Por Jorge FontevecchiaCuentan los médicos que después de una operación dolorosa no pocos pacientes hacen una regresión al pasado como una instintiva forma de protección. El dolor psíquico es más perenne que el físico, y hasta hay pacientes amputados a quienes se les suministran calmantes para el dolor de una pierna que ya no tienen (el dolor está en el cerebro).
La Argentina tiene ambos traumas: la hiperinflación de fines de los ochenta y el hiperdesempleo de fines de los 90. Pero fue la devastación de 2001/2002 la que generó la regresión que nos hizo volver a valorar ideas económicas vigentes hace cuarenta y sesenta años, algunas de las cuales, desgraciadamente, están desactualizadas. El desconsuelo post traumático siempre lleva a buscar refugio en la nostalgia; la convertibilidad también fue una regresión post traumática, en su caso a principio del siglo pasado, cuando el patrón oro era lo habitual.
Hoy, en todo el mundo hay una tendencia a mayor regulación económica, pero así como en los 90, cuando la tendencia mundial era la opuesta, la Argentina fue uno de los países más privatizadores, ahora es de los países más intervencionistas. Nuestra coherencia es la falta de límites.
Tras ganar ampliamente las elecciones, el Gobierno comenzó a corregir los subsidios dando indicios de comprensión económica. Pero con el dólar siguió el camino opuesto. La primera señal fue en noviembre, cuando, mientras Brasil se alegraba de haber podido finalmente devaluar su moneda el 20% después de soportar un proceso de años de revalorización del real que minaba su competividad y canibalizaba su superávit comercial, el Gobierno argentino impuso un control de cambio para frenar el aumento del precio del dólar y se enorgulleció por haberle “torcido el brazo al mercado”.
La segunda señal fue esta semana, al disponer un sistema de control de todas las importaciones.
Si el dólar costara $ 4,80 en lugar de $ 4,30, el Gobierno cobraría más retenciones por las exportaciones; también sumaría ganancias al Banco Central, incorporables al tesoro, y limitaría las importaciones sin tener que apelar a que Moreno saliera a las trompadas para que bajaran. ¿Por qué, entonces, le temen tanto a un dólar más alto?
Una primera explicación sería que una mayor devaluación se trasladaría a precios reduciendo la capacidad de consumo. Pero esta explicación se torna parcial cuando el Gobierno no le teme a la inflación agregada que produciría la reducción de los subsidios, que va mucho más directamente a afectar la capacidad de consumo de las personas que una devaluación en la cual sólo una parte se traslada a precios, y otra parte no.
Una explicación diferente vendría de la relación entre exportaciones y consumo, basada en la noción de que las exportaciones son un ahorro, algo que no consumimos y se lo damos a otros para que consuman. Por eso los chinos, y los orientales en general, exportan mucho, porque ahorran mucho, ahorran casi el 40% de lo que producen. Pero por la estructura de nuestro comercio exterior, nuestra principal exportación es un producto como la soja y sus derivados que no consumimos. Y respecto a las otras commodities que sí consumimos, no es casual que Brasil haya aprovechado para devaluar el 20% su moneda cuando hubo una baja mundial de los precios de las commodities haciendo que se compensara la suba del dólar con la baja del precio en dólares sin encarecer los alimentos en su mercado interno.
Distintos gobiernos peronistas, aun con tácticas opuestas, como las del menemismo y el kirchnerismo, siempre tendieron a tener un dólar bajo con el fin de alentar un mayor consumo, ahorrando menos y gastando todo aquello de que se dispone. Así se ganan elecciones, como bien lo demostraron Menem y Néstor y Cristina Kirchner (mientras no se agote el stock).
Como toda herramienta, al extremar su uso se termina logrando lo opuesto a lo buscado. Los controles cambiarios y las limitaciones a las importaciones logran al comienzo mejorar el superávit comercial pero luego terminan desalentando la inversión, generan desempleo y, finalmente, bajan el consumo.
La mejor explicación sobre por qué el Gobierno no aceptó un dólar de $ 4,80 y sí mayores tarifas y menores subsidios asume que sí es consciente de que un peso sobrevaluado tendrá un alto costo para sus propios objetivos, pero no pudo hacer las dos cosas juntas. Que temió que al bajar los subsidios y aumentar el dólar al mismo tiempo se pudiera generar una retroalimentación que potenciara los efectos negativos de ambas medidas. Los temas están unidos en el pensamiento del Gobierno porque se anunció el plan para bajar los subsidios junto con el control de cambio.
De ser así, Moreno sería un bombero que vendría a contener el precio del dólar y el volumen de las importaciones sólo por un tiempo, un año por ejemplo, para que una vez que se haya digerido el aumento de tarifas y el descenso de los subsidios, se corrija el valor del dólar y progresivamente se reduzcan las barreras cambiarias y de importaciones.
Esa es la hipótesis ideal. Porque si, por el contrario, fuera porque el Gobierno tuviera una relación fantasmática con el dólar, si hubiera quedado prisionero de un trauma de carácter ideológico-religioso y creyera realmente las acusaciones de golpes de mercado y terrorismo financiero, o estuviera convencido de que todos los años puede revalorizar el peso 15 por ciento, terminaría por dañar lo que tanto quiere preservar, que es el mayor crecimiento posible.
Un ejemplo es ilustrativo: los habitantes de las provincias cordilleranas que tienen un cruce a Chile van a hacer compras de bienes semidurables a ese país porque los precios allí son significativamente más bajos que en la Argentina.
Todos reconocen la honestidad y el patriotismo de Moreno, pero en economía, como en toda la ciencia, hay leyes contraintuitivas. Ese cuidado vale también para la Presidenta.


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