para catapultar inversiones en sectores dinámicos, capaces de entrar en mercados del exterior y de crear trabajo productivo de calidad creciente.

Es creencia generalizada que, al menos por un tiempo, los términos del intercambio seguirán soplando a favor. El punto es que, con los problemas estructurales que enfrenta la economía, parece necesario que sople con mayor fuerza aún.

Y ese ya es otro cantar.

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