Ricardo Forster¿Qué se le pide a un discurso presidencial en el que se pasa revista al estado de la Nación?
La tapa que le dedica Clarín el viernes siguiente es antológica y reduce más de tres horas de discurso (en las que se recorrió las diversas tramas de la vida económica, la cuestión social analizada a través de índices insospechados de parcialidad hacia el gobierno y que muestran un claro descenso de la pobreza y la indigencia, la educación y los cambios estructurales que en esa esfera fundamental se han producido, la sustitución de importaciones en medio de una gravísima crisis económica de los países europeos, la política de derechos humanos, la reivindicación de la soberanía sobre las islas Malvinas, la compleja trama de las políticas e inversiones energéticas y mineras, la acuciante problemática de los ferrocarriles, el anuncio de la reforma y unificación de los códigos Civil y Comercial, el envío de un proyecto de ley para la reforma de la carta orgánica del Banco Central, la eliminación definitiva de la convertibilidad, etc.) a la decisión, absolutamente menor, de reintegrar por un mes la Policía Federal a la seguridad de los subterráneos. La intención, como es obvio, fue reducir la complejidad y espesura de la intervención presidencial a una m ínima expresión que, además, demostraría la razón que le cabe a Macri, quien, para el grupo monopólico, constituye la última esperanza blanca ante el sistemático avance del proyecto kirchnerista. No importa si Macri actuó con total irresponsabilidad, tampoco importa, para quienes suelen enarbolar la bandera de la seriedad institucional y la necesidad de respetar los contratos –aunque ellos los rompan cuando les da la gana y de acuerdo con sus intereses– que el niño bien que dice gobernar la Ciudad haya roto, vía una conferencia de prensa –de las que tanto les gusta a la corporación mediática– con lo firmado apenas semanas atrás y después, por supuesto, de haber aumentado exorbitantemente las tarifas para beneficiar al grupo concesionario. No importa nada de eso. A Clarín lo único que le interesa es transmitirles a sus lectores que todo el discurso presidencial se redujo apenas a una cuestión significativa, pero absolutamente menor en términos de un proyecto unificado de país, para la vida cotidiana de los porteños. El resto fue cháchara, relato “autoelogioso” e inclinación, peligrosa, hacia la modalidad chavista de discursos interminables en los que nada significativo sucede salvo la ampliación, como dirían algunos escribas de la oposición, de la voluntad de impostura y ficción que atraviesa el discurso oficial. Cada día que pasa el diario del clarinete se supera a sí mismo. Su objetivo principal es ofrecer la imagen de un país en estado de catástrofe permanente. Ésa es su estrategia destituyente actual después de encontrarse con el 54% de los votos.
La Nación, más seria a la hora de destacar aquello de lo dicho que afecta sus intereses y su núcleo ideológico neoliberal, remarcó que lo principal de la intervención de CFK fue el anuncio, para ellos preocupante, de elevar un proyecto de ley que reforme la carta orgánica del Banco Central y que tiene como principal objetivo disponer a discreción de las reservas para seguir “financiando los gastos exuberantes del Estado mientras el modelo choca contra sus propios límites”. Ése es el corazón, así lo piensa el diario fundado por Mitre, del avance populista sobre las instituciones de la República (estoy esperando la crítica que ciertos intelectuales que se dicen “progresistas” harán de esta decisión fundamental que, como otras tomadas en el pasado, señalan con claridad el rumbo de un gobierno que busca desarmar, una tras otra, las trampas y las bombas de tiempo dejadas por el neoliberalismo). La Nación, a diferencia del simplismo conceptualmente paupérrimo de su socio mediático, no confunde el árbol con el bosque y, con los tapones de punta, sale a denunciar la intención que se guarda detrás de una ley que, eso lo ha dicho la Presidenta, habilitará al Banco Central para ponerse al servicio de los intereses de la Nación, que son los de las mayorías populares, y no continuar atado al interés del capitalismo especulativo financiero (nunca hay que perder de vista que la última reforma de la carta orgánica se hizo durante la convertibilidad, otra de las rémoras que fue liquidada el jueves pasado, y tenía como objetivo excluyente atar a la economía argentina a la lógica de la valorización financiera que nos condujo a la peor catástrofe social de nuestra historia y hacia un proceso de desindustrialización, que si bien fue iniciado por la dictadura a través de su ministro Martínez de Hoz, encontró en Cavallo y en su modelo el punto de mayor condensación).
La Nación y los sectores corporativos a los que representa ideológicamente saben lo que está en juego cuando se toma una decisión trascendental como la que anunció Cristina en un discurso que, para algunos, careció de interés o fue más de lo mismo (¿por qué algunos opositores progresistas, economistas y dirigentes sindicales, otrora combativos, silencian la importancia de este proyecto de ley –diseñado concienzudamente por Mercedes Marcó del Pont y bajo directivas presidenciales– y continúan con su inacabable “denuncia” de la impostura presidencial? ¿Qué intereses defienden cuando, y más allá de declararse representantes populares, han actuado a contramano en momentos históricamente decisivos: recuerde el lector el voto de Claudio Lozano durante el conflicto por la 125, la mezquindad de Pino Solanas cuando se votó la ley de servicios audiovisuales y la permanente beligerancia de Víctor de Genero contra un gobierno que ha hecho muchas de las cosas que le dieron sentido al nacimiento y al despliegue de la CTA durante la larga marcha de los noventa neoliberales? De los otros opositores –radicales, macristas, duhaldistas, carrioristas, etc.– no esperábamos otra cosa que lo que siguen haciendo en defensa de los intereses del establishment).
Si algo ha quedado claro, y esto más allá de las operaciones mediáticas que buscan minimizar lo que viene sucediendo en el país, es que la palabra “política” encuentra su lugar de reconstrucción y revalorización en quien hoy ejerce la primera magistratura. El discurso del 1º de marzo constituyó, una vez más, la evidencia de esta apuesta, a contramano de la lógica dominante y de los deseos del poder corporativo, por la política como herramienta transformadora y de la democracia como escenario fundamental de ese litigio, todavía no resuelto, por la igualdad. Un discurso maduro, conceptualmente implacable, exigente para quien lo escuchó, equilibrado entre las cifras que apoyan lo realizado y la explicación del rumbo que, en el comienzo mismo, definió el corazón de lo dicho: es tiempo de cambiar allí donde sea necesario pero manteniendo el sentido, los objetivos y el rumbo del proyecto iniciado por Néstor Kirchner en mayo de 2003. Entre la fidelidad a las convicciones de origen y la invención imprescindible para hacerle frente a las exigencias de una época compleja se movió, una vez más, el discurso de Cristina.






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