Por: Joaquín Morales Solá.La precipitada caída de Fernando de la Rúa, hace diez años, dejó secuelas políticas y económicas que aún se perciben. El sistema de partidos políticos no se reconstruyó nunca y, por el contrario, su crisis parece haberse convertido en profunda y terminal.
La renuncia de De la Rúa fue una consecuencia de sus errores en política económica, pero también de la desesperación del peronismo por recobrar el poder. El entonces presidente recurrió a Domingo Cavallo en los momentos ya agónicos de su administración para que administrara la herencia económica que había legado el menemismo, sobre todo un insoportable endeudamiento.
Sucedieron dos problemas entonces. El primero fue la decepción de los votantes de la Alianza, que habían elegido en 1999 a la fórmula De la Rúa-Alvarez para que hiciera algo distinto del menemismo y no para que lo copiara. El otro problema fue la insuficiencia de la solución. La economía argentina se acercaba a una tormenta perfecta. El precio de las materias primas que exportaba la Argentina era sólo un tercio del actual. La deuda pública superaba ampliamente al PBI y los vencimientos se acumulaban peligrosamente. El déficit fiscal y la deuda necesitaban de nuevos créditos por unos 2000 millones de dólares mensuales. La convertibilidad le impedía al país, además, contar con el recurso de una moneda propia.
El peronismo acechaba. En octubre de 2001, dos meses antes de la caída de De la Rúa, el justicialismo había ganado las elecciones legislativas nacionales de mitad de mandato. Un senador peronista, Ramón Puerta, había sido aupado al cargo clave de presidente provisional del Senado, que lo colocaba en la inmediata sucesión del presidente. Fue un mensaje implícito, pero claro, del peronismo a la comunidad política de que estaba en condiciones de hacerse cargo del poder. Quería desesperadamente, en verdad, retomar el poder.
De la Rúa se encerró en un círculo cada vez más pequeño, en el que influían más su familiares o sus amigos que la relación de fuerzas políticas. La réplica de ese modo no ha cesado hasta nuestros días. La renuncia de Carlos "Chacho" Alvarez, apenas ocho meses después de asumir la vicepresidencia de la Nación, condenó al naufragio a la primera experiencia argentina de un gobierno de coalición. El propio De la Rúa se movía más como un histórico caudillo político argentino que como el jefe de una amplia alianza gobernante. La renuncia de Alvarez dejó a De la Rúa, para peor, sin mayoría en la Cámara de Diputados. La coalición gobernante había sido siempre una minoría en el Senado.
El presidente radical sobrellevaba desde hacía más de un año la denuncia pública por presuntas coimas pagadas en el Senado para que aprobara la ley de reforma laboral. El caso está aún en la Justicia y el año próximo se hará un juicio oral para juzgar ese eventual delito. Fue otro divorcio de De la Rúa con sus votantes, porque éstos habían repudiado los múltiples hechos de corrupción de la era menemista. En su momento, el escándalo significó la implosión de la coalición gobernante, porque el vicepresidente Alvarez creyó en la veracidad de la denuncia. De la Rúa dio entonces un golpe de autoridad y ratificó o ascendió a los funcionarios denunciados. Alvarez se fue del gobierno y rompió de hecho la alianza oficialista.
Si bien el gobierno comenzó un grave proceso de erosión a partir de ese cisma, lo cierto es que la suerte del gobierno de De la Rúa habría sido distinta si la economía hubiera sido menos ingrata. Paralelamente, en Washington había asumido, en enero de 2001, George W. Bush y con él llegaron a la administración norteamericana los más duros exponentes de la economía del Partido Republicano. Su influencia se extendió al Fondo Monetario Internacional. El Fondo le negó los indispensables créditos a la Argentina pocos meses después. El mercado financiero internacional siguió los pasos del organismo internacional. La Argentina se quedó, en medio de la tormenta, sin créditos en un mundo en el que las materias primas valían muy poco.
De la Rúa se negó a decretar la muerte de la convertibilidad y, por lo tanto, a devaluar; incluso, rechazó una gestión final y desilusionada de su jefe de Gabinete, Christian Colombo, para que Eduardo Duhalde, flamante senador triunfante en la provincia de Buenos Aires, se hiciera cargo de la jefatura de los ministros. De la Rúa suponía que Duhalde venía con un plan devaluador bajo el brazo (no se equivocaba) y temió que una hiperinflación lo eyectara del poder como le había sucedido en 1989 a otro presidente radical, Raúl Alfonsín.
Presionado por la política, encorsetado por la economía y luchando con sus propias limitaciones personales y políticas, el presidente débil se enfrentó sin suerte al último desafío: un rumor intenso (también falso) aseguraba que se decretarían sucesivos feriados bancarios. El rumor provocó una inmediata corrida de depósitos. El corralito bancario que se instauró sacó a la calle las cacerolas de la clase media porteña, la misma que había votado durante casi 30 años a De la Rúa. El presidente se quedó entonces sin su base electoral. El peronismo espoleó los asaltos a los supermercados en la provincia de Buenos Aires, que desaparecieron por arte de magia no bien el peronismo se aferró de nuevo al poder.
Impotentes ante el desastre
La caída de un presidente no significa nunca sólo la tragedia política y personal de un hombre. Conlleva muchos sufrimientos sociales. A la renuncia de De la Rúa le sucedieron gobiernos peronistas que decretaron el default de la deuda pública (a la que luego se sumó el de la privada), mayores restricciones para el acceso a los depósitos privados, la confiscación de los ahorros en dólares y una hiperdevaluación que redujo los salarios medidos en dólares a una tercera parte de lo que eran.
La sociedad reaccionó brutalmente ante una dirigencia política impotente para administrar la crisis. El "que se vayan todos" fue un slogan repetido y arbitrario, porque no todos tenían la culpa y porque la fuga de todos hubiera significado el vacío político. Lo cierto, de todos modos, es que los partidos políticos cayeron en una crisis de representatividad que todavía la padecen.
Los argentinos parecieron descubrir entonces que una coalición de gobierno (que ha funcionado y funciona muy bien en el resto del mundo) no es una buena receta para gobernar el país. Desde entonces, la sociedad se desatendió de los partidos políticos, incluido el peronismo como organización política, y depositó su fe en un líder o en una líder. La caída de De la Rúa significó también una notable degradación de las instituciones y de las formas de la democracia que aún pervive. Constituyó, al mismo tiempo, la notificación formal al mundo de que la Argentina, capaz de reponerse rápidamente de golpes muy crueles, es también un país imprevisible, sin medidas, que por momentos pierde hasta el sentido de las proporciones..




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