Thomas L. Grams dejó una próspera carrera de odontología, la doctora Karen Woo prefirió no ganar 150 mil dólares al año y Cheryl Beckett no tenía tiempo para noviazgos porque pensaba que ayudar era más importante. Son algunos de los 10 asesinados por el régimen talibán
The New York Times hizo una recorrida por la vida de estas diez personas, que dejaron prominentes carreras y futuros seguros para ayudar.
En su momento, el director ejecutivo de la Misión de Asistencia Internacional, Dirk Frans, planteó preocupaciones acerca de la seguridad del grupo, sobre todo porque era un número grande y con demasiados extranjeros.
Sin embargo, el líder del equipo, Tom Little, con 35 años de experiencia en Afganistán, insistió porque en viajes anteriores eran pocos para tratar a tantos pacientes.
Charles Beckett, el padre de una de las víctimas, defendió a los colegas de su hija. " Estas eran personas brillantes -dijo-. No eran ingenuos y sin educación, tampoco eran extranjeros con ideas fantasiosas de hacer un viaje peligroso ."
Los grupos de ayuda prometieron ayer continuar con su trabajo a pesar del ataque, que fue catalogado como " el peor crimen contra la comunidad humanitaria que alguna vez haya tenido lugar en Afganistán".
Sin embargo, alimentó los temores de que la situación de seguridad en Afganistán se debilite y que la antigua costumbre de permitir el paso seguro a los trabajadores humanitarios cambie.
Los talibanes y otro grupo insurgente se atribuyeron la responsabilidad tras acusar a los trabajadores de espionaje y de haber tratado de difundir el cristianismo.
En el primer semestre de 2010, 17 trabajadores de ayuda humanitaria, extranjeros y afganos , fueron asesinados, junto con 19 secuestrados, aunque los ataques a las organizaciones no gubernamentales cayeron un 35 por ciento en comparación con el mismo período en 2009.
El grupo que fue atacado regresaba de una misión de tres semanas en Nuristán, que incluía a dos trabajadores de ayuda humanitaria: Little, de 61 años líder del grupo y oftalmólogo; y Dan Terry, de 64 años, quienes llegaron a Afganistán en la década de 1970.
Little había encontrado a combatientes talibanes en muchas ocasiones y siempre llevaba una botella de solución salina calmante en caso que combatientes exigieran un tratamiento para los problemas oculares.
Aunque muchas de las víctimas eran cristianos y trabajaron para organizaciones cristianas, amigos y familiares de las víctimas negaron las acusaciones de que habían sido espías o que querían evangelizar a los afganos. "Trataban de ser las manos y los pies de Jesús -dijo Beckett-. No de la boca de Jesús."
Varios de los trabajadores habían viajado por el mundo en misiones de ayuda. El doctor Grams había aprendido a negociar la etiqueta de la burka para poder trabajar en los dientes enfermos de las mujeres que nunca han visto un dentista.
La doctora Woo, británica, también tenía espíritu aventurero. Se ofreció voluntariamente para las misiones en el sur de África, Australia, Papua Nueva Guinea y Trinidad y Tobago. Hace dos años, después de visitar a un amigo en Kabul, dejó su trabajo de 150.000 dólares al año para mudarse allí. Promovió los derechos de las mujeres en Afganistán después de tratar a una niña de 14 años que había sido quemada tras negarse a casarse con un hombre mayor.
Cheryl Beckett, de 32 años, también había viajado por el mundo, a menudo en misiones patrocinadas por la Iglesia, antes de trasladarse a Afganistán hace seis años. Allí trabajó en las clínicas de la mujer y se especializó en plantar huertas.
Glen D. Lapp, de 40 años, de Lancaster, Pensilvania (EEUU), era una enfermera que dirigía un programa de atención oftálmológica y escribió en un mail para su familia que su misión era la de "tratar de ser un poco de Cristo en esta parte del mundo."
Brian Carderelli, de 25 años, nacido en Harrisonburg, Virginia, era scout y camarógrafo que trabajaba en Afganistán desde septiembre. Enviaba sus fotografías y videos por internet.
Uno de los dos afganos muertos, Jawed Ahmed, de 24 años, cocinero, se había entusiasmado al pensar qué hacer con los 20 dólares diarios en tiempo extra que ganaría en el viaje. La segunda víctima afgana, Mahram Ali, de 51 años, tenía dos hijos con discapacidad y ganaba 150 dólares al mes, por eso aceptó la misión.
"Los asesinos eran infieles, no es humano lo que hicieron, no es digno de musulmanes. Mataron a mi hermano sin ningún juicio", declaró el hermano de Jawed, Abdul Bagin.
Vidas que quedaron truncas. Sus familias lloran la tragedia, mientras esperan que al menos les devuelvan los cuerpos.
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