Por Ricardo RoaQué les sucedió a los dos enfermeros uruguayos que asesinaron al menos a 16 pacientes? “Me creí Dios”, explicó uno de ellos, como si se hubiera adueñado de la vida y de la muerte.
La práctica macabra descubre un tema tabú: el destino y el cuidado de los más viejos. De lo que hace la sociedad con ellos y de lo que hacemos nosotros mismos con quienes por sus enfermedades o por sus años se convierten en una molestia.
El mundo ha cambiado en muchos sentidos para mejor. Pero paradójicamente no hay espacio para los ancianos.
La sociedad era más inclusiva y tolerante: los viejos morían en sus casas. Y lo que antes se rechazaba culturalmente, el geriátrico, se volvió moneda corriente.
Las viviendas son más chicas, las mujeres trabajan y los trabajos se han vuelto más arduos.
No se encuentra lugar para alojarlos ni tiempo para cuidarlos.
Son situaciones dolorosas y complejas. Pero quienes no pueden cuidarse solos y no tienen quién los cuide son depositados en sitios donde no conocen a nadie ni nadie los conoce.
Y en el momento en que están más vulnerables.
Los abogados de los enfermeros asesinos dicen que mataron por “piedad”, como si hubieran dispuesto anticipar la muerte de quienes sufren enfermedades frente a las que vivir parece más duro que morir. Pero nada indica que se tratara de suicidios asistidos: mataban simplemente porque los pacientes les daban mucho trabajo.
Los enfermeros pasan más tiempo con los enfermos que los familiares y médicos. Cualquiera que estuvo internado lo sabe. A veces hasta son el único contacto con el mundo exterior.
Tienen ese poder en una zona limítrofe entre la vida y la muerte.
Y lo ejercían aquí sin ningún control.
“Me creí Dios”. Un dios siniestro que decidía a quienes quitaba de este mundo. Un horror. El telón de fondo es la expulsión de los ancianos de sus familias, su exilio, su soledad y la crueldad de un sistema que, de algún modo, los mata antes de que mueran .
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