Diez millones de personas tienen problemas de vivienda en el país. Tomas y asentamientos, represión y muerte. Créditos hipotecarios que no existen o son inaccesibles. Olavarría y el frustración de las 1.000 casas K. El 72,8% es propietario en la ciudad. Se construyeron 913 viviendas por año desde 2001. Números oficiales.
De los 3 millones de hogares con graves problemas de vivienda, un importante número la habitan de manera irregular -ni propietarios ni inquilinos- y el resto tiene deficiencias profundas en paredes, techos y servicios. Un gran porcentaje aúna los dos dramas.
Los datos surgidos del Observatorio Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) dejan sentado que el mayor número de viviendas afectadas en su tenencia y/o infraestructura pertenecen a la provincia de Buenos Aires y, más específicamente, al Conurbano bonaerense, donde "uno de cada diez hogares tiene más habitantes de lo adecuado para la convivencia de la familia y las posibilidades de desarrollo personal". Un territorio, la Provincia, donde sobrevive un tercio de la población del país y, por ende, el 35 por ciento de los electores. Una identificación imprescindible en épocas de campaña.
En los últimos veinte años, alrededor de la Capital Federal confluyó la mayor parte de las migraciones internas de la Argentina, con una expansión exponencial de villas y asentamientos y un crecimiento vegetativo superior a otros grupos sociales. La crisis de la vivienda estalló a medida que miles de argentinos fueron abandonando las provincias del Norte y los pueblos rurales castigados por la desaparición del empleo. Su ilusión urbana terminó prontamente, en la mayor parte de los casos, en la populosa periferia que hoy ocupa tierras de altísimo valor inmobiliario en la Capital.
Los arrabales metropolitanos que se derraman en el Conurbano apilan la miseria sistémica, como contenedores de la sobra social. Casi sin agua corriente, ni cloacas y con la salud acechada por los núcleos contaminantes alrededor de los que se conforman las villas y asentamientos. Con gas envasado como único combustible domiciliario: mientras las garrafas son muy caras y poco seguras, el Estado subsidia el gas en red, destinado casi con exclusividad a las clases media y alta. Fotos indubitables de la injusticia.
Créditos sin crédito
Los créditos hipotecarios se volvieron quimeras, ilusiones inalcanzables para la gente de clase media trabajadora que sueña con la seguridad profunda de una casa propia. En primer lugar, estos créditos son muy escasos. Y los que existen son absolutamente inaccesibles. La Unidad de Real Estate del Centro de Educación Empresaria de la Universidad de San Andrés calculó que un trabajador con un salario en blanco de entre 4.000 y 5.000 pesos -un privilegiado en estos tiempos- necesita entre 100 y 110 sueldos para llegar a una casa. Es decir, destinar en su totalidad lo que gana durante 8 años y medio. De alimentarse, curarse, vestirse y recrearse, que se olvide.
En estos días el gobernador Daniel Scioli lanzó una serie de créditos hipotecarios que el Banco Provincia había anunciado el año pasado para el 2011. Son el ejemplo más ilustrativo del estudio de la Universidad de San Andrés: un tope de 300.000 pesos y una cuota, cada 10.000, de 132 pesos mensuales durante 20 años. El máximo equivale a 72.000 dólares, monto que alcanza para un módico dos ambientes en un mercado inmobiliario sobrevaluado hasta el absurdo. Para llegar a ese monto, la cuota mensual trepa a 3.960 pesos. ¿Cuánto debe ganar un trabajador para poder absorberla sin morir en el intento? En un país donde el ahorro es una utopía y la programación a largo plazo, una osadía, la casa propia pasa a transformarse en la cúspide del imposible.
Mil casas por año
Cuando el 16 de enero de 2009 José Eseverri lanzó el Megaplan de obras públicas, en consonancia con la Nación, lo que más encandiló los ojos de un sector importante fue el anuncio de 1.000 viviendas a construirse con fondos nacionales. Con tierras ya afectadas, llamados a licitación e ilusiones varias, el programa languideció hasta morir. Fue uno de los grandes desencantos que terminaron en el desastre electoral del 29 de junio.
Directamente desde despachos oficiales, EL POPULAR accedió a números sobre situación habitacional que parecen dejar a Olavarría en una situación de bienestar en comparación con las tragedias bonaerenses - capitalinas.
Dice el estudio municipal que el 72,8 por ciento es propietario de la vivienda y el terreno que ocupa. Un 1,9 por ciento es sólo propietario de la casa. Un 15,8 % es inquilino o arrendatario. El resto, poco más de un 9%, es ocupante por relación de dependencia laboral, ocupante gratuito o en situación irregular.
Según el informe, el aumento en la cantidad de viviendas acompañó el crecimiento vegetativo de la población: en 2001, cada vivienda era habitada, en promedio, por 3,1 habitantes. En 2010, los números muestran 2,6 habitantes por cada casa. Obviamente, los promedios encierran una enorme injusticia: "Desde el punto de vista de las estadísticas, si una persona recibe 1.000 dólares y otra persona no recibe nada, cada una de esas dos personas aparece recibiendo 500 dólares en el cómputo del ingreso per cápita". Así lo dijo, mejor que nadie, Eduardo Galeano en Patas Arriba. Las viviendas en situación de hacinamiento o las parejas jóvenes que permanecen en casas de padres o familiares por no tener acceso a un alquiler no se contabilizan específicamente.
El informe oficial muestra una evolución interesante: desde 2001 hasta 2010 se construyeron 9.136 viviendas, a razón de 913 anuales. Y desde 2006 hasta la actualidad, a través del Plan Federal, Desarrollo Social y barrios sindicales, se alzaron 1.072 viviendas. Faltaría evaluar la calidad, los años de espera, los costos reales en ciertos barrios que han sido más caros que en Puerto Madero, etc. Hoy por hoy, muchas esperanzas están cifradas en planes municipales para los que, por amarga experiencia, el Municipio decidió no inscribir hasta que las casas estén enteritas y levantadas.


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