Bruera mide más que Cristina en La Plata. Y ya no quiere fotos con ella. Pero tampoco sabe cómo despegarse. Encima, no maneja a los K de la Octava. En la Nación, la banca es Randazzo
Bruera que ha delegado prácticamente toda la gestión en su hermano Gabriel, está convencido de que debe rechazar al kircnherismo más puro para no ser arrastrado; o para no quedar a su merced. El problema es cómo.
Además, Bruera tampoco tiene predicamento puertas adentro del kirchnerismo local. No arma con La Cámpora, tampoco en las huestes de Gabriel Mariotto, y menos en el sciolismo, que tiene a Alberto Pérez como el hombre en la Octava. Cree, también, que lo destratan. O ningunean, en otras palabras.
Cristina, para colmo, tomó como su principal espada en la ofensiva actual a su archienemigo del pago chico, Julio Alak. Y la Presidenta escucha a su madre, Ofelia, quien siempre bancó (esto no es ninguna novedad) a Julio en desmedro de Pablo.
El intríngulis del bruerismo no es nuevo: cómo parecer K puertas adentro. Y cómo parecer no K puertas afuera. Está claro, el kirchnerismo no está en el ADN de Bruera.
Tanto en las elecciones de 2007, como en la actualidad, uno de los principales interlocutores fuertes del platense, es Florencio Randazzo, quien mantiene su vivienda en la zona norte de la capital bonaerense. Entre los dos, no cuecen las habas del kirchnerismo. Bruera ha quedado outsider, coqueteando antes de las elecciones de 2011 con Sergio Massa, y hoy buscando referencia lejos de los K, pero lo más disimulado posible.






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